Dry Martini, mi cóctel favorito

.

Fotografía de Narcis Virgiliu 
El Dry Martini es uno de los cócteles más célebres por sus míticos adeptos. Curiosamente, la mayoría, hombres, aunque hay alguna excepción, como Ava Gardner. Sinatra, Churchil, Bogart, famosísimo el Dry Martini de Luis Buñuel -cuya receta se puede hallar por doquier y que luego comentaré-, Hemingway y el british-macho-man por excelencia, Bond, James Bond. Aunque éste se atrevía a pervertir la receta clásica y, en vez de con ginebra, lo pedía con vodka y encima agitado y no mezclado. Licencia de quien es capaz de tirarse en paracaídas sin arrugar el smoking.

Midas (Antonio Cillóniz)

.
Si hay huellas de oro por tu cuerpo
eres esclava.
Pero si tienes el tatuaje
del hierro sobre tu piel
tú serás libre
porque nadie
ya vieja enferma y muerta
va a venderte o a enterrarte.


De "Una noche en el caballo de Troya" (1987)
Antonio Cillóniz

En paro...

.


Fotografía de Jeffery Scott
Acaban de darme el finiquito (fue ayer). Era inevitable, lo venía esperando desde hace meses. Mi jefe, un joven empresario, emprendedor y dinámico, me estaba largando un discurso soporífero sobre la crisis mundial y sobre nuestra crisis en particular, sin atreverse a afrontar lo que realmente había venido a decirme desde Madrid. Pobre, estaba pasando un mal trago. No sólo por mí, todo su negocio se ha ido a la mierda. Va a ser pasto de los bancos. Los banqueros sí que no perdonan una. Primero aprietan y luego ahogan sin la más mínima piedad. Y el domingo van a misa, para empezar el lunes la voraz depredación sin atisbo de culpa. Así que, sí, mi jefe me daba penilla. Al final le tuve que echar una mano para que se centrara en el meollo de la cuestión, que era mi despido. Los dos nos sentimos aliviados al afrontarlo. Tengo un mes de sueldo pagado sin pegar un palo al agua, más todo lo demás que me corresponde por ley. Ningún contratiempo ni racaneo en ese sentido. Y buenas palabras y agradecimientos por mi labor.

En cierta manera, es más terapéutico tener un jefe cabrón, afrontas el despido como una auténtica víctima de la vorágine capitalista con todos los atributos de la penitencia, teniendo un sujeto explotador inmediato a quién poner a parir y culpar de todos tus males. La putada es la misma –el paro- pero como que te quedas más desahogada dándole la paliza a familiares y allegados con tu inmolación laboral. Éstos, consolándote y formando coro de plañideras. Y luego está el discurso proletario personalizado que podrías desembuchar en las largas colas del INEM con tus colegas de destino, regodeándote con las maldades del hijodeputa de tu jefe, intercambiando escabrosos detalles y competir por el patrón más canalla. Eso te tiene que dejar como nueva. Pues nada, ni eso, ya nada es lo que era. Esta crisis miserable nos ha igualado a asalariados y a empresarios, me refiero sólo a los menos pudientes, claro. Compartimos el mismo nefasto futuro inmediato y la misma angustiosa incertidumbre de no saber cuándo vamos a recuperar nuestra mediocre normalidad.

En los tiempos que corren, ya no nos queda ni el amargo encanto de maldecir a nuestros jefes cuando te presentan el finiquito. A veces, están peor que tú.

Star, 9 mm

.

Imagen de Ichuruduka

La primavera se había anticipado unos días, poniendo así un broche cálido a un largo y gélido invierno, tan inusual aquí en el sur. Brotaban las primeras flores en naranjos y limoneros, perfumando todo el recorrido del solitario bulevar que se extendía detrás de mi casa. Aquella tarde, la brisa marina había traído el dulce aroma de azahar hasta el mismo rellano de mi puerta como si hubiera querido resarcir nuestra pereza. No habíamos salido a pasear por la avenida como solíamos hacer cuando él venía a visitarme. Ludwig gozaba de unos días de permiso. Acababa de regresar de unas maniobras en el extranjero. Llevaba observándole todo el día. Estaba tan cariñoso y cortés como siempre, pero más silencioso de lo que era habitual en él. Achacaba su parquedad a alguna cavilación relacionada con la misión que venía de cumplir. No le pregunté nada, pues de sobra sabía que en asuntos de trabajo era mudo como una pared de hormigón armado. Su uniforme y su rango no le permitían tener el más mínimo desliz. Una veladura sombría en su mirada me tenía sumida en un confuso estado de inquietud. Le había sorprendido, en varios ocasiones, contemplándome de un modo desconocido.