Gigoló

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Mi matrimonio se iba a pique a la velocidad de la luz. Y para no rendirme a la evidencia, decidí aceptar una de sus proposiciones. Un ménage à trois con otro hombre. Entonces, no era una de mis fantasías. De hecho, la idea me violentaba. Demasiada testosterona junta. -De acuerdo,- le dije -con una condición: lo elijo yo. No puso inconvenientes.

Llevaba unas semanas flirteando con un italiano en un chat de mala reputación. Sus piropos y sus propuestas descabelladas, todas eróticas, eran como una inyección de autoestima en vena. Aunque nunca le tomé muy en serio, sobre todo, cuando insistía en venir a verme. Por más que le decía que era imposible, que estaba casada, no se rendía. Nos habíamos intercambiado un par de fotografías. Era atractivo. Fornido, de potente mandíbula, ojos vivos y oscuros, sonrisa ladeada y un corte de pelo impecable. Tan italiano y tan viril, que dudé de la autenticidad de las fotos. Como la situación me parecía tan irreal, no sentí especial pudor al trasladarle la propuesta de mi marido, pues imaginaba un rotundo NO. Me equivocaba. –Faró tutto per conocerti-, fueron sus palabras.

El italiano era un hombre de negocios con asuntos puntuales en Barcelona. Aprovechando uno de esos viajes, se proponía alquilar un coche para atravesar la Península y pasar un fin de semana en el sur, donde vivíamos. Para Marcello no existían obstáculos infranqueables. El plan era el siguiente: citarnos con él en algún lugar público y si yo daba el visto bueno -condición inapelable-, al día siguiente, le invitaríamos a casa para adentrarnos en los misterios del ménage à trois.

Y llegó el día de la cita. Y se dio la puñetera casualidad que mi marido también estaba de viaje de negocios y, por un imprevisto, no regresaba hasta el día después. Pensar en afrontarlo sola era caérseme el mundo encima. Y qué vergüenza tener que decirle sí o no, como en una selección de ganado. Pero hubiera sido una tremenda descortesía aplazarlo, así que me dispuse a ser valiente.

A la hora acordada, me planté en el punto de encuentro. Se retrasaba. Mi nudo en el estómago estaba adquiriendo dimensiones insoportables cuando vi que se acercaba sospechosamente un coche. Era él. Aparcó a unos metros de distancia y se apeó con una sonrisa de oreja a oreja. Para mi asombro, las fotos no le hacían justicia. Era más alto, más apuesto y, también, más maduro. Me acerqué a saludarle, ¡y sorpresa! Sacó del asiento trasero un ramo enorme de rosas rojas. Tan grande, que rayaba la obscenidad. –Per te, amore-. Pronto comprobé que Marcello era así para todo, coqueteaba continuamente con la frontera de lo excesivo. Nuestra conexión fue instantánea. Y aunque mantuve, prudente, la distancia, entre su espacio y el mío, saltaban chispas. Nos fuimos a tomar algo a un bar. No sólo era simpático, sino que estaba atento al más mínimo detalle, como un galán de la vieja escuela. Te abría las puertas, te arrimaba la silla, se levantaba cuando te levantabas para ir al baño, y te volvía a acercar la silla cuando regresabas. Y halago va y halago viene, con la naturalidad del mejor actor italiano. Me resultó tan fácil contarle el plan previsto. Y en mitad de la conversación, sonó el teléfono. Mi marido. Me comunicaba que no vendría, que iba a pasar el fin de semana en no sé donde. -¿Pero qué me estás diciendo? ¡No me puedes hacer esto; he hecho venir a un señor desde Italia! ¿Con quién coño estás?- Silencio. No me lo podía creer -qué bochorno-, me había dejado colgada. Se lo expliqué a Marcello al borde de una explosión de lágrimas. Me sentí tan traicionada.

Una vez más, mi italiano me sorprendió. Hizo gala de una sensibilidad poco habitual en los hombres, y no mostró ni atisbo de satisfacción por la ausencia de mi marido. Me consoló, me animó, me hizo ver lo maravillosa que era. Y que nada de lágrimas. Nos daríamos un bonito paseo por el malecón, después, una cena, unas copas y lo que yo quisiera. Que había venido a conocerme y que sólo por eso le merecía la pena el viaje. Qué el ménage à trois le importaba un bledo, que no me preocupara, que no quería nada de mí, salvo mi compañía y mi sonrisa. Aunque costaba creérselas, eran justo las palabras que necesitaba.

Tenía que dejar el equipaje en su hotel y darse una ducha, y le acompañé. Mientras esperaba, me dediqué a pasear inquieta por su habitación. Sentarme hubiera sido una señal de relax que no le quería transmitir, no fuera a imaginar mi disponibilidad. Por fin salió del cuarto de baño y -el muy canalla- lo hizo con una toalla en la cintura, luciendo un magnífico torso desnudo y su mejor sonrisa. Y, como era de esperar, todos los planes se fueron a hacer puñetas. Debí tardar segundo y medio en caer en sus brazos. Sobre la cama, nos revolcamos con el pensamiento en blanco. Sin permisos, sin explicaciones. Puro fuego. Nunca me habían follado así. Con esa dedicación, con esa pasión medida y con ese saber exactamente dónde se escondían mis puntos más erógenos. Y fueron uno, dos y tres, con sus estupendos interludios de cigarrillo, ternura y risas. Porque encima me hacía reír. Y no me creí ni una sola de sus palabras de amor, pero encajaban tan bien en la escena que no me importó que fueran mentira. Exhaustos y hambrientos, decidimos salir a cenar.

Encontramos un restaurante a pie de playa desde cuyo cenador podíamos oír el suave rugir de las olas y, aunque sencillo, resultó de lo más romántico. Y -no sé si por culpa del vino o por la brisa cargada de mar- me hizo una confidencia asombrosa: había sido gigoló. -¿Gigoló? ¿En serio?- Sí, gigoló. Había oído bien. ¡Claro!, todo encajaba. ¿Quién mejor que un gigoló para atender a una mujer con tanto acierto? Lejos de cualquier reprobación, lo percibí como un hecho extraordinario. Como extraordinario fue el fin de semana que pasamos juntos. Me trató como una verdadera emperatriz.

Cuando nos despedimos, pensé que no volvería a verle. Al fin y al cabo, era un conquistador. Había venido, había vencido y se iba triunfante. Pero Marcello nunca ha dejado de sorprenderme. A lo largo de estos nueve años ha regresado siempre que le ha sido posible, a veces, conduciendo toda la noche para estar juntos unas pocas horas. Es un hombre aferrado a los placeres de la dolce vita. Fumamos, bebemos, comemos, reímos y follamos como si fuéramos a morir mañana. Y debo decir que no permite siquiera que le invite a un miserable café. Jamás olvida mi cumpleaños. Y nunca me han faltado sus rosas por San Valentín. Y es que Marcello es un auténtico profesional.

18 comentarios:

alexia {All} dijo...

Me ha encantado leerte, me ha resultado una exquisita mezcla de sensaciones todas ellas placenteras.

Besitos.

Fujur dijo...

Unas letras de lo más sensuales y bien escritas. Te felicito ;-) besos!!!

Dantonmaltes dijo...

Qué historia más bonita. Parece un cuento de hados.

Sintagma in Blue dijo...

Ay, el divino Marcello (esa foto es de quitar el hipo!)...

Menalcas dijo...

Sería un buen final si todo esto lo hubiese preparado el marido para hacer feliz a su mujer, pero la historia no es creible, eso ya no existe.

koolauleproso dijo...

¡Qué historia, Madame! La verdad es que los italianos, al menos cuando yo los conocí, hace demasiados años, eran mayoritariamente así, guapos, cameladores, galantes. En mi viaje de estudios del ya demasiado lejano 1986 (Florencia, Pisa, Siena, Roma, Napoles) nos "levantaban" a todas las chicas, y nosotros "a dos velas".
Bonita foto del hombre más guapo de la Historia del Cine, por cierto

Fernando dijo...

el verdadero galán latino...

Anónimo dijo...

largos me pones los dientes y tremendo el deseo que comparte con él por ti

Mery dijo...

Muchacha, Marcello está por encima de ser un profesional, porque a la mujer del relato no le premite pagar ni un café. Marcello adora a su ragazza espagnola.
¡Todo un hombre!

Un bacio

incoscienteconciencia dijo...

Es lamentable lo infravalorada que en ocasiones está la profesionalidad. Me alegro que no sea el caso, madame.

Marqués de Zas dijo...

Es de suponer, que con esa forma de comportamiento de tu marido, el matrimonio se haya hundido definitivamente. Como se puede ser, tan poco delicado, tan poco atento... tan deleznable.

¿Por cierto Madame, no tendrás inconveniente pasarme el teléfono de Marcello?

pe-jota dijo...

Marcello !!!!, como decía Sofía.

AkuarAkrata dijo...

Cómo eres de sensual y emotiva mi querida Madame .... :)

lagioconda dijo...

Es muy placentero leer algo tan sensual, tan palpable...uff, sí, quién pudiese palpar...algo así ;)

Anónimo dijo...

Buenas a todos, es con la autorisacion de MadameX que me permito presentarme y agradecerla para lo tan especial que ha escrito, sobre esta breve pero intensa historia absolutamente verdadera y vivida con ardiente pasion que por cierto se quedarà para siempre indelebile dentro de mi mente, mi corazon y mi cromosomas.
Lo mas bonito que existe en la vida es la complicidad, la cual te permite llegar mas alla de la fantacias...
Pido desculpa a los bloggers si mi espanol tiene fallas, espero ni modo se entienda.
Gracias de existir MadameX
P.S. en el dia de hoy ententare iscribirme a este blog, con el permiso de todo, por supuesto.

MARCELO un amigo Italiano

pasiondegitano dijo...

Ya me registre espero aya hecho la maniovras coreta... un saludo a todos y que desfruten...
Marcelo

escorts madrid dijo...

Ya lo decía Alejandro Dumas; El matrimonio es una carga tan pesada que para llevarla hace falta ser dos, y a menudo tres.

Anónimo dijo...

existen estos hombres todavia, conoci uno hace 5 años y aunque crei q era solo de una noche siempre vuelve de cualquiera de sus viajes para hacerme reir, brindar y follar como si fuera el ultimo de los dias