El libro blanco [Jean Cocteau]

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[Fragmento]

Hastiado de las aventuras sentimentales, incapaz de reaccionar, arrastraba las piernas y el alma. Buscaba el consuelo de una atmósfera clandestina. La encontré en unos baños públicos. Evocaban el Satiricón, con sus pequeñas celdas, su patio central, su sala baja adornada con divanes turcos en los que unos jóvenes jugaban a las cartas. A una señal del dueño, se levantaban y se alineaban contra la pared. El dueño les tentaba los bíceps, les palpaba los muslos, desempaquetaba sus encantos íntimos y los vendía como un comerciante su mercancía.

La clientela estaba segura de sus gustos y era discreta, rápida. Yo debía resultar un enigma para aquella juventud acostumbrada a las exigencias precisas. Me miraba sin comprender; porque yo prefiero la plática a los actos.

El corazón y los sentidos forman en mí una mezcla tal que me parece difícil comprometer a uno o a los otros sin que la otra parte se comprometa también. Es eso lo que me empuja a cruzar los límites de la amistad y me hace temer un contacto sumario en el que corro el riesgo de atrapar el mal de amor. Terminaba por envidiar a aquellos que, al no sufrir por la belleza ni vagamente, saben lo que quieren, perfeccionan un vicio, pagan y lo satisfacen.

Uno ordenaba que lo insultaran, otro que lo cargaran de cadenas, otro (un moralista) sólo obtenía placer con el espectáculo de un hércules que mataba a una rata con un alfiler calentado al rojo vivo.

¡A cuántos de esos sabios que conocen la receta exacta de su placer, y cuya existencia se ha simplificado porque se pagan en fecha y a precio fijo una honesta, una burguesa complicación, no habré visto desfilar! La mayoría eran ricos industriales que venían del norte a liberar sus sentidos, y después regresaban a unirse con su mujer y con sus hijos.
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Finalmente, espacié mis visitas. Mi presencia comenzaba a volverse sospechosa. Francia no soporta muy bien un papel que no es de una sola pieza. El avaro debe siempre ser avaro, el celoso siempre celoso. En eso estriba el éxito de Molière. El dueño pensaba que era de la policía. Me dio a entender que se era cliente o mercancía. No se podían combinar las dos cosas.

Esta advertencia sacudió mi abulia y me obligó a romper con costumbres indignas, a las que se añadía el recuerdo de Alfredo, que flotaba sobre los rostros de todos los jóvenes panaderos, carniceros, ciclistas, telegrafistas, zuavos, marineros, acróbatas y demás travestis profesionales.

Una de las únicas cosas que eché de menos es el espejo transparente. Se instala uno en una cabina oscura y abre un postigo. Ese postigo descubre una malla metálica a través de la cual la mirada abarca una pequeña sala de baño. Del otro lado, la malla era un espejo tan reflejante y tan liso que era imposible adivinar que estaba llena de miradas.

Mediante el pago de cierta cantidad solía pasar ahí los domingos. De los doce espejos de las doce salas de baño, ése era el único de este tipo. El dueño lo había pagado muy caro y mandado traer de Alemania. Su personal desconocía el observatorio. La juventud obrera servía de espectáculo.

Seguían todos el mismo programa. Se desvestían y colgaban con cuidado los trajes nuevos. Desendomingados, se podía adivinar su empleo por las encantadoras deformaciones profesionales. De pie en la bañera, se miraban (me miraban) y empezaban con una mueca parisina que deja al descubierto las encías. Después se frotaban un hombro. El enjabonado se transformaba en caricia. De pronto sus ojos se iban del mundo, su cabeza se echaba hacia atrás y su cuerpo escupía como un animal furioso.

Unos, extenuados, se dejaban fundir en el agua humeante, otros volvían a empezar la maniobra; se podía reconocer a los más jóvenes en que saltaban de la bañera y, lejos, iban a limpiar del mosaico la savia que su tallo ciego había lanzado alocadamente hacia el amor.

Una vez, un Narciso que se gustaba acercó la boca al espejo, la pegó en él y llevó hasta el final la aventura consigo mismo. Invisible como los dioses griegos, apoyé mis labios contra los suyos e imité sus ademanes. Nunca supo que en vez de reflejar, el espejo actuaba, que estaba vivo y que lo había amado.
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  • Fotografía: Steven Meisel

18 comentarios:

Mery dijo...

Señorita ¿cuándo nos vas a deleitar con un relato TUYO tuyito TUYO ? Saca a pasear la imaginación, anda.

Anónimo dijo...

magnífico, estraordinario, maravilloso, me has dejado con la boca abierta, es tan maravilloso quien lo escribió como quien lo vio, leyó y copió y pegó aqui.

besis

antonio medinilla dijo...

Extraño Cocteau: desconocía este texto.

Como a todos, alma y carne nos ciegan en sus deleites correspondientes. Cocteau no es distinto en su dilatada carrera.

El blog sigue sucediendo esplendoroso, X.

Su visitador, Antonio Medinilla.

FASB dijo...

El final del texto me recuerda un poco al principio de "La ley del deseo" de Almodóvar, gran admirador de Cocteu.

Me ha gustado, me encanta el detalle del moralista torturador.

Besos

Anónimo dijo...

¡Hermosísimo el texto! Unas vivencias de lo más excitantes... ¿pero de qué novela de Cocteau está extraído?
Salud y Libertinaje

variopaint dijo...

mmmmmmmmmmmmmm...magnífico Cocteau como siempre, gracias por tu buen gusto Madame...po cierto tienes un post dedicado en Proyecto Maja...a ver que se te ocurre.
Besos de espejismos...

PS.(tu sigue posteando cosas de estas y asi...)

Anónimo dijo...

Pase usted a recoger su premio.
Beso o abrazo, sírvase lo que más se le antoje ;)

Javier dijo...

Asignatura pendiente, todos tenemos alguna y "El Libro Blanco" es una de las mías, gracias por recordarmelo.

Anónimo dijo...

Excitante relato. No paro de imaginarme esa escena espejo por medio. Deliciosa

Madame X dijo...

Mery, Mery... cuando esté inspirada y mientras espero a las Musas, te leo a ti, que tú sí que estás pletórica de inspiración.

Terro... gracias, pero ante semejante texto era imposible resistirse. ¿Verdad que es bello?

Siempre encantada de recibirte y leerte, Antonio.

Esa puntilla del moralista es muy aguda, Cure... como aguda observadora es usted. :-)

Gato, es de su novela "Le libre blanc" (el libro blanco), que, aunque Cocteau niega en el mismo prólogo su autoría, se considera suyo. Es bastante autobiográfico. Para esta obra Cocteau hace unas magníficas ilustraciones eróticas. Si piensas comprártelo, pídelo con una edición que las incluya.

Variopint, se agradece tu criterio siempre abierto y elevado. Por cierto, muy buena la idea del proyecto Maja. ¿Besos de espejismos? Será posible...

Gracias por el premio, Hastaloscojones... aunque no entiendo nada de estas cosas.

Un placer hacerte de recordatorio, aunque lo necesitas poco, Pe-jota... ¿Y de la foto no me dices nada? ¿No es magnífica?

Es una escena muy excitante, Carolina. Estamos de acuerdo.

Un saludo a todos.

X

golfa dijo...

mmmmmm Fantástico relato, para abrir bocado mientras viene tu musa...

No se habrá ido de vacaciones con la mía por casualidad???;)

Un saludo y con tu permiso, me gustaría linkarte en mi blog

Besos perversos

Capri c'est fini dijo...

Me parece una descripción muy conseguida de un lugar y de un estado de ánimo. Lo del espejo es un gran final, aunque el protagonista bien se encarga de juzgar a los que ve állí pagando y termina cayendo en lo mismo. ¿Por qué no asumió la autoría de este libro? Complejo Cocteau...

Erotismo dijo...

estoy con mery... regálanos algo firmado por ti.

Fetish femina dijo...

Me encnató, sólo conocía el cine de Cocteau, pero después este texto me ha embriagado y te voy a hacer caso con el tema del libro ilustrado :D.

No te lo vas a creer, pero en mi nuevo despacho tengo un espejo como el que se describe en el texto... ya puedes imaginar los malos pensamientos que me vienen a la cabeza.

Pierrot dijo...

Madam X:

Excelente texto

"Terminaba por envidiar a aquellos que, al no sufrir por la belleza ni vagamente, saben lo que quieren, perfeccionan un vicio, pagan y lo satisfacen"

¿No es esta frase, lo que mejor describe la fascinación ante el espejo? ¿La idea de pensar que se puede atravesar la proyección del propio deseo?

Saludos desde Lima

Anónimo dijo...

Los "capítulos afortunados" están ahí para alegrarnos la vida.Me parece muy bien disfrutar del amor de "ocasión". Me parece muy bien vivir. Me ha encantado. Un saludo!

Zârck. dijo...

La cosa, como siempre, está en saber si el espejo nos devuelve una imagen o si nosotros somos la imagen que devolvemos a alguien que está detrás del espejo.
Saludos desde el Jardín.

Madame X dijo...

Golfa, pues vete a saber, las Musas son impredecibles... lo mismo se han ido juntas a Capri a hacer submarinismo. Claro, puedes enlazar el blog o lo que tú quieras. Gracias por el interés.

Capri, como el contenido del libro trataba sobre el erotismo homosexual y dado la época en la que fue publicado, prefirió presentarlo como una obra anónima. Era práctica habitual, y lo sigue siendo, publicar obras eróticas bajo pseudónimos o anónimos. Ahí tenemos el caso de Bataille, Apollinaire y tantos otros. A pesar del desmentido, nadie tuvo dudas de que fuese suyo, pero oficialmente se mantenía a salvo. Una obra así podía condenar toda tu carrera...

Mi Musa está de vacaciones, Erotismo... de momento. Pero sé de muy buena tinta que la tuya no.

Huy, Fetish femina... que tentación ese espejo. Disponer de algo así es todo un perverso privilegio. Estoy segura que sabrás cómo disfrutarlo ;-)

Pierrot, veo que estás acostumbrado a la reflexión profunda. La verdad, no sé qué decirte, puede que tengas toda la razón. (Prometo pensar en ello.)

Juanjo, di que sí... y que nos quiten lo bailao. Me encanta que te encante ;-)

Un saludo, Zarck... siempre es un placer tenerte por aquí con esa fragancia fresca que traes de tu jardín.

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