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Pasión sadomasoquista en Semana Santa
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Ya estamos en Semana Santa. La exhibición sadomasoquista más emblemática del catolicismo. Pienso en esas procesiones que recorren pueblos y ciudades a lo largo y ancho de nuestra geografía y se me ponen los pelos de punta. Sangre, sudor y lágrimas a raudales. El dolor exaltado hasta el éxtasis. Sólo hay que observar las caras y los gestos del pueblo devoto y entregado a la pasión de Cristo. Algunos están en trance orgásmico. Y luego está el despliegue de todo ese ropaje de luto y duelo. Rasos y terciopelos negros, blancos y morados. El fetichismo más lúgubre llevado a su máxima expresión. Encapuchados con sus capirotes que inevitablemente me recuerdan a la Inquisición. A sus verdugos. La escenificación, la imaginería, sus oscuras penitencias y la flagelación, que en algunos lugares sigue siendo real (véanse los picados de San Vicente de la Sonsierra - La Rioja), dan miedo. Un miedo morboso, no exento de una sutil carga erótica. Eros y Thanatos suelen ir de la mano y en las procesiones de Semana Santa el apretón es estrecho, aunque se cubra con las entretelas fúnebres de los hábitos.
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Madame X
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4/06/2009
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Amor otoñal
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Mi cómplice me pasa un link. Conoce bien mi afición por explorar territorios ignotos y oscuros. Esta vez no hay nada de oscuro en las fotos que descubro. Rebosan ternura y sensualidad. Se trata de una serie fotográfica sobre el placer y el amor en la madurez. [Me repatea el término “Tercera Edad”.] La autora es una joven fotógrafa alemana llamada Katrin Trautner. Es su proyecto de fin de carrera. Morgenliebe se titula. Podemos traducirlo como Amor matinal. Una visión femenina sobre la sexualidad en el otoño de la vida. Actos cálidos, plenos de un erotismo sereno, a la luz del día. Sin artificios ni escenografías complicadas. Todo se desarrolla en un ambiente doméstico, acogedor, remarcando así la cotidianidad de las escenas. La naturalidad. Por que follar cuando seamos viejos debería ser natural, ¿no? Y, sin embargo, qué poco se habla de ello. Sigue siendo un tabú. Si acaso se trata como un exotismo porno. Incluso una “desviación”. Como si cuando te conviertas en un venerable anciano tuvieras que andar escondiendo las carnes flácidas en nombre del decoro y el buen gusto. Nuestra cultura no perdona la decrepitud. Sólo exalta el deseo por la piel tersa y lozana. Eso es lo sexualmente saludable. Lo aceptable. Y eso es lo que se exhibe. Cuerpos radiantes y turgentes por doquier. Si acaso se perdona el apetito sexual en el hombre maduro, al fin y al cabo, aún es capaz de andar esparciendo sus espermatozoides por ahí. Eso sí, siempre que la destinataria de su libido sea una mujer en edad de engendrar. Un anciano con otro hombre, un degenerado. Y si le da por una mujer de su edad, que asco. ¿Y una anciana con apetito sexual? El imaginario popular es infinito en descalificativos e ignominias.
Con este bagaje cultural cargado de prejuicios sobre nuestras espaldas, no me extraña que pasados los cuarenta nos entre el apremio por apurar al máximo nuestro atractivo sexual, como si se nos fuera a acabar en la siguiente década. Con las arrugas tememos la invisibilidad. Tememos que se nos acabe la capacidad para gozar. Y es todo mentira. Contemplando la serie de fotografías que os he mencionado al principio, me he percatado de cuánta belleza hay en el amor de otoño. Sabiduría en el placer. Serenidad en el ritmo. Deseo en la piel. Ternura en las bocas. Podría desear, a mis cuarenta y tantos, cualquiera de esos cuerpos. Bastaría conocerlos, tender puentes de entendimiento. Pero, sobre todo, me ha hecho llegar a una conclusión definitiva: Cuando sea una anciana, pienso seguir siendo sexualmente activa. Vamos, que no pienso acobardarme por unas arrugas de más o por unas tetas caídas.
Con este bagaje cultural cargado de prejuicios sobre nuestras espaldas, no me extraña que pasados los cuarenta nos entre el apremio por apurar al máximo nuestro atractivo sexual, como si se nos fuera a acabar en la siguiente década. Con las arrugas tememos la invisibilidad. Tememos que se nos acabe la capacidad para gozar. Y es todo mentira. Contemplando la serie de fotografías que os he mencionado al principio, me he percatado de cuánta belleza hay en el amor de otoño. Sabiduría en el placer. Serenidad en el ritmo. Deseo en la piel. Ternura en las bocas. Podría desear, a mis cuarenta y tantos, cualquiera de esos cuerpos. Bastaría conocerlos, tender puentes de entendimiento. Pero, sobre todo, me ha hecho llegar a una conclusión definitiva: Cuando sea una anciana, pienso seguir siendo sexualmente activa. Vamos, que no pienso acobardarme por unas arrugas de más o por unas tetas caídas.
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Publicado por
Madame X
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3/22/2009
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WC: del water al closet
Hace ya bastantes años, cuando se inauguró la flamante renovación de la estación de Atocha, me encaminé hacia ella no para admirar el jardín tropical, ni el fálico diseño de los AVE, sino para ver qué tal andaba el tradicional ligue en los váteres. Sorprendentemente, no había ninguna señal que indicara el emplazamiento de los servicios públicos. Tras varios paseos por la estación, conseguí dar con el lugar, que estaba ubicado en un sitio casi imposible de encontrar: en un entresuelo sombrío, en medio de un tramo de escaleras mecánicas, y solo accesible tras pagar el billete para los trenes de cercanías. Vamos, que hasta un avezado explorador como yo estuve a punto de abandonar. A pesar de lo escondido del lugar, con el tiempo los maricas conseguimos encontrarlo y pudimos continuar con los juegos que se dan en los váteres de todas las estaciones del mundo.En todo caso, aquello me pareció un mal presagio, una arquitectura represora para disuadir a los maricas de lo que desde siempre ha sido un espacio público de ligue y de relación. Años después, en vista de que el acoso de los guardias jurados no era suficiente para erradicarnos de aquellos váteres, construyeron unos muros exagerados entre los urinarios, de casi dos metros de altura. Aquello nos desmoralizó bastante, pero meses después ya habíamos desarrollado nuevas estrategias, colocándonos descaradamente a un metro de distancia del urinario para conseguir salvar ese otro "muro de la (des)vergüenza".
Es sólo un ejemplo, pero hay muchos más, un silencioso despliegue de estrategias sobre los espacios: detenciones en los váteres de las estaciones de Barcelona y Valencia, policías ligando como gancho en los váteres de Burgos (el KGLB, Kolectivo de gays y lesbianas de Burgos intervino con el grito de guerra "que la Secreta no vigile tu bragueta"), cierre de Parque del Retiro por las noches, controles en la Casa de Campo, batidas en las playas, clausura de numerosos váteres públicos...
Lo más preocupante no es la aplicación de esta micropolítica represiva, sino el silencio con que la comunidad gay la está aceptando. La llegada de los barrios gays (Chueca, el Gaixample) ha traído muchos espacios interesantes para ligar y relacionarse, pero pagando. Y paralelamente, asistimos al desmantelamiento de numerosos espacios públicos gratuitos. En estos tiempos de crítica contra el integrismo, los países occidentales estamos sufriendo otro tipo de integrismo mucho más discreto, pero no menos efectivo: la privatización del cuerpo y del espacio. La ciudad ha tenido siempre espacios azarosos, no marcados, nómadas, secretos, abiertos, era un espacio liso (Deleuze). Este proceso de privatización cierra los espacios y determina dónde van a poder relacionarse los cuerpos, se produce un espacio estriado, con fronteras que definen un adentro y un afuera: ahora tenemos que ligar en los bares gays, en las discotecas, en las saunas, en los cuartos oscuros, en kddas de prepago, en las sex-shops, es decir, en locales privados. Y con el proceso nuestro propio cuerpo se privatiza, no porque compremos cuerpos, sino porque compramos espacios, pagamos para poner nuestro cuerpo a circular en el mercado de la carne.
La ciudad es también un espacio de resistencia. Como las viejas guerrillas, los gays deberíamos saber que los escondites que se desvelan, se pierden irreversiblemente, se queman, ya no se recuperan. Estamos renunciando sin rechistar a espacios que hemos okupado durante décadas para disfrutar gratuitamente entre nosotros: muelles, playas, parques, váteres, paseos, aparcamientos. Incluso en tiempos de represión política, como en el franquismo o en la dictadura argentina, esos espacios han sido lugares de resistencia, donde las maricas hemos sobrevivido con códigos clandestinos y móviles (ver el extraordinario libro "Fiestas, baños y exilios; los gays porteños en la última dictadura", de Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli, Editorial Sudamericana, 2001).
La okupación de los espacios es siempre algo político. Convertir un váter en un espacio de ligue marica es un acto de cambio social, y una subversión de las formas de relacionarse. No necesitamos una plataforma política para encauzar nuestras reivindicaciones, muchas acciones y prácticas de los maricas son políticas en sí misma. La plataforma del zapato de un travesti es más política que la plataforma Izquierda Unida. Los maricas ya fuimos expulsados del tiempo. No dejemos que nos expulsen también del espacio.
Texto de Javier Sáez
- Fotografía: Steven Meisel
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5/11/2008
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Evangelio de Lucas - Jesús en el hogar de Simón el fariseo
7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;
7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;
7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.
7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
- Fotografía: Eric Kroll
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12/29/2007
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Mujeres como Dios manda
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Un compañero de piso recién desarmarizado me preguntó hace tiempo que si no se estaba pasando con la pluma, con los oye bonita y con los femeninos constantes que no cesaba de utilizar con una compulsión que a él mismo le parecía excesiva. Por supuesto que identifiqué de inmediato la indefensión y la oscuridad de un pasado que daba miedo y que seguía estando ahí con toda su homofobia y sus días de fútbol, así que me planté y le dije que ni se le ocurriera poner en duda sus dudas de género. Con la que está cayendo, le contesté, toda pluma es poca. Lo entendió de inmediato y se lanzó de cabeza a intercalar los vocativos perra y guapa dos veces por frase y recuerdo que hasta feminizó la negación, que tiene uno la impresión que es como masculinísima, y acabó diciendo na en vez de no. Lo cierto es que mi compañero de piso era un tipo concienciado, radical, feminista por supuesto, pero cuando le llegó esa feminización absoluta acabó hablando mal del servicio, de los sudacas y terminó por entrarle un cierto tono de Serrano que me acabó asustando. Esa no era él, era una niñapija que desde luego no era feminista. Llegué a pensar en que había sido abducido por el Fondo Monetario Internacional, o que estaba poseído, o yo qué sé, algo peor, no podía entender que hubiera pasado tan violentamente de El Viejo Topo al Telva. En un arrebato de desconcierto le cogí por el cuello y empecé a gritar “¡Asqueroso extraterrestre!, ¿qué has hecho con mi compañero de piso?” Hasta que mi di cuenta que los responsables de aquello éramos yo y mi bocaza, que mi recomendación había creado un monstruo.
Un compañero de piso recién desarmarizado me preguntó hace tiempo que si no se estaba pasando con la pluma, con los oye bonita y con los femeninos constantes que no cesaba de utilizar con una compulsión que a él mismo le parecía excesiva. Por supuesto que identifiqué de inmediato la indefensión y la oscuridad de un pasado que daba miedo y que seguía estando ahí con toda su homofobia y sus días de fútbol, así que me planté y le dije que ni se le ocurriera poner en duda sus dudas de género. Con la que está cayendo, le contesté, toda pluma es poca. Lo entendió de inmediato y se lanzó de cabeza a intercalar los vocativos perra y guapa dos veces por frase y recuerdo que hasta feminizó la negación, que tiene uno la impresión que es como masculinísima, y acabó diciendo na en vez de no. Lo cierto es que mi compañero de piso era un tipo concienciado, radical, feminista por supuesto, pero cuando le llegó esa feminización absoluta acabó hablando mal del servicio, de los sudacas y terminó por entrarle un cierto tono de Serrano que me acabó asustando. Esa no era él, era una niñapija que desde luego no era feminista. Llegué a pensar en que había sido abducido por el Fondo Monetario Internacional, o que estaba poseído, o yo qué sé, algo peor, no podía entender que hubiera pasado tan violentamente de El Viejo Topo al Telva. En un arrebato de desconcierto le cogí por el cuello y empecé a gritar “¡Asqueroso extraterrestre!, ¿qué has hecho con mi compañero de piso?” Hasta que mi di cuenta que los responsables de aquello éramos yo y mi bocaza, que mi recomendación había creado un monstruo..
Porque el problema, ya lo pensé entonces, no es usar el femenino, sino la mujer que ponemos detrás de ese femenino. Para explicar el cambio de género hemos recurrido mil veces al valor de la performance, a su capacidad de cuestionar la realidad social. Con el femenino interpretamos por supuesto, lo vivimos, somos otros/otras, y la ficción tiene el poder de interrumpir lo cotidiano, de invadirlo. Pero si antes revolucionábamos con el femenino (Mendicutti dixit) lo cierto es que ahora tan sólo revolvemos. No hay que escarbar mucho para darse cuenta de que el imaginario colectivo de los gays ha usado a la mujer para construir una ficción monstruosa. Si yo soy responsable de la ideología de mis novelas, no puedo lavarme las manos ante esa otra ficción con la que convivimos diariamente. Ese personaje de descerebrada, guapabonita, divinísima, pija, loca por los trapos ortodoxamente femeninos, esa esclava feliz que a la primera oportunidad finge sacar el pintalabios, que se muere de gusto ante el poder del macho, ya no me divierte lo más mínimo y su ironía, potente en otro tiempo, creo que hace mucho que se perdió. Alguien comentó una vez que ésa mujer que hemos construido entre todos —porque es que es siempre la misma— sería el ideal de un machista de pro. Sólo habría que observar un poco en una noche de terrazas para comprobarlo. Parece que representamos lo que odiamos. Encarnamos los tópicos que nos han dañado, los que nos han perseguido desde nuestros tiempos de hijos felices. Hay noches del ambiente en las que parece que han convocado un casting para el personaje de Annette Bening en American Beauty. ¿Qué supondría para un actor vivir permanentemente con un personaje alienado hasta ese punto? Por supuesto que esa ficción femenina de contoneos y suspiros y saltitos no es la mujer que nos hace falta, ni es Rosa Luxemburgo, ni Fefa Vila, ni por supuesto Pat Califia o Gerturde Stein (estas dos al parecer tan poco femeninas con comillas en la forma y tan femeninas sin comillas en el fondo). Así que, la verdad, o remozamos nuestro imaginario o abandonamos el femenino. Ayer mismo, hojeando revistas, me encontré con un artículo a ocho columnas sobre el Ku Klux Klan. En colorines, junto a otras de cruces llameantes, había una foto del Gran Brujo Imperial del KKK y de su mujer Muriel. Mechas rubias cardadas, discreto maquillaje, pendientes algo ostentosos de perlitas y rubíes, traje femeninísimo color rojo coca cola haciendo juego con los rubíes. Todo esto en ella, claro, no en él. No tardé en darme cuenta de lo que se parecía esa glamourosa Muriel a la mujer que encarnamos.
Y la verdad es que, llegados a este punto, yo al femenino lo cerraría por obras.
Texto de: Marcelo Soto
Texto de: Marcelo Soto
- Fotografía: Benjamin Kanarek
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12/04/2007
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