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Dolor clandestino

 
Fotografía: Curran Clark (Heels)
 
Mi querido P:

Ni siquiera ahora que ya no estás puedo gritar tu nombre. Dejas viuda e hijos y una identidad prestigiosa en el sur. Añadiría más dolor al duelo de los tuyos si se conociera que fuimos amantes –palabra tan denostada por los hipócritas, con esa carga de amor ilícito, y palabra que yo adoro, ¿pues qué puede haber más lícito que el amor libre?-  a lo largo de todos estos años. E imagínate qué escándalo si supieran cuántas veces te has arrastrado a mis pies como una puta abyecta o un perro sumiso. A veces, he sido yo la que se ha calzado la piel de un animal obediente, aunque ese juego no nos salía muy bien. Te costó cederme las riendas y rendirte a la evidencia de tus deseos más oscuros. Fue el nuestro un duelo emocionante e intenso y al final todo encajó como un guante cuando me senté en el trono y me ofreciste caballerosamente el cetro. No hubo derrota. Cada gemido de placer nos unía en la misma victoria. Juegos perversos –sexo creativo y sofisticado lo llamaba yo para tu tranquilidad-, que tanto nos divertía rememorar frente a una copa de vino o de cóctel Dry Martini. Por no desanimarte y porque lo compensabas con tu devoción, nunca te dije que me los preparabas con cierta torpeza.

Richard Burton a Elizabeht Taylor (extracto de una carta de amor)

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“Tienes que saber cuánto te quiero. Tienes que saber lo mal que te trato. Pero lo fundamental, lo más vicioso, guarro, sanguinario e inalterable es que nos malentendemos totalmente el uno al otro.”

Paul Éluard - carta de amor a Gala (abril 1928)

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Salvador Dalí - retrato de Paul Éluard (1929)

Euabonne, abril de 1928

Lunes a las cuatro

Mi amor querido, mi dulce amor, sigo en cama. Acabo de tener un sueño maravilloso, uno de esos sueños diurnos donde las emociones físicas te dejan al despertarte toda la parte correspondiente al deseo… y el deseo que arrastras después, ya despierto, se parece tanto al placer del sueño. Estaba tumbado en una cama al lado de un hombre que no puedo identificar con seguridad, pero un hombre sumiso, soñador desde siempre y para siempre y silencioso. Le doy la espalda. Y tú vienes a tumbarte cuan larga eres pegada a mí, me besas los labios dulcemente, muy dulcemente y yo te acaricio bajo el vestido los senos, fluidos, tan vivos. Y tu mano pasa, muy despacio, por encima mío, busca al otro personaje y se aposenta en su sexo. Lo veo en tus ojos, que se turban lentamente, cada vez más. Y tu beso se hace más cálido, más húmedo, y tus ojos se abren más y más. La vida del otro pasa a ti y al poco rato es como si masturbaras a un muerto. Me despierto, ligeramente ebrio, incapaz de renunciar al placer. Confieso que el regreso a Arosa no me parece triste, que de hecho no es un regreso a Arosa sino un regreso a ti, por consiguiente a mi amor. Por consiguiente, sólo una cosa deseo: verte, tocarte, besarte, hablarte, admirarte, acariciarte, adorarte, mirarte, te amo, te amo sólo a ti, la más bella y en todas las mujeres sólo a ti te encuentro: toda la Mujer, todo mi amor tan grande, tan simple.

Estoy mejor. Esta mañana ha venido Philippon, dice que hay que ser prudente, pero que no tengo nada en el pecho. Me ha dado para la nariz, que me molestaba mucho, una pomada de cocaína que me ha calmado inmediatamente. He pensado muchas veces en mandarte libros, pero no los he encontrado hasta hace tres días. Y los leo antes de llevármelos, por prudencia. Tendrás al menos tres, de los que dos te gustarán, seguro que te encantarán. En todas las cartas te digo que los vestidos están bien y estarás esperando el oro y el moro. No te hagas demasiadas ilusiones. Tengo, por el contrario, la impresión de que será apenas lo justo. En fin, con tal de que mi bienamada haga el amor bien desnuda… ¡y también bien vestida!

Recibí vuestro telegrama antes del sueño descrito al dorso. «Besos», decía. Eso fue lo que me inquietó tanto. Y también unos recuerdos reavivados, ya te contaré en Arosa. Pero sufro terriblemente de tu ausencia. Tengo una voluntad cada vez más fuerte de mejorar. Me sentí muy halagado por las alabanzas de una pequeña berlinesa muy bonita que me encontré en casa de Crevel (la conocimos en Berlín; quería vender dos pequeños Rousseau. Su marido era un joven pederasta [bastante] guapo, a ti te pareció hasta «muy apuesto»): que soy «grande y apuesto, con la cintura estrecha y los hombros anchos». ¡Que conserve sus ilusiones! ¡Quitárselas me parecería un sacrilegio!! ¡Ji! , ji! Te mando más fotos de tu Jouk que «también» se comporta muy «amablemente» conmigo, se sube a la cama. Le hablo de ti. Mueve el rabo, me apoya el morro en la mano.

Saldré sin falta el viernes por la noche. Deberíais salir de Magadino el sábado por la mañana, temprano, para llegar a Arosa por la noche, a menos que prefiráis quedaros el domingo en Magadino por razones. Os aseguro que no haré ningún reproche. En ese caso lo arreglaré todo en Arosa para recibiros dignamente. Mi deseo de veros no disminuirá por ello. En cualquier caso, lo cierto es que vuestra imagen no se separa de mí un instante, que os amo en todo: en todo, también en toda carne, en todo amor. Soy vuestro marido para siempre,

Paul

Os mando un dibujito que me gusta mucho. Para enmarcar. Y mis fotos. También me van a reembolsar un exceso de impuestos que pagó mi padre: 4 ó 5000 frs. Voy a dormirme otra vez. Soñar con GALA. Os llevaré un poema para vos.

Carta a un esposo

Pintura de Hélène Berton
He perdido la cuenta de las cosechas desde que te fuiste. Y son incontables las noches sombrías de lecho vacío, encogida sobre tu recuerdo. He allanado con mis propios pies el sendero silvestre hasta la bahía de tanto recorrerlo en busca de los navegantes que arribaban, creyendo que en cualquiera de ellos reconocería tu rostro.

Un ciclo tras otro, mis entrañas se han ido ajando a la sombra de tus proezas. De norte a sur, los poetas loan tu astucia. Cantan tus hazañas en tierras de Cíclopes y hechiceras. Ogigia es mi último calvario.

Un día despertarás del sueño de los dioses y regresarás a casa, viejo y cansado. Estoy segura.

Al albor de la noche, he alimentado la hoguera con el telar de mi desdicha. No serán mis dedos, entumecidos de tanto tejer y destejer el sudario de tu padre, los que alivien tu reposo de guerrero.

Me voy de Ítaca.

James Joyce - Cartas de amor a Nora

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[Una de ellas]
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2 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.
Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Si, querida, "mi hermosa flor silvestre de los setos" es un lindo nombre! ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia! Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalaré un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.

¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura! La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi pija está todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal embestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.

Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita folladora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM
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*Nota: Nora Barnacle fue la compañera y esposa de James Joyce, la mujer con la que compartió su vida. Con ella tuvo dos hijos. Giorgio, que nació en 1905 y dos años después nació su segunda hija, Lucía.
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(Traducción: Felipe Rua Nova)
  • Fotografía: Yva Richard