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Tosca

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Fotografía de Doris Kloster

Una noche de luna nueva y soledad, me adentré en un chat. Deseaba un rato de buena conversación. Siempre he pensado que la elección del nick te proporciona la primera criba cuando eres tú la que esperas que te elijan. Si te pones uno del tipo “alegre_conejita”, por ejemplo, ya sabes de antemano los privados que te van a llover y de qué calibre. Y yo buscaba una charla sensible y culta. Esa noche, sí. Tras un buen rato repasando mentalmente la lista de damas históricas y literarias, me pareció encontrar el alias idóneo para atraer al conversador deseado: Tosca.

Tosca es una de mis óperas preferidas, no sólo porque me encanta Puccini, sino porque las arias y la historia misma son de una fuerza arrebatada. Amor, celos, traición, lujuria y muerte. Una tragedia en toda su salsa. Y Tosca tan melodramática, perfecta para una noche de melancolía. Definitivamente, Tosca.

Recuerdo que no recibí demasiados privados. No me extrañó, la opera no es muy popular que se diga. En España, menos. De las invitaciones descarté aquellas que empezaban por “ola chata” o alguna grosería inclasificable y contesté a un “buenas noches, ¿te apetece charlar?” Me dio buena espina la corrección ortográfica. Adentrados en las presentaciones y las pertinentes preguntas, me resultó muy grato que no solicitara mi talla de sujetador. Oh, sí, cualquier mujer que haya chateado sabe muy bien la cantidad de veces que acaba cayéndote esa pregunta. Es de las más frecuentes. Esa, y si estás casada. No falla. Como se te ocurra decir que estás soltera, salen huyendo como demonios, los muy cobardes. No todos, claro está. De tanto en tanto, hay algún cándido que busca novia. O algún canalla que dice buscarla.

La conversación iba bien, no era para tirar cohetes, pero bien. Y en un momento dado, el hombre empezó a desfasar. Su cortesía inicial fue transformándose en un tono ramplón. Y a la incipiente vulgaridad le sucedió una sarta de frases soeces y zafias. No me lo podía creer, sobre todo porque yo no le había dado pie a semejante actitud. Y parecía tan educado. Estuve tentada de no contestarle siquiera y largarme de ahí. Pero no me lo llevó el cuerpo y como una fiera le puse firme. ¡Qué se había creído este cerdo! Y el señor reaccionó de una forma inesperada. Muy arrepentido, no dejaba de pedir perdón.

-¿Pero cómo te atreves a hablarme así?
- Lo siento muchísimo, te pido nuevamente disculpas. Creí que era eso lo que buscabas.
-¿Cómo dices?
- Sí, pensé que te gustaba que te tratara así.
- ¿Qué a mí me gustaba? ¿Y cómo demonios has sacado esa conclusión?
- Por tu nick.


María Callas - "Vissi d'arte" (Tosca)

Dry Martini, mi cóctel favorito

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Fotografía de Narcis Virgiliu 
El Dry Martini es uno de los cócteles más célebres por sus míticos adeptos. Curiosamente, la mayoría, hombres, aunque hay alguna excepción, como Ava Gardner. Sinatra, Churchil, Bogart, famosísimo el Dry Martini de Luis Buñuel -cuya receta se puede hallar por doquier y que luego comentaré-, Hemingway y el british-macho-man por excelencia, Bond, James Bond. Aunque éste se atrevía a pervertir la receta clásica y, en vez de con ginebra, lo pedía con vodka y encima agitado y no mezclado. Licencia de quien es capaz de tirarse en paracaídas sin arrugar el smoking.

Botas


Ayer por la mañana, por la carretera comarcal de cada día, tuve una magnífica visión. En una gran rotonda, ahora proliferan como hongos –me refiero a las rotondas- el tráfico se ralentizó hasta pararse. Un control de la Guardia Civil. Dos agentes andaban parando algunas furgonetas blancas. Eran agentes de Tráfico, de los que llevan moto. Lucían esas maravillosas botas de caña alta, por fuera del pantalón. El uniforme de los patrulleros de carretera de la Guardia Civil no es especialmente atractivo. Las cazadoras, reforzadas con ese tejido reflectante verde chillón, por necesario que resulte, no son lo que se dice muy chic. Sin embargo, esas botas negras de cuero, cubriendo las pantorrillas, ajustándose a ellas, hasta la rodilla, son de quitar el sentido. Compensan todo lo demás.

Sí, lo confieso, las botas de caña alta masculinas son mi debilidad. Me turban. Y me gustan
negras, nada de medias tintas. De ello fui consciente hace no demasiados años, cuando un amigo se presentó a una cita para tomar café vestido de jinete, con pantalón de montar y botas altas. Estábamos en una terraza, era verano, y el sol de la tarde dejaba caer sus últimos rayos sobre el lustroso cuero negro de sus botas altísimas. No podía dejar de mirarlas. Brillaban con luz propia. Tan negras y tan deslumbrantes. Distraían constantemente mi atención. Me afanaba en mantener una charla afectuosa pero distante. Él había acudido armado con todo su bagaje de experimentado lobo seductor y yo pretendía mantenerle a raya. Pero esas botas habían sido un golpe bajo. Mi compostura de chica dura flaqueaba cada vez que movía las piernas y el resplandeciente betún se incrustaba en mis pupilas y de ahí directamente en el cerebro, haciendo que aflorasen deseos inconcebibles hasta entonces.

Aquella tarde, volví a casa tal como había salido: intacta en la carne, pero con las bragas mojadas y la cabeza llena de perturbadoras imágenes. Resistí el asalto estoicamente. Aunque jamás unas botas masculinas de caña alta volverían a dejarme indiferente. Como un resorte secreto, la visión de semejante calzado tan al alcance de mi lengua, abrió la caja de Pandora que se aloja en ese profundo rincón de los deseos prohibidos.

Analicé mi infantil fascinación por el uniforme de Húsar. Me di cuenta que, más que los alamares que adornaban la vestimenta o la pelliza que llevaban arrogantes sobre el hombro, la verdadera prenda de mi devoción eran sus botas altas, algo fruncidas en el tobillo por el uso. Muy parecidas a las de los jinetes cosacos, que también me seducían desde niña y que, sin embargo, lucían ropajes mucho más sobrios.

La asociación de ideas es obvia. Las botas de jinete son el símbolo del intrépido domador. Del doblegador de voluntades. No por nada los domadores clásicos de fieras llevaban el mismo tipo de bota. Botas y látigo. Botas y fusta. Objetos correlativos coligados a la idea de sometimiento, de domesticación de lo salvaje.
Me gustan las botas de equitación tradicionales, las de motorista, incluso algunas más modernas con argollas, al estilo Harley Davidson. Detesto los botines de caballero de punta afilada con cremallera y las botas de Cowboy.

Cuando, además, sientes placer por tirar de las riendas, cuando te niegas a rendir pleitesía, cuando te gusta hacer silbar la fusta en carne ajena, cuando muestras amenazante las fauces de animal salvaje ante cualquier posible amenaza de incursión en tu territorio… y, a la vez, hay una zona oscura, soterrada, en tu cerebro, que desea justo lo contrario, entonces unas botas negras masculinas, de caña alta, pueden ser el objeto más perturbador del mundo. Y el más fascinante, si lo que te atrae es el peligro y el desafío.

Los motoristas son, en realidad, los antiguos jinetes. Por eso los uniformes de las unidades motorizadas de la Policía y el Ejército conservan la estética de las botas de montar… y son tan… tan… ¿sugerentes?

Me he enterado que están renovando el uniforme de las unidades de Tráfico de la Guardia Civil y he visto por alguna web las nuevas prendas para los motoristas y se me ha congelado la sangre. ¡Un horror! Pantalón por fuera de unas botonas mazacotas, de media caña, muy feas. Los controles en carreteras ya no serán lo mismo. Carecerán del más mínimo morbo. Una verdadera pena.