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Estás perdiendo la cabeza, Viskovitz [Alessandro Boffa]

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Fotografía de Jan Saudek

- ¿Cómo era papá? - le pregunté a mi madre.
- Crujiente, un poco salado, rico en fibra.
- Quiero decir antes de comértelo.
- Era un mequetrefe inseguro, angustiado, neurótico, un poco como todos vosotros, los machitos, Visko.

Me sentía más cercano que nunca a aquel genitor al que no había llegado a conocer, que se había descompuesto en el estómago de mamá mientras yo era concebido. De quien no había recibido calor sino calorías. Gracias, papá, pensé. Sé lo que significa, para una mantis macho, sacrificarse por la familia.

Me detuve un instante, en grave recogimiento, ante su tumba, es decir, ante mi madre, y entoné un miserere.

Al poco rato, como pensar en la muerte nunca dejaba de provocarme una erección, consideré llegado el momento de reunirme con Ljuba, el insecto al que amaba. La había conocido un mes antes, en el matrimonio de mi hermana, que por otra parte era también el funeral de mi cuñado, y había quedado prisionero de su cruel belleza. No habíamos dejado de vernos desde entonces. ¿Cómo había sido posible? Dios me había bendecido con el don más apreciado por nosotros, los mantis: la eyaculación precoz, condición indispensable de cualquier historia de amor que aspire a no ser efímera. La primera semana había perdido solo un par de patas, las reptatorias, la segunda el prototórax, con sus anexos para el vuelo, la tercera...

- ¡No lo hagas, Visko, por el amor de Dios! - empezaron a gritarme mis amigos Zucotic, Petrovic y López, encaramados en las ramas más altas.

Para ellos la hembra era el demonio, la misoginia una misión. Desde la metamorfosis sufrían algún tipo de desviación o disfunción sexual, habían adoptado los votos del sacerdocio y se pasaban todo el santo día mascando pétalos y recitando salmos. Eran muy religiosos.

Pero no había oración que pudiera detenerme, no ahora, que oía el gélido suspiro de mi amada, el sombrío rumor de sus membranas, su fúnebre y burlona sonrisa. Me moví frenéticamente en dirección a aquellos sonidos, con la única pata que me quedaba, apoyándome en mi erección, esforzándome por visualizar la gloria de sus formas, ahora que no podía verlas porque ya no tenía ocelos, ahora que no podía olerlas porque ya no tenía antenas, ahora que no podía besarlas porque ya no tenía palpos.

Por ella había perdido ya la cabeza.

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Alessandro Boffa
del libro: Eres una bestia, Viskovitz

El amante lesbiano [José Luis Sampedro]

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Fotografía Eikoh Hosoe


[Fragmento]

De pronto me sobresalta una explosión de sonidos. Reconozco en los primeros compases la 'Danza húngara número 1' de Brahms, que en el Madrid de los años cuarenta solía ofrecer como propina la Orquesta de Cámara de Hans von Benda. Pero no suena una transcripción orquestal, sino un piano, y muy próximo. Me vuelvo y grito:

—¡Papá!


Casi no le doy tiempo a dejar de tocar su piano y girarse en el taburete. El abrazo es apretado, largo: mi emoción sin palabras empaña mis ojos.—Vamos, vamos –me calma él–. No pensarías que no íbamos a vernos.No ha cambiado. Su pelo gris, hacia atrás, sus dulces ojos castaños, labios finos, manos delicadas, gesto mesurado...

—Claro que lo esperaba, pero no estaba seguro.

—Es lo más natural, hijo. Ya has visto a mamá, a Juan, a Luisa... Todos te queremos.

—¿Y sabes a quién acabo de encontrar también? ¡A la señora Khadir, a Farida!—¿Farida?—Madame Djalil, la del profesor argelino amigo tuyo que nos visitó en Madrid. ¿No recuerdas?

—¡Ya lo creo! Admirable mujer. ¡Qué bien me hablaba de ella su marido en Toledo!

—No sabes la alegría que me dio encontrarla gracias a estas postales... Ahora estaba yo mirando unas de la Melilla de tu época. Mira, seguro que te hacen recordar.
—Aquí se recuerda todo, hasta lo que no recordábamos. En esa casa, frente a la Comandancia General, viví yo antes de casarme con tu madre.

—Una vez, en Ras–Marif, tita Luisa me dijo que tú te habías fijado en ella antes que en mamá.

—¿Te dijo eso? –Su mirar se dulcifica por un momento-. Es verdad. Las dos eran muy guapas pero tu madre me intimidaba. Luisa era más de mi estilo y yo me inclinaba a ella. Las seguía por el parque, las "encerraba" hasta su casa, como se decía entonces. Pero tu madre decidió conquistarme y lo logró sin dificultad; ni Luisa ni yo podíamos contrariarla. No podía perder tiempo, ya no eran unas niñas en una época en que a los veinticinco la mujer empezaba a resultar solterona. No es que yo fuera mucho más que un arabista traductor de la Comandancia, pero mi puesto civil tenía el pomposo nombre de "Consejero" y además yo trabajaba en la privilegiada esfera del alto mando, donde otros asesores lograron llenarse el bolsillo con sus influencias. Así es que tu madre me eligió y yo me casé con la esperanza de que si teníamos un hijo heredase el carácter fuerte de ella en vez del mío. La pobre Luisa siguió cuidando a su madre en Ras–Marif y perdió su juventud en aquel agujero de tu paraíso. Sólo recobraba el gusto de vivir cuando la invitábamos unas semanas a nuestra casa, pero tu madre no las prodigaba. Pensaba, y con razón, que mi placer por acompañar al piano a tu tía no era solamente estético. Aunque Luisa encantaba oyéndola, sobre todo los tangos, sus piezas favoritas.

Papá se vuelve al teclado y, soñadoramente, toca unos compases del tango 'Caminito'. Sí, daba gusto oírselo cantar a ella.

—¿Estabas enamorado de la tita? –pregunto, sorprendido por la naturalidad con que formulo aquí tales preguntas.


—Todo lo enamorado que yo podía estar de una mujer. Pero como teníamos el mismo carácter no era una relación ardorosa sino sólo una fraternidad erótica. Con ella yo no llegaba a más, no era capaz. En cambio tu madre lograba excitarme en la cama hasta poder satisfacerla plenamente. Su disciplina, el someterme como mero instrumento de su deseo, me engallaba y me hacía más macho que si yo llevara la iniciativa. Siempre me montaba ella, era mi jinete; su dominación me hacía activo...


Me mira e interpreta mi expresión:

—Te choca que hable así a mi hijo, pero ¿acaso no nacemos todos de los abrazos de nuestros padres?... Ya irás comprobando que aquí las hipocresías y los tapujos se desmoronan ante la fuerza de los hechos. Y los hechos son mucho más variados y complejos que los dos comportamientos sexuales únicos permitidos por la cultura oficial: el macho y la hembra, cada uno de ellos heterosexual cien por cien sin resquicios, encarnando respectivamente el poder y la sumisión. Pero por mucho que todas las demás variantes sean declaradas perversiones, la vida en la naturaleza sigue produciendo los casos y matices más diversos... Supongo que no necesito demostrártelo, a poco que recuerdes tu propio matrimonio. Ya sé además que no te dolió gran cosa el desenlace.

—Así es; fue un alivio.

—El de salir de la farsa e instalarse en la verdad.

—Únicamente me dolió el desprecio de la gente...

—¡El desprecio!... –Rechaza mi padre con la voz más desdeñosa imaginable. El desprecio lo temen los poderosos porque les debilita; ellos prefieren ser odiados porque eso es reconocer su fuerza. Los débiles nos confirmamos en ese desprecio ajeno porque es nuestra identidad. "El que se humilla será ensalzado", lo dicen hasta los que necesitan dios, y es que al instalado en la sumisión no se le puede rebajar más.

—No comprendo –me atrevo a interrumpirle.

Me contempla benévolo:

—Me extraña, con la vida que has llevado. Cuando el sumiso se encara con el fuerte, retándole a que le degrade y el fuerte reacciona maltratando y humillando, hace precisamente lo que desea el sumiso. Es decir le obedece, se convierte en su instrumento, aunque crea estar dominando... Mientras no te desprecies a ti mismo ríete del desprecio ajeno y vive según tu propia verdad.

Papá vibra de tensión vital, de superioridad irrefutable.
—¿Sabes cómo me nació mi vocación de arabista, que acabó por ser, más que ciencia, conocimiento orientador de mi verdadero destino? Mi padre me regaló como premio un ejemplar de 'Las mil y una noches' que inmediatamente, aun siendo una selección para niños, me hechizó con la figura de Scherezada. Me fascinó aquella débil mujer, indefensa en el palacio, juguete para su amo el Gran Señor, entrando cada noche en la cámara erótica bajo la amenaza de ser decapitada. Cada ocaso comparecía ante las puertas de la muerte y cada aurora se sentía resucitar al salir viva del recinto. Para el sultán ella era un simple objeto rutinario de placer carnal; para ella cada orgasmo podía ser el último y por eso ¡con qué intensidad lo gozaría!... Por supuesto yo no pensaba así a los doce años y mi visión de la princesa era sólo una prematura intuición, inspirada ya por mi naturaleza íntima, pero sí llegué a esa comprensión cuando, licenciado en semíticas, conocí la versión auténtica, total e inexpurgada. Entonces, ya adulto, fui consciente de que yo no estaba hechizado por la princesa como lo están los admiradores de estrellas de cine. Mi identificación era total, era querer ser como ella, vivir su mismo destino. ¡Ah! Recuerdo muy bien la noche en que lo descubrí de repente y me dije, primero en mi pensamiento, luego en alta voz, acostado en la cama de la pensión de estudiante donde vivía: "Quiero ser odalisca." "Quiero ser esclava"... Mi cuerpo ardía estremecido y, tendido boca arriba, crucé las muñecas bajo mi espalda como si me hubiesen maniatado. Me sentía desnuda y ofrecida, sí, en femenino, bajo las miradas de compradores barbudos; me sabía a punto de ser escudriñada, palpada, examinados mis dientes, vuelta boca abajo para apreciar mi culo... Viví un trance tan violento interiormente como el de un místico alzándose a lo divino; después de todo son los mismos mecanismos psicológicos. Mi viva fantasía duró un gran rato y me dormí exhausta... Desde ese momento me obsesionó la idea, pero su consecuencia no fue el proyecto de operarme como transexual, pues nadie pensaba entonces en esa posibilidad. Ni siquiera incurrí en travestismo: mi ansia no se conformaba con simulacros. Era algo más auténtico y profundo: quería ser poseída siendo quien yo era, dar placer con mi propio ser, vivir la experiencia real de ser gozada carnalmente y, desde esa transgresión, arrojar mi desprecio sobre quienes careciesen del valor para atreverse, aun necesitándolo interiormente como yo: ostentando mi orgullo en el abismo frente al otro orgullo de los escaladores de premios y medallas... En el exterior yo era arabista, funcionario y consejero según las normas; por dentro vivía en la espera de mi Señor. Me preparaba para entregarme a él, para consagrar mi cuerpo a su capricho, su goce, su lujuria, incluso su sadismo si lo deseaba, como Luisa... Por fortuna mi profesión oficial me situaba en un ambiente donde ese Gran Señor, mi Príncipe Negro, podía manifestarse algún día y donde, mientras tanto, lograba yo a veces atisbar mi futuro, como Moisés la Tierra Prometida. Por ejemplo, en la recepción oficial de un dignatario musulmán sabía yo que cierta cerrada puerta del patio donde charlábamos conducía al recinto sellado de las mujeres, o que tras las tupidas celosías del piso superior estaban observando la fiesta las esposas gozadas por nuestro huésped, sin que ninguna pudiera sospechar mi envidia hacia ellas.

—¡Pero tú te casaste con mamá! ¡Algo te interesarían las mujeres!

—Acudía a algún burdel con oficiales amigos para no llamar la atención, a veces sin llegar a nada, fingiéndome más borracho de lo que estaba. Sí, tu madre fue quien me conquistó porque la adiviné dominadora. Resolví entregarme a una Gran Señora mientras aparecía mi Gran Señor, aun sabiendo que aquello tendría el coste de desempeñar, además de mis funciones oficiales, el papel de marido y el de padre. En este último, sobre todo, puse todo mi esfuerzo y si no resulté mejor fue porque heredaste mi carácter y no el de tu madre, como yo deseaba. Te quise de veras y te quiero: me gustaría creer que te serví de algo.

—Me diste muchísimo y no podría yo quererte más, sobre todo en tus últimos tiempos, cuando volviste de Teherán. Aquel congreso sobre el sufismo reconoció tu obra en ese campo, ¿verdad?, y de él volviste con otro talante. Yo te adoraba; sin poder explicármelo te sentía cambiado y, a la vez, más tú mismo que nunca.

—Acertabas y yo también os veía a todos de otro modo. Pensaba mucho en ti, en la vida que te aguardaba; deseaba que fuese tan intensa como había empezado a serlo la mía. Porque ¿sabes?, en Teherán emigré a otra existencia, fui transformado y me transformé; renací. No a causa del congreso, que fue como todos, sino por la magia de Zadar, el Gran Señor con quien se cumplió el sueño de toda mi vida anterior... No me mires asombrado, es fácil de decir aunque encierre todo un mundo: en Teherán llegué a ser Scherezada, esclava y odalisca por amor. Totalmente entregada y poseída por unos brazos viriles, también enamorados. Murió mi vieja piel y me nació otra...Sí, te lo explicaré, necesitas saberlo.

Deja posarse un silencio colmado. En la ventana vira la luz a un encendido púrpura.

—Fue como la conversión de san Pablo o el rayo que nos fulmina. Descargó en el mismo aeropuerto, adonde yo llegaba adormilado a las dos de la madrugada, con tres horas de retraso perdidas por motivos técnicos en la escala de Atenas. Era noche cerrada, no se veía la tierra hacia donde bajábamos entre turbulencias fantasmagóricas de las nubes. Tras un largo rodaje por la pista aparcamos ante una construcción tan desigualmente alumbrada por focos dispersos que parecía una irreal decoración de teatro. Descendimos y avancé con mi maletín hacia la puerta donde me aguardaba, sin yo sospecharlo, el advenimiento, el milagro... Y ya no vi nada más.Sólo tuve ojos para él, descollando entre todos en la puerta, con una blanca túnica estilo hindú sobre los pantalones también blancos y tocado con un gorro de astracán gris. Sobre aquel alto pedestal, casi marmóreo, del blanco atuendo emergía un rostro anguloso y benévolo a un tiempo: finos los labios, altos los pómulos, audaz la nariz, oscura la barba bien recortada y, sobre todo, potentes ojos de azabache irradiando miradas como saetas. Ante aquella figura, con la cabeza tan impresionante como las del antiguo Egipto labradas en diorita, sentí la revelación. Era mi soñado dueño, mi Gran Señor encarnado. Y en el acto me ofrecí a su dominio, le rendí mi vasallaje: jamás había encontrado a un hombre tan singular, tan dotado de seductora superioridad. De pronto vacilaron mis pasos al descender su mirada sobre mí, con una expresión también de inmediato reconocimiento. No era ilusión mía, venía hacia nuestro grupo sin dejar de contemplarme... ¿Sería posible?... Reanudé mi avance hacia él, obedeciendo a su reclamo, hasta detenernos frente a frente. Era increíble pero pronunciaba mi nombre tendiéndome su mano... ¡Su mano! ¿Cómo describir mi entrega de la mía? Bajo el saludo convencional me declaré suyo en ese gesto y tomó posesión de mí. No me enteré de su nombre, que pronunció al mismo tiempo; lo averigüé más tarde: Zadar Sfandiari. Me tomó el brazo y me llevó a la puerta. Me atreví a mirar su perfil: un halcón. Mejor, un grifo o un fénix de las antiguas miniaturas persas.
Papá me mira. Debo parecerle absorto, ansioso de sus palabras.
—Te lo he contado con detalle porque, aun no siendo nada ante lo que viví después junto a él, ya empecé a sentirme verdadera odalisca desde ese encuentro. Ya no era yo el de antes ni lo podría ser nunca; mi nueva vida arrancaría de ahí. Imposible la duda mientras el Gran Señor me llevaba conducida –ya a veces me pensaba en femenino hasta la sala de equipajes, como a una virgen recién vendida a su dueño. Él era mi destino; yo lo sabía desde que me hirió el rayo, lo sentía por las desaforadas palpitaciones de mi corazón, feliz y temeroso a la vez. 'Mektub': estaba escrito. Por eso te lo he contado con detalle aun siendo imposible transmitirte mi emoción... Y mientras yo vivía en mi fondo ese renacimiento, me asombraba comprobar el poder de mi dueño. Todos le acataban, le dejaban paso, le servían. Al policía controlador de la entrada en el país le dirigió unas palabras entre las que distinguí mi nombre y no tuve ni que exhibir mi pasaporte. En cuanto apareció mi maleta la hizo recoger por un porteador y, eludiendo la aduana, salimos tras ella hasta una limusina aparcada fuera con un chófer. Así iniciamos un viaje hacia las afueras de la ciudad.

—¿Y cómo es que te esperaba un personaje así? –pregunto impaciente por conocer la aventura.

—Me lo explicó en el coche, donde comenzó rogándome no llamarle "Excelencia", como todos en el aeropuerto, sino simplemente Zadar, aunque yo decidí dirigirme a él como Señor, pues para mí lo era. Se encontraba de embajador iranio en Roma cuando el congreso de Nápoles, seis años antes, una reunión a la que por excepción pude concurrir y él asistió a las sesiones como destacado estudioso del sufismo. Le llamó la atención mi ponencia e intentó comentarla conmigo pero hubo de volver con urgencia a Roma. Desde entonces se interesó por mis obras e incluso mi persona, informándose por sus colegas en Madrid: me sorprendió en la conversación lo mucho que sabía de mí e incluso de mamá y de ti... Por eso había decidido tenerme en su casa de Teherán, en vez de en los hoteles para el Congreso y cuando yo le aseguré no merecer tanta distinción me replicó, con citas de mis obras, que ningún cristiano había penetrado como yo en las honduras del amor islámico y de la unión erótica y divina, desde el poema de Leyla y Majnun hasta los cuartetos del 'diwan' de Rumí para su amado Shams de Tabriz. Recuerdo cómo, al pronunciar esos elogios, tan acordes con mis emociones del momento, su mano se posó afectuosa sobre mi rodilla, como una gran mariposa blanca en la penumbra del coche. "¡Ya sabe que soy suya!" proclamó silencioso el deseo en mi corazón, pero mi humildad, intimidada ante su grandeza, me prevenía contra excesivas ilusiones... Y entre ese júbilo y esa incertidumbre fluctuó mi ánimo durante los tres días del congreso; la esperanza de que me tomase como su odalisca, según parecía anunciarme su trato, y el miedo de que mi persona le decepcionara por no estar a la altura de lo que le había hecho esperar mi obra. Por de pronto en el coche yo me persuadía de que mi sueño adolescente se realizaba, de que él llevaba consigo, a su lado, a la odalisca que yo siempre había querido ser... Al fin, cuando ya alboreaba cruzamos un vasto parque y acabamos apeándonos ante los escalones de un atrio cubierto. Dos criados nos esperaban, subimos una escalinata interior, recorrimos salones y pasillos de las mil y una noches que me confirmaban en mi nueva condición. Mi dueño me condujo a una alcoba oriental con un magnífico cuarto de baño adyacente y, como me viese observar los muchos detalles femeninos del mobiliario, justificó mi instalación allí porque la puerta opuesta del baño comunicaba con su propio dormitorio, donde así estaría fácilmente a mi disposición. ¡Como si yo necesitara justificaciones para sentirme feliz en su cercanía!... Me dejó solo para descansar, pero no pude cerrar un ojo, reviviendo la emoción del encuentro y preparándome para lo que esperaba me esperase, deseando se realizara... El sol al fin penetró por mi ventanal y, al asomarme a un pequeño y cuidadísimo jardín percibí el intenso perfume de las rosas, transportándome al poético mundo del 'Gulistán' de Saadi. Al fondo del jardín brillaban las ondulaciones de un estanque, de cuyas aguas emergió por una escala el nadador que las causaba: Zadar que, desnudo, se ofreció al sol. Una estatua de pálido bronce, pero no según el canon clásico sino con el de los nómadas: delgado, la energía en los nervios y en la fibra más aún que en los músculos, sin embargo bien modelados. Poderoso y flexible, casi felino, empezó a ejecutar varias asanas como un perfecto yogui, cuya agilidad me recordó la del velocísimo 'chitah', el leopardo domesticado para la caza por los nobles persas de las miniaturas. ¡Qué decepción la mía porque aquel semidiós no invadiera mi alcoba y me poseyera allí mismo!... Pero así viví tres días, en pleno suplicio de Tántalo, con la miel ante mis labios una y otra vez, sin alcanzarla nunca. Me llenó de júbilo que él celebrase mi ponencia sobre "La unión mística en Rumí", pero no era ése mi más ardiente deseo. Creí poder alcanzarlo cuando escuché su propia intervención sobre "Deseo, pasión y amor en el sufismo tántrico", pues parecía imposible que quien se entusiasmaba con tan fogosas ideas no respondiera a la intensidad de mis ansias; sobre todo después de descubrirme las honduras de lo que llamaba "el sufismo tántrico", para mí desconocido hasta entonces como variante esotérica de la mística islámica. Le pedí más noticias en nuestro coloquio de aquella noche y el resultado fue un diálogo de gran hondura pues, impresionado por sus ideas y enriquecido con ellas, yo expuse las mías en las que, bajo el análisis y la exégesis, yo estaba ofreciéndome a él con total desnudez. Entonces fue cuando me definió como uno de los tipos humanos caracterizados en la morfología tántrica: "Eres un perfecto corazón de gacela", exclamó, recogiendo sin mencionarla mi velada declaración. Me llené de audacia, oculté mi miedo bajo una sonrisa y le pregunté si ser así tenía algún valor. Me miró como no me había mirado nunca. "Un hombre corazón de gacela, caso muy raro cuando es tan puro como tú, es la pareja ideal, pues combina las cualidades de los dos sexos; encarna lo que vosotros llamáis androginia. Si encuentra su complementario conocerán ambos el Paraíso en la Tierra"... Imposible transmitirte mi exaltación; ¿cómo no sentirme entonces a las puertas de ese Paraíso?... ¡Oh noche inolvidable! Dormidas las rosas nos embriagaba el perfume del jazminero y el susurro de la fuente. Me atreví a preguntarle: "Y tú, Señor, ¿puedo saber cómo es tu corazón?" "Adivínalo", me ordenó y yo, recordándole agilísimo junto al estanque en la primera mañana murmuré: "De leopardo, si no te ofende." Le vi emocionado al sentirse comprendido, pero eso fue todo. El 'chitah' no saltó sobre la gacela ya en su poder... Esperé en vano, se ocultó la luna, se despidió dejándome solo... ¡Qué abismo, mi desesperación, qué corrosiva negrura! Ansiar algo toda una vida, depender de esa única obsesión, ver cómo el tiempo la iba haciendo cada vez menos posible y, de pronto, sin esperarlo ya, al borde del final, verme ante el milagro, sentirlo propicio, abrirme ya para él y sufrir que se evapora como por una maldición... ¡Qué insomnio de dolor y de llanto, tratando al menos de explicarme lo inexplicable!

—¿Estaba enfermo él o algo imprevisible?

—Mi tortura no duró mucho tiempo. Asistí como pude al día siguiente a la clausura del congreso y, al anochecer, cuando terminábamos de cenar, le recordé que a la mañana siguiente salía mi avión y empecé unas frases de gratitud por su hospitalidad, pero se me quebró la voz. Además él me atajó con palabras también temblorosas: "Yo esperaba que quizás te gustaría quedarte aquí unos días más, como mi huésped." Mi dolor se encabritó de golpe: "Como tu huésped no, Señor"; imposible seguir soportándolo. "Me has apresado en la red de tu hombría como el cazador a la paloma." Me miró sonriente, reconociendo el archifamoso verso del poema de Leyla y Majnun, mientras yo añadía: "Sólo me quedaría como tu esclava, tu sierva, tu odalisca." Fui capaz de decirlo con firmeza, mirándole a los ojos, y cuando le oí responderme que ése era justamente su deseo me arrebató la ira: "Entonces ¿por qué has sido tan cruel estos días? ¿No me has visto sufrir esperándote en vano desde mi llegada? ¿Sadismo de leopardo, placer de la caza?"... Se levantó, vino junto a mí, se sentó a mi lado y me abrazó por el hombro, con lo que me rindió: "Te equivocas, gacela mía. Eres tú quien atrapó al leopardo, le hizo desearte, necesitarte, desde que te adiviné por tus escritos y me nació un amor que se confirmó con tu presencia. Yo también he sufrido reteniéndome, pero era menester padecer ambos para llegar ahora a estar maduros en la exasperación, como el místico que vuela mejor hacia la luz desde el abismo... Ha llegado el momento, lejos de congresos y de todo; te recojo en el límite y juntos construimos nuestro encuentro total. Serás mi odalisca, como deseas, gacela tanto tiempo esperada. Viviremos como Rumí y su amante Shams, según cantó en aquel cuarteto que conoces:

En verdad somos un alma única tú y yo.
Nos mostramos y nos ocultamos tú en mí, yo en ti.
Esa meta persiguen nuestros cuerpos al enlazarse,
pues tú y yo no existimos ni yo ni tú.

—Sólo unas palabras pude pronunciar después –continúa mi padre–: "¡Me has vaciado de mí! ¡Lléname de ti!" "Vas a amarme y a ser amada como no lo fuiste nunca –respondió. Preparémonos para nuestras bodas; dentro de poco iré a buscarte a tu alcoba"... Pasé por el baño para ofrecerme mejor y luego, al entrar en mi cuarto, vi extendida sobre el lecho una suntuosa túnica toda encaje y transparencia. Apenas me la había puesto cuando apareció desnudo mi leopardo y en su mirada devoradora me sentí por fin su presa: me estremecí. "No tengas miedo", murmuró. "Tengo miedo, pero tengo mucha más ansia todavía de sentirte en mí." Se acercó y me levantó en vilo, transportándome a través del baño hacia su cuarto. Su brazo derecho sujetaba mis rodillas por debajo, el izquierdo rodeaba mi torso, mi cabeza reposaba sobre su hombro. Cerré los ojos en éxtasis. Me embriagaba su fuerza, me envolvía su olor y el calor de su piel y el vigor de sus músculos. Fue la procesión nupcial más hermosa imaginable para llevar al tálamo a una virgen.
A medida que su emoción por el recuerdo ha ido creciendo su voz se ha debilitado hasta esfumarse y, a la vez, su figura se ha hecho translúcida, etérea, hasta desvanecerse.

José Luis Sampedro

  • Fotografía: Eikoh Hosoe

Historia del Ojo [George Bataille]

Ilustración de Javier Gil

I - EL OJO DEL GATO [Fragmento]
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Crecí muy solo y desde que tengo memoria sentí angustia frente a todo lo sexual. Tenía cerca de 16 años cuando en la playa de X encontré a una joven de mi edad, Simona. Nuestras relaciones se precipitaron porque nuestras familias guardaban un parentesco lejano. Tres días después de habernos conocido, Simona y yo nos encontramos solos en su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado. Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se encontraba completamente desnuda bajo su delantal.

Llevaba medias de seda negra que le subían por encima de las rodillas; pero aún no había podido verle el culo (este nombre que Simona y yo empleamos siempre, es para mí el más hermoso de los nombres del sexo). Tenía la impresión de que si apartaba ligeramente su delantal por atrás, vería sus partes impúdicas sin ningún reparo.
En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato: “Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simona. “¿Apuestas a que me siento en el plato?” —”Apuesto a que no te atreves”, le respondí, casi sin aliento.

Hacia muchísimo calor. Simona colocó el plato sobre un pequeño banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que, erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.
Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro. De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas, sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos hubiésemos tocado; pero cuando su madre regresó, aproveché, mientras yo permanecía sentado y ella se echaba tiernamente en sus brazos, para levantarle por atrás el delantal sin que nadie lo notase y poner mi mano en su culo, entre sus dos ardientes muslos.

Regresé corriendo a mi casa, ávido de masturbarme de nuevo; y al día siguiente por la noche estaba tan ojeroso que Simona, después de haberme contemplado largo rato, escondió la cabeza en mi espalda y me dijo seriamente “no quiero que te masturbes sin mí”.

Así empezaron entre la jovencita y yo relaciones tan cercanas y tan obligatorias que nos era casi imposible pasar una semana sin vernos. Y sin embargo, apenas hablábamos de ello. Comprendo que ella experimente los mismos sentimientos que yo cuando nos vemos, pero me es difícil describirlos. Recuerdo un día cuando viajábamos a toda velocidad en auto y atropellamos a una ciclista que debió haber sido muy joven y muy bella: su cuello había quedado casi decapitado entre las ruedas. Nos detuvimos mucho tiempo, algunos metros más adelante, para contemplar a la muerta. La impresión de horror y de desesperación que nos provocaba ese montón de carne ensangrentada, alternativamente bella o nauseabunda, equivale en parte a la impresión que resentíamos al mirarnos. Simona es grande y hermosa. Habitualmente es muy sencilla: no tiene nada de angustiado ni en la mirada ni en la voz. Sin embargo, en lo sexual se muestra tan bruscamente ávida de todo lo que violenta el orden que basta el más imperceptible llamado de los sentidos para que de un golpe su rostro adquiera un carácter que sugiere directamente todo aquello que está ligado a la sexualidad profunda, por ejemplo: la sangre, el terror súbito, el crimen, el ahogo, todo lo que destruye indefinidamente la beatitud y la honestidad humanas. Vi por primera vez esa contracción muda y absoluta (que yo compartía) el día en que se sentó sobre el plato de leche. Es cierto que apenas nos mirábamos fijamente, excepto en momentos parecidos. Pero no estamos satisfechos y sólo jugamos durante los cortos momentos de distensión que siguen al orgasmo.
Debo advertir que nos mantuvimos largo tiempo sin acoplarnos. Aprovechábamos todas las circunstancias para librarnos a actos poco comunes. No sólo carecíamos totalmente de pudor, sino que por lo contrario algo impreciso nos obligaba a desafiarlo juntos, tan impúdicamente como nos era posible. Es así que justo después de que ella me pidió que no me masturbase solo (nos habíamos encontrado en lo alto de un acantilado), me bajó el pantalón me hizo extenderme por tierra; luego ella se alzó el vestido, se sentó sobre mi vientre dándome la espalda y empezó a orinar mientras yo le metía un dedo por el culo, que mi semen joven había vuelto untuoso. Luego se acostó, con la cabeza bajo mi verga, entre mis piernas; su culo al aire hizo que su cuerpo cayera sobre mí; yo levanté la cara lo bastante para mantenerla a la altura de su culo: —sus rodillas acabaron apoyándose sobre mis hombros—. “¿No puedes hacer pipí en el aire para que caiga en mi culo?”, me dijo “—Sí, le respondí, pero como estás colocada, mi orín caerá forzosamente sobre tus ropas y tu cara—.” “¡Qué importa!” me contestó.
Hice lo que me dijo, pero apenas lo había hecho la inundé de nuevo, pero esta vez de hermoso y blanco semen.(...)

George Bataille

La Regenta [Leopoldo Alas "Clarín"]

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[Fragmento]

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba.» No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos... En frente del Casino en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por multitud inmensa!» Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería. Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y también procesiones... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo morado de la nazarena! «Y era natural; todo Vetusta, seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos, ¿por qué?, porque hay un cachet distinguidísimo en el modo de la exhibición, porque... esto es cuestión de escenario.» «¿Cuándo llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.
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El libro blanco [Jean Cocteau]

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[Fragmento]

Hastiado de las aventuras sentimentales, incapaz de reaccionar, arrastraba las piernas y el alma. Buscaba el consuelo de una atmósfera clandestina. La encontré en unos baños públicos. Evocaban el Satiricón, con sus pequeñas celdas, su patio central, su sala baja adornada con divanes turcos en los que unos jóvenes jugaban a las cartas. A una señal del dueño, se levantaban y se alineaban contra la pared. El dueño les tentaba los bíceps, les palpaba los muslos, desempaquetaba sus encantos íntimos y los vendía como un comerciante su mercancía.

La clientela estaba segura de sus gustos y era discreta, rápida. Yo debía resultar un enigma para aquella juventud acostumbrada a las exigencias precisas. Me miraba sin comprender; porque yo prefiero la plática a los actos.

El corazón y los sentidos forman en mí una mezcla tal que me parece difícil comprometer a uno o a los otros sin que la otra parte se comprometa también. Es eso lo que me empuja a cruzar los límites de la amistad y me hace temer un contacto sumario en el que corro el riesgo de atrapar el mal de amor. Terminaba por envidiar a aquellos que, al no sufrir por la belleza ni vagamente, saben lo que quieren, perfeccionan un vicio, pagan y lo satisfacen.

Uno ordenaba que lo insultaran, otro que lo cargaran de cadenas, otro (un moralista) sólo obtenía placer con el espectáculo de un hércules que mataba a una rata con un alfiler calentado al rojo vivo.

¡A cuántos de esos sabios que conocen la receta exacta de su placer, y cuya existencia se ha simplificado porque se pagan en fecha y a precio fijo una honesta, una burguesa complicación, no habré visto desfilar! La mayoría eran ricos industriales que venían del norte a liberar sus sentidos, y después regresaban a unirse con su mujer y con sus hijos.
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Finalmente, espacié mis visitas. Mi presencia comenzaba a volverse sospechosa. Francia no soporta muy bien un papel que no es de una sola pieza. El avaro debe siempre ser avaro, el celoso siempre celoso. En eso estriba el éxito de Molière. El dueño pensaba que era de la policía. Me dio a entender que se era cliente o mercancía. No se podían combinar las dos cosas.

Esta advertencia sacudió mi abulia y me obligó a romper con costumbres indignas, a las que se añadía el recuerdo de Alfredo, que flotaba sobre los rostros de todos los jóvenes panaderos, carniceros, ciclistas, telegrafistas, zuavos, marineros, acróbatas y demás travestis profesionales.

Una de las únicas cosas que eché de menos es el espejo transparente. Se instala uno en una cabina oscura y abre un postigo. Ese postigo descubre una malla metálica a través de la cual la mirada abarca una pequeña sala de baño. Del otro lado, la malla era un espejo tan reflejante y tan liso que era imposible adivinar que estaba llena de miradas.

Mediante el pago de cierta cantidad solía pasar ahí los domingos. De los doce espejos de las doce salas de baño, ése era el único de este tipo. El dueño lo había pagado muy caro y mandado traer de Alemania. Su personal desconocía el observatorio. La juventud obrera servía de espectáculo.

Seguían todos el mismo programa. Se desvestían y colgaban con cuidado los trajes nuevos. Desendomingados, se podía adivinar su empleo por las encantadoras deformaciones profesionales. De pie en la bañera, se miraban (me miraban) y empezaban con una mueca parisina que deja al descubierto las encías. Después se frotaban un hombro. El enjabonado se transformaba en caricia. De pronto sus ojos se iban del mundo, su cabeza se echaba hacia atrás y su cuerpo escupía como un animal furioso.

Unos, extenuados, se dejaban fundir en el agua humeante, otros volvían a empezar la maniobra; se podía reconocer a los más jóvenes en que saltaban de la bañera y, lejos, iban a limpiar del mosaico la savia que su tallo ciego había lanzado alocadamente hacia el amor.

Una vez, un Narciso que se gustaba acercó la boca al espejo, la pegó en él y llevó hasta el final la aventura consigo mismo. Invisible como los dioses griegos, apoyé mis labios contra los suyos e imité sus ademanes. Nunca supo que en vez de reflejar, el espejo actuaba, que estaba vivo y que lo había amado.
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  • Fotografía: Steven Meisel

El tren de Burdeos [Marguerite Duras]

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Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía tener treinta años. Debía ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.
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Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En Paris, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.


Marguerite Duras

MEDEA [Eurípides]

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[Fragmento]
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CORO:Escucho sus gemidos y lamentos, sus agudos clamores lastimeros, contra el esposo que su lecho infama; invoca, sintiéndose ofendida, a Temis guardiana de los votos que la hizo, hasta la Hélade opuesta, surcar de noche la onda salada, la llave del gran mar.
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Medea sale a escena y se dirige al coro.
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MEDEA:¡Oh, mujeres corintias! Salgo de casa por que reproches no me hagáis; pues, mientras sé que muchos hombres, tanto en privado como en el trato externo, orgullosos realmente se vuelven, a otros hace pasar por indolentes su tranquilo vivir. Que no son siempre justos los ojos de la gente y hay quien, no conociendo bien la entraña del prójimo, le contempla con odio sin que haya habido ofensa. Y, si debe el de fuera cumplir con la ciudad, no alabo al ciudadano que amargo y altanero con los demás se muestra por su falla de tacto. Pero a mí este suceso que inesperado vino me ha destrozado el ánimo; perdida estoy, no tengo ya a la vida afición; quiero morir, amigas. Porque mi esposo, el que era todo para mí, como sabe él muy bien, resulta ser el peor de los hombres.
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De todas las criaturas que tienen mente y alma no hay especie más mísera que la de las mujeres. Primero han de acopiar dinero con que compren un marido que en amo se torne de sus cuerpos, lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay. Y en ello es capital el hecho de que sea buena o mala la compra, porque honroso el divorcio no es para las mujeres ni el rehuir al cónyuge. Llega una, pues, a nuevas leyes y usos y debe trocarse en adivina, pues nada de soltera aprendió sobre cómo con su esposo portarse. Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no protesta contra el yugo, vida envidiable es ésta; pero, si tal no ocurre, morirse vale más. El varón, si se aburre de estar con la familia, en la calle al hastío de su humor pone fin; nosotras nadie más a quien mirar tenemos. Y dicen que vivimos en casa una existencia segura mientras ellos con la lanza combaten, mas sin razón: tres veces formar con el escudo preferiría yo antes que parir una sola. Pero el mismo lenguaje no me cuadra que a ti: tienes esta ciudad, la casa de tus padres, los goces de la vida, trato con los amigos, y en cambio yo el ultraje padezco de mi esposo, que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada, sin patria, madre, hermanos, parientes en los cuales pudiera echar el ancla frente a tal infortunio. Mas, en fin, yo quisiera de ti obtener sólo esto, que, si un medio o manera yo encuentro de vengar el mal que mi marido me ha hecho, callada sepas estar. Pues la mujer es medrosa y no puede aprestarse a la lucha ni contemplar las armas, pero, cuando la ofenden en lo que toca al lecho, nada hay en todo el mundo más sanguinario que ella.
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Eurípides
  • Pintura: Eugene Delacroix ( Museo del Louvre. París.)

La adúltera [Manuel Vicent]

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En el centro de una plaza pública había un saco lleno de piedras de buen tamaño. Eran piezas sagradas. A la sombra de los pórticos, que tamizaban una luz de cal viva, un centenar de hombres justicieros esperaba. Muy pronto llegaron unos esbirros arrastrando a la mujer adúltera, que fue recibida en silencio por todas las miradas mientras era depositada en tierra con los pies atados. A continuación un juez honorable leyó la sentencia y su voz se unió al balido de unas cabras que desde lejos participaban en la ceremonia. La muerte por lapidación para la mujer adúltera venía ordenada por el Libro Sagrado, el cual no daba resquicio al perdón, ni siquiera a la lástima. Una vez leídos los cargos, los hombres justicieros deberían acercarse a la víctima y armar su mano con una o varias piedras que había en el saco. Todos lo hicieron de forma decidida y después crearon un círculo alrededor de la mujer adúltera, que ya estaba arrodillada. No sucedió en una ciudad de Oriente ni de Occidente, sino en una plaza desolada bajo un cielo de diamante donde los relámpagos secos, a pleno sol, eran la única geometría con la que hablaba Dios. La mujer adúltera dobló su tronco hasta dar con su rostro en el polvo. Protegida la cabeza con las manos, sólo esperaba de sus verdugos la gracia de ser mortalmente herida con la primera pedrada. A una señal del juez que presidía la liturgia, los hombres justicieros levantaron el brazo, pero en ese momento, sin saber de dónde provenía, se oyó la enorme voz de un profeta que dijo: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Esa orden, que vino acompañada de un relámpago, paralizó a los verdugos. Con la piedra en la mano todos comenzaron a explorar su conciencia. Mientras la mujer adúltera mojaba la tierra con sus lágrimas, los hombres justicieros iban descubriendo dentro de la propia alma los deseos libidinosos que habían tenido, los hechos inconfesables que habían cometido y que aún permanecían impunes. Todos dejaron la piedra en el suelo y se alejaron, todos excepto uno. Era un hombre puro, libre de pecado, exento de toda culpa, el único legitimado para cumplir la sentencia, según el profeta. Cuando la mujer adúltera levantó el rostro, los pecadores habían desaparecido. En medio de la plaza sólo quedaba aquel hombre casto con el brazo armado. Mientras las cabras con sus balidos le pedían clemencia, el hombre lapidó a la adúltera, llevado por la crueldad que nace de la estricta pureza. Así se convirtió en asesino.
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  • Fotografía: Craig Morey

Evangelio de Lucas - Jesús en el hogar de Simón el fariseo

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7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.

7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;

7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.

7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.

7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;

7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?

7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.

7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.

7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
  • Fotografía: Eric Kroll

La Pianista [Elfriede Jelinek]

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[Fragmento]

Erika K. corrige el Bach, hace enmiendas en torno a él. Su alumno deja caer la mirada fija sobre sus manos agarrotadas. La profesora mira a través de él, pero al otro lado no encuentra más que un muro en el que cuelga la mascarilla mortuoria de Schumann. Un instante fugaz siente el deseo de coger la cabeza del alumno por el cabello y lanzarlo con fuerza contra el interior del vientre del piano, hasta que las sangrientas entrañas repletas de cuerdas salpiquen con estruendo por encima de la cubierta. El Bösendorfer no dará ni un sólo sonido más. El deseo cruza veloz por la cabeza de la profesora y desaparece sin causar daño

El alumno promete que mejorará aunque le cueste mucho tiempo

Erika espera que así sea y pide el Beethoven. El alumno aspira impúdicamente a conseguir elogios, aun cuando no es tan vanidoso como el señor Klemmer, cuyas bisagras chirrían sin parar de tanto empeño

En los escaparates del cine Metro sigue intacta la carne rosada en todas sus formas, versiones y precios. Se muestra exuberante y se desborda porque Erika K. no puede hacer guardia. El precio de las butacas no es fijo, delante es más barato que atrás, aun cuando delante se está más cerca y quizá se vea mejor el interior del cuerpo

Una de las mujeres se introduce las larguísimas uñas pintadas de un color rojo sangriento, la otra, en cambio, se introduce un objeto agudo, es una fusta. Se hace una marca en la carne y demuestra al espectador quién es el amo y quién no; también el espectador se siente como un amo. Erika siente la penetración. La sitúa enfáticamente en su lugar de espectadora. El rostro de una de las mujeres se llega a desfigurar de placer; el hombre sólo puede ver en su expresión cuánto placer le provoca y cuánto placer se pierde. El rostro de otra mujer en la pantalla se desfigura por el dolor; acaba de ser golpeada, aunque sólo suavemente. La mujer no puede manifestar de forma material el placer que siente, de ahí que el hombre deba atenerse del todo a sus indicaciones específicas. Él registra el placer que se manifiesta en su rostro. La mujer se contrae para no ser un objetivo fácil. Tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sobre la nuca. Cuando no cierra los ojos, por momentos puede volcarlos hacia atrás. Mira al hombre sólo de vez en cuando; de ahí que los esfuerzos masculinos sean tanto más arduos, dado que no puede superar su rendimiento en función de la expresión del rostro y, de este modo, ir acumulando puntos. De tanto placer, la mujer no ve al hombre. Los árboles le impiden ver el bosque. Sólo mira al interior de sí misma. El hombre, este perito mecánico, trabaja en el coche averiado, en la maquinaria femenina. En general, en las películas pornográficas se trabaja mucho más que en las películas sobre el mundo laboral

Erika tiene experiencia en observar a personas que se esfuerzan con tesón en alcanzar algún objetivo. En este sentido, las grandes diferencias entre la música y el placer resultan más bien irrelevantes

La naturaleza no es algo que Erika busque con afán; jamás va de paseo al bosque, donde otros artistas se dedican a renovar casas de campo

Jamás hace excursiones a la montaña. Jamás se zambulle en un lago

Jamás se tiende en la playa. Jamás practica el esquí. El hombre acumula orgasmos con avidez hasta dejarse caer lleno de sudor en el mismo lugar de donde había partido. Por hoy ha elevado considerablemente el estado de su cuenta. Hace ya bastante tiempo que Erika vio esta película, dos veces, en un cine de los suburbios, donde nadie la conoce (salvo la mujer de la taquilla, quien la saluda como a una distinguida señora). No la vería más veces porque prefiere platos más fuertes en lo referente a la pornografía. Estos bellos ejemplares del género humano en el cine del centro de la ciudad actúan sin ningún tipo de dolor y sin la posibilidad de sentir dolor. Todo es plástico. En sí mismo el dolor no es más que una consecuencia del deseo de placer, de destrucción, de aniquilamiento y, en su forma más sublime, una forma de placer. Erika sobrepasaría gustosa el límite de una muerte violenta. En los suburbios follan con torpeza y es más probable que se hagan daño unos a otros, que haya todo un decorado teatral en torno al dolor. Estos lastimosos y maltrechos actores de pornografía de tercera categoría trabajan con mucho más empeño, además, agradecen más la posibilidad de participar en una verdadera película. Han sufrido daños, su piel presenta manchas, espinillas, cicatrices, arrugas, celulitis, rollos de grasa. El cabello mal teñido

Sudor. Pies sucios. En las películas con más pretensiones estéticas, en cines de más categoría, se ve casi únicamente la superficie del hombre y de la mujer. Ambos ejemplares están cubiertos de una piel sintética que garantiza la ausencia de suciedad, es resistente a los ácidos, a los golpes, a la temperatura. Además, en la pornografía barata la codicia con la que el hombre penetra en el cuerpo de la mujer es más evidente

La mujer no habla y, cuando lo hace, ¡más!, ¡más! Con ello se agota el diálogo, pero no el hombre, que se esmera, está ansioso, se concentra y tiene un orgasmo tras otro

Aquí, en la pornografía suave, todo se reduce a lo exterior. Esto no es suficiente para Erika, esta mujer de gustos refinados, porque ella quiere escudriñar hasta en sus raíces a estos individuos que se agarran uno al otro, qué hay detrás de todo esto, qué obnubila de tal forma los sentidos para que todos quieran hacerlo o al menos verlo. Un vistazo al interior del vientre no da más que una explicación insatisfactoria y deja muchas interrogantes. Es imposible abrirles el vientre a estas gentes para extraerles hasta el último detalle de sus entrañas. En las películas de mala muerte se ven más profundidades en lo que se refiere a la mujer. En cuanto al hombre, no es posible penetrar tan adentro. Pero nadie llega a verlo todo hasta en sus últimas consecuencias; incluso si se le abriera el vientre a la mujer, no se verían más que los intestinos y los órganos de su cuerpo. El hombre activo manifiesta incluso físicamente un crecimiento hacia fuera. Al final ofrece el resultado esperado, o no lo ofrece, pero, si lo hace, puede ser examinado públicamente y su autor se siente satisfecho del valioso producto de su cuerpo

El hombre debe tener la sensación de que la mujer le oculta algo decisivo en cuanto al desorden de sus órganos, piensa Erika

Precisamente lo que oculta, estos últimos resquicios, incita a Erika a buscar constantemente lo nuevo, lo más profundo, lo prohibido. Ella anda siempre detrás de una perspectiva nueva e insospechada. Su cuerpo jamás ha delatado sus misterios, ni siquiera en la posición con las piernas abiertas frente al espejo de afeitar, ¡ni a su propietaria! Del mismo modo, los cuerpos en la pantalla lo contienen todo: tanto para el hombre que quiere echar un vistazo a la oferta en el mercado de las mujeres, aquello que él aún no conoce, como también para Erika, la observadora hermética

Hoy el alumno de Erika es humillado y, de este modo, castigado

Erika cruza las piernas con desenfado y hace un comentario cargado de sarcasmo sobre la interpretación a medio guisar de Beethoven. Más no hace falta, el alumno está a punto de llorar

Esta vez ni siquiera le parece oportuno interpretar ella el pasaje a que se refiere. Por hoy no sacará nada más de su profesora de piano. Si no se da cuenta por sí mismo de sus errores, ella no le puede ayudar
.../...

de Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004)

Traducción: Pablo Diener Ojeda
  • Fotografía: Man Ray

Masauda [Abdelhak Serhane]

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[Fragmento]

En el principio eran las tinieblas. Y en el principio mis dedos habían trazado la silueta de una mujer desposeída: Mesauda. Dos líneas paralelas mal trazadas, una línea transparente y un círculo negro mal cerrado con unas manchas indefinidas.

Mesauda una mujer. Mesauda un hombre. Mesauda un animal. Era todo eso a la vez; hermafrodita solitaria con el sexo tatuado por los murciélagos. El silencio fluía entre sus piernas y el sueño tomaba forma. La abuela decía de ella que era la herida del tiempo y la bacía de los adultos, que se divertían penetrándola con sus dedos y haciéndole cosquillas en sus senos extenuados. Era uno de esos seres lamentables que sufren y aceptan su destrucción. El sueño febril, acechado por los adultos desquiciados, en el desorden de nuestra mirada confiscada a nuestro vértigo, a nuestra juventud claudicante; ellos manifestaban en ella la embriaguez de su deplorable delirio: hombres incapaces de controlar el estallido de su euforia.

Los demás dormíamos en el sueño de sus sombras; testigos de secuencias disonantes de una vida deshilachada, suspendida de las agujas de un silencioso reloj de péndulo.

A veces gritaba y daba alaridos, pero terminaba siempre dejando escapar de su boca desdentada una desabrida risa y enseñando el trasero a la gente, mientras que algunos adultos la toqueteaban por debajo de sus harapos. Teníamos alucinaciones y nuestros dedos se estrechaban más aún alrededor de nuestro sexo. Era más fuerte que nosotros.

A veces, los adultos se divertían desnudándola o arrancándole los pelos del bajo vientre para ponerla fuera de sí, y lograban hacerla gritar. Entonces se escapaba llorando, perseguida por los dedos peludos y la risa cómplice de nuestros mayores. No se había detenido aún, cuando ya otras manos la habían atrapado y la penetraban otros dedos. Un líquido sucio chorreaba siempre entre sus piernas y los dedos seguían extraviándose en sus dédalos.

Nosotros, los niños, mirábamos acariciándonos el sexo, buscando un rostro o una grieta.

Así fue como aprendimos lo que era la vida, con todo lo que tiene de alegre y violento a la vez. Esa vida, que habíamos conocido muy pronto, y del lado malo, iba a dejar su huella en nuestra memoria. Todos habíamos conocido la misma llamada y el mismo grito. Más tarde, esas dos voces iban a estallar con fuerza y dispersarse en nosotros, alrededor nuestro, para dejar sitio a nuevas mentiras y contradicciones.

Mesauda entraba en todas las casas pero ninguna le pertenecía. Las mujeres esperaban su paso. En cuanto dejaban los cubos de agua llenos en Titahcen, le pedían que contara sus dolores. Formaban un corro alrededor de ella:

- ¡Cuenta! ¿Qué te han hecho hoy?

Entonces se sumía en una difícil explicación. Su lengua, cual bola de fuego, recorría la boca en busca de algunas palabras abandonadas. Sus brazos se agitaban en el vacío con gestos vagos y desordenados. Las mujeres reían. Las jóvenes escuchaban. Sus fantasmas se reunían con los nuestros en una simulada complicidad. Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna, y también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.
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Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

El sol reinaba sobre la cumbre del Akechmir y nuestro ojos estallaban como pompas de jabón al acercarse a las tinieblas y a la carne. Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia. Los dedos se pegaban y aspirábamos con orgullo el olor de nuestra obra. Nuestra manos se parecían entonces, poco más o menos, a las de las personas mayores, regadas en las ciénagas de Mesauda, y nos sentíamos orgullosos.

[...]

De vuelta a casa, me encerraba en el retrete, sacaba mi sexo miserable y me empecinaba en devolverlo a la vida; tenía prisa por hacerme hombre. Además, nos habían enseñado que el valor de un hombre se mide por el peso de sus testículos. Cuando lo soltaba, se volvía jadeante; un verdadero pingajo. Todas las miserias del mundo se reunían en mí. Buscaba entonces una regla. Ningún progreso. Era igual a mi desesperación de hombre inacabado.

"Dios nos ha creado a todos iguales", afirmaba mi padre. Yo sabía que eso era mentira, porque no todo el mundo tenía acceso a Mesauda: usufructo de los adultos, que nos obsequiaban con una lección de moral en una herida nueva.

Mesauda, la andrógina negra, era la sofocante conciencia de la desigualdad social, la injuria hecha a la palabra de Dios y nosotros éramos la ironía de una vida sin alegría, determinada por la fatalidad.


de Abdelhak Serhane
(Traducción: Inmaculada Jiménez Morell)

  • Fotografía: Korey Birand