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La devoción de Aarón

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Fotografía de Geoff Cordner

Aarón era tímido y apocado. De inteligencia mediocre. Ni guapo ni feo. Un bonito cuerpo y un pene de esos que muchos hombres desearían admirar delante del espejo. Porque son los hombres los que se deslumbran o se deprimen con sus propios apéndices. Sin embargo, Aarón no se admiraba. Él y su polla habían vivido en el más triste ostracismo. Cuando yo le conocí, entre noviazgo y matrimonio, llevaba veinte años a merced de una mujer cruel. Iniciaba entonces un proceso de divorcio en el que iba a ser –se veía venir- el claro perdedor. Me sobrecogió el relato de su experiencia conyugal. En todos esos años, su mujer jamás le permitió una penetración. De hecho, la misma noche de bodas le mandó trasladarse a la habitación de invitados, de donde no se volvería a mudar. Alguna vez, ella le dejaba besar sus pies al tiempo que se restregaba contra el suelo como una sabandija hasta derramarse sobre las baldosas. Para Aarón eran momento de jubiloso fervor. Para ella, una concesión fastidiosa.

Desayuno con sirvienta

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Fotografía de Ellen Von Unwerth

Me gusta pisar firme cuando estoy llegando a la suite del hotel. No siempre es el mismo hotel, pero siempre es la mejor habitación disponible. Él cuida esos detalles. Sé que oye el repicar de mis tacones y eso aumenta su desazón. Un breve golpe de nudillos y me abre la puerta. Sus ojos negros me dicen que quiere besarme con la pasión de una larga ausencia. No podemos vernos todo lo que quisiéramos. Es un hombre casado y es más esclavo de su trabajo que mío, mal que me pese. Sabe que no puede abalanzarse sobre mis labios hasta que no le de el consentimiento. Alguna vez se la ha jugado y entonces no he tenido más remedio que cruzarle la cara sin ninguna misericordia. En su mundo exterior, es un hombre acostumbrado a mandar. Una vacilación por mi parte, y a la mierda nuestro pequeño imperio de los sentidos. En nuestro reino íntimo y secreto, yo soy la soberana absoluta y él, mi siervo. Hubo un tiempo en el que quería arrebatarme el cetro. Finalmente, se rindió. Bajo mi yugo es mucho más feliz.

Código de barras

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Fotografía de Katarzyna Widmanska (modificada)

Una apacible tarde de julio. Omega me contemplaba interrogante desde su sillón mientras apuraba con parsimonia una pipa.

-¿Estás segura?- me preguntó, con sus ojos negros clavados en mis pupilas.
-Que sí. Estoy muy segura ¿Cuántas veces me lo vas a preguntar?

Star, 9 mm

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Imagen de Ichuruduka

La primavera se había anticipado unos días, poniendo así un broche cálido a un largo y gélido invierno, tan inusual aquí en el sur. Brotaban las primeras flores en naranjos y limoneros, perfumando todo el recorrido del solitario bulevar que se extendía detrás de mi casa. Aquella tarde, la brisa marina había traído el dulce aroma de azahar hasta el mismo rellano de mi puerta como si hubiera querido resarcir nuestra pereza. No habíamos salido a pasear por la avenida como solíamos hacer cuando él venía a visitarme. Ludwig gozaba de unos días de permiso. Acababa de regresar de unas maniobras en el extranjero. Llevaba observándole todo el día. Estaba tan cariñoso y cortés como siempre, pero más silencioso de lo que era habitual en él. Achacaba su parquedad a alguna cavilación relacionada con la misión que venía de cumplir. No le pregunté nada, pues de sobra sabía que en asuntos de trabajo era mudo como una pared de hormigón armado. Su uniforme y su rango no le permitían tener el más mínimo desliz. Una veladura sombría en su mirada me tenía sumida en un confuso estado de inquietud. Le había sorprendido, en varios ocasiones, contemplándome de un modo desconocido.

Carta a un esposo

Pintura de Hélène Berton
He perdido la cuenta de las cosechas desde que te fuiste. Y son incontables las noches sombrías de lecho vacío, encogida sobre tu recuerdo. He allanado con mis propios pies el sendero silvestre hasta la bahía de tanto recorrerlo en busca de los navegantes que arribaban, creyendo que en cualquiera de ellos reconocería tu rostro.

Un ciclo tras otro, mis entrañas se han ido ajando a la sombra de tus proezas. De norte a sur, los poetas loan tu astucia. Cantan tus hazañas en tierras de Cíclopes y hechiceras. Ogigia es mi último calvario.

Un día despertarás del sueño de los dioses y regresarás a casa, viejo y cansado. Estoy segura.

Al albor de la noche, he alimentado la hoguera con el telar de mi desdicha. No serán mis dedos, entumecidos de tanto tejer y destejer el sudario de tu padre, los que alivien tu reposo de guerrero.

Me voy de Ítaca.

Diálogo entre putas

Pintura: Escuela de Fontainebleau - Gabrielle d'Êstrées y la duquesa de Villars (1584)

Petra: -Al final es siempre la misma historia. ¿Te das cuenta?

Anastasia: -¿Por qué lo dices?

P: -Ellos te animan a que te liberes, que muestres tu verdadera esencia, que te dejes de prejuicios, que te prestes a todo tipo de juegos… Que seas muy puta, como lo definen ellos, aunque los más ñoños no se atrevan a llamarlo así. Y cuando les complaces, te dan la puñalada trapera. Descubres que no te respetan. Te llaman para follar, pero nunca te llaman para ir al cine.

A: -No todos son así.

P: -¿Qué no? Bueno, vale, todos no, sólo la inmensa mayoría. Y los que presumen de progres, los peores. ¿No me digas que no es mucho más rentable hacerte la estrecha, ocultar tu deseo, ir soltando cuerda poco a poco, y, si hace falta, escandalizarte cuando te proponen alguna guarrada, aunque te mueras por probarla…? Por que cómo te noten abiertamente receptiva de entrada -o sea, puta, como dicen ellos-, la has cagado. Te llevan a la cama, eso sí, pero ahí te quedas, ya no les interesarás para otra cosa que no sea eso. Nos ha costado sudor y lágrimas rebelarnos: quebrantamos primero las leyes de los padres, después la del matrimonio. El precio para muchas de nosotras ha sido sacar a nuestros hijos adelante más solas que la una, mendigando la porquería de manutención que el papito paga con retraso por ellos, por que nunca llegas decentemente a fin de mes. Y ahora que los niños han crecido y que ya no te necesitan tanto, y que puedes, por fin, explorar tus deseos, que empiezas a tener tiempo para ti misma, que quieres redescubrir en los hombres al amigo, al compañero, empiezas a pensar que tenían razón nuestras madres y abuelas con esos consejos que te sublevaban. Nos lo advirtieron, nos advirtieron que no nos fiáramos de ellos, que, si les hacías demasiadas concesiones, no te respetarían.

A: -No puedo creer lo que dices. ¿Te has olvidado lo que nos costó abatir nuestros pudores, el inmenso sentimiento de culpa que tuvimos que vencer, las discusiones y los disgustos que hemos aguantado por reivindicarnos libres y libertinas, con deseos propios? Y aquella vez que nos declaramos putas en ese foro de reaccionarios, ¿te acuerdas? Lucimos dignas el estigma de la mujer libre, de la hembra sexualmente autónoma, de la hereje, de la subversiva, de la puta. Resplandecíamos de orgullo. No podemos echar todo eso por la borda. Ya sabíamos que a ellos les acojonaría, que nada volvería a ser igual. Pero mira lo que hemos ganado.

P: -¿Y qué hemos ganado? Además de agotarnos en la lucha, por que es cansino ir por la vida con la espada en ristre, ¿qué demonios hemos ganado realmente? Vale, gozamos como nunca. Nos masturbamos sin complejos. Follamos más y mejor que a los veinte años. Somos capaces de verbalizar nuestras fantasías ¿Y qué? La vida no es sólo sexo. ¿Cuánto hace que no te acarician sin otra pretensión que esa? ¿Cuánto hace que un hombre no te mira amorosamente sin esperar algo a cambio? A ver, ¡dime!

A: -No me lo preguntes, por que no me acuerdo. Sabes muy bien que el sexo es sólo lo más visible del proceso, la punta del iceberg. ¿No será que lo que en realidad quieres es una pareja?

P: -Pues claro que quiero una pareja. Quiero un compañero con quién compartir los sinsabores y las alegrías del día. Alguien que me abrace cuando tenga ganas de llorar. Alguien con quien ver el último estreno de la cartelera y comentar después la peli tomando un café en el bar de la esquina. Alguien con quien irme a Estambul o a Torrevieja, qué sé yo. Alguien que me diga: “qué bien te queda esa falda, nena”. Joder, quiero alguien que me aprecie y se emocione conmigo, no sólo con mi coño. ¿Es que tiene algo de malo desear eso?

A: -No, claro que no tiene nada de malo. ¿Pero sabes dónde está el error?

P: -¿Dónde?

A: -El error está en querer complacerles para que nos quieran o nos aprecien. Pero, sobre todo, el error está en temer su juicio, en seguir creyendo que es importante lo que piensen de nosotras, en dejar que nos sentencien y nos condenen. El día que los hombres descubran que nos importa un carajo que nos acusen de zorras o de estrechas o de lo que sea, ese día habremos ganado la primera batalla, por que nos habremos concedido la dignidad de ser como realmente deseamos ser. Nosotras, no ellos.

Petra, si un hombre no es capaz de quererte y respetarte tal como eres, entonces, ese tío no merece la pena.

P: -¿Quieres decir que para ser cómo queremos ser, vamos a tener que seguir solas?

A: -Es posible.

P: -¡Pues vaya mierda de liberación!

A: -¿Y qué esperabas? ¿Guirnaldas de flores y vítores? Les estamos jodiendo la exclusiva.

La primera vez...

Fotografía de John Dietrich
Pronto se cumplirán siete años desde la primera vez que blandí una fusta y la usé sobre una carne entregada. Tenía entonces treinta y tantos.

En aquella época, llevaba más de un año merodeando por un salón de chat de temática sadomaso. Aún lo recuerdo bien. Era un lugar amable y fascinante. Anónimos visitantes pululaban por ahí con alias cargados de extraña simbología. Tardé un tiempo en comprender su significado, en distinguir quienes eran dominantes y quienes sumisos. Otros, deambulábamos por ese curioso reducto cibernético como meros fisgones. O eso creíamos. Lo cierto es que llevaba tiempo atrapada en aquel enigmático mundo de bizarras pasiones. Entre tanto, me había dedicado a deglutir cuanta información era capaz de encontrar. Charlaba con unas y con otros, investigando, como quien busca la clave de un misterio vital. Comenzaba a necesitar respuestas a mis propias pulsiones.


Un Ocaso en escala de grises (Parte II)

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Tras el cristal, la lluvia incesante enturbiaba el atardecer con su gris plomizo. Gris como sus ojos secos. Los tiempos de las plañideras se habían perdido entre los plateados troncos de los álamos.

Los quejidos ahogados de su perro empezaban a enervarla. Miró el reloj sobre la mesa, junto a la ventana, y pensó que, tal vez, había pasado el tiempo suficiente.

-Bien, - murmuró- veamos qué le pasa ahora a mi sucio animal.-

María se dirigió al dormitorio, al otro extremo de la casa, haciendo resonar en el trayecto sus altísimos tacones muy a propósito. Espléndida, como una decadente diva en su último acto, meneo el trasero por el pasillo, embutido en un indecente vestido de vinilo negro. Al llegar al cuarto, la visión era encantadora. Su magnífico ejemplar de esclavo lloriqueaba a través de la mordaza de bola como un niño pequeño y desamparado. Atado en el suelo, bocabajo, encogidos los miembros sobre la espalda como un hatillo, la postura y la soledad habían empezado a hacer estragos en su resistencia. La presencia de su diosa pareció tranquilizarle un poco. María no estaba dispuesta a liberarle aún. Encendió un cigarrillo mientras tranquilamente se paseaba a su alrededor, apoyando el zapato, de vez en cuando, sobre sus magulladas nalgas y meneándole para atormentarle más en su inmovilización.

Mientras consumía el pitillo, entre bocanadas lentas y pausadas, oyendo complacida los gimoteos de su perro, pensaba en lo entretenido que había sido adiestrar a su mascota. Las tardes de domingo habían cobrado casi color de vida. Beber el dolor de los labios de su muchacho le había proporcionado un placer especial, casi tan intenso como los orgasmos que le hacía arrancar de sus entrañas, lamiéndola a ritmo de fusta. Pensó por un instante en su maestro, aquel enterrador concienzudo, y en lo mucho que había aprendido de él. Sólo que sus enseñanzas las había aplicado arbitrariamente, extrayendo de su esclavo el dolor y el placer en su esencia, sin teatrales liturgias y sin la disciplina de entrega por capítulos. ¿Qué hubiera hecho ella con un absurdo diario de perro? Aburrirse, sin lugar a dudas.

Apagado el cigarrillo, Maria liberó a su atormentado siervo. Sabía cuan doloroso era ese trance. Desatado y sollozando, le dejó recuperarse en el suelo. Esta vez no quiso aliviarle con masajes. Quería verle retorcerse mientras la sangre recuperaba su flujo. Era tan hermosa esa entrega de dolor. A punto estuvo de conmoverse. Cuando estimó que estaba lo suficientemente repuesto, le ordenó levantarse, que apoyara las manos sobre la cama, separara sus piernas y le ofreciera las nalgas. Él muchacho, sin rechistar, así lo hizo. Su Ama no le había quitado la mordaza, eso significaba que los azotes iban a ser despiadados. A ella le encantaba renovar cada domingo las marcas moradas de sus posaderas.

Nada de lo que esperaba el joven muchacho sucedió. Percibió a su Dueña agacharse entre sus piernas. No podía creer lo que sentía. Encorvó la espalda para asomarse y comprobar con sus propios ojos que sus percepciones eran veraces. Y pudo contemplar, pasmado, como la diosa de sus fervores hundía el rostro entre sus glúteos para devorarle como la más devota de las perras. La lengua mojada y experta de su domadora pronto le hizo desistir de semejante contemplación y comenzó a apreciarlo como un extraordinario regalo. Ni en sus más febriles sueños había imaginado placeres parecidos. Su asaltado ano se transformó en un sumidero de espasmos gozosos que, como crecientes olas, le embestían hasta casi hacerle tambalear. Cuando creyó no poder sostenerse más sobre sus piernas, su adorada devoratriz se desplazó hacia delante, hundiéndose en sus genitales cual demoníaca máquina succionadora. Incrédulo, la contempló de nuevo. Vio su miembro desaparecer una y otra vez en el más lascivo de los paraísos. Y sintió a su impúdica reina más reina que nunca... Arrastrada sobre su polla como la más puta, en cambio, resplandecía en su trono como la más poderosa de las emperatrices. La explosión no se hizo esperar y un interminable torrente blanco anegó el Edén ofrecido por su Señora.

El desconcertado esclavo esperó sin osar cambiar la posición. Ahora le caería encima el peor de los castigos -pensó-. Estaba seguro. María recuperó digna la posición y se acercó al oído de su tembloroso muchacho. Le susurró con voz queda:

- No te muevas de aquí hasta que yo te llame. Y no te quites la mordaza, la vas a necesitar.-

El joven asintió servil. No se movería por nada del mundo. Lo sabía... Sabía que ese Olimpo ofrecido no había sido más que la antesala de un temible infierno. Mientras oía el retumbar de sus tacones alejarse por el pasillo, intentó imaginar cuál podría ser el tormento que le depararía su perversa Señora. Sintió una repentina necesidad de orinar. El miedo se estaba calando en sus huesos. Hasta podía olerlo... Los poros de su piel comenzaban a desprender un efluvio acre. Y, sin embargo, el muy perro estaba teniendo una erección brutal, cercana al dolor.

Después de un eterno silencio, durante el cual, el obediente muchacho, se había atormentado con mil preguntas, un estruendo ensordecedor le sobresaltó y, cómo si tuviera un resorte en el trasero, se irguió de golpe. -¿Qué había sido eso?- Al cabo de unos segundos de titubeo, se arrancó la mordaza y corrió hacia el origen de aquel estrepitoso ruido. Abrió la puerta de la última habitación. Ante sus ojos, el averno recobró cuerpo y nombre. De su garganta brotó el más hondo alarido que suplicio alguno le hubiera podido arrancar...


Llevaba una jornada que hasta al mismísimo Satanás se le hubieran hinchado las pelotas. Navajazos en el barrio de las putas. Dos interrogatorios infructuosos. Un asalto a una joyería, con un muerto y tres heridos. Cuatro menores detenidos por agredir a una vieja. Y la puñetera lluvia que no había cesado en todo el día. A Paco no le gustaban nada los días de lluvia, le ponían de mala leche. Mascullaba su pésimo humor mientras subía las esclareas con sus hombres hasta el cuarto piso del viejo edificio. Pensó que debían derribar estos destartalados inmuebles sin ascensor. Ya no tenía edad para andar subiendo interminables peldaños.

Los municipales en la puerta. Lo que faltaba. A saber dónde habían metido las manazas, que luego las pruebas las tenían que recomponer ellos.

-Agente-, saludó escueto, con cara de pocos amigos.

-Buenas noches, comisario. Pase. Tenemos a un testigo. Pero ha sido incapaz de articular palabra.- le recibió el agente de uniforme azul, abriéndole paso hasta la habitación del fondo. -Me temo que el panorama es dantesco-, trató de advertirle.

Paco se detuvo en el umbral de la habitación. Gustaba hacerse una imagen global del escenario antes de adentrarse en su trabajo. Tenía razón el agente. La escena era escabrosa: el cadáver de una mujer desnuda, sentada rígida sobre una butaca de escritorio, de espaldas a la ventana, la cabeza ligeramente reclinada hacia atrás. Un espeso hilo de sangre recorría su carne desde la comisura de la boca hasta la ingle. El ancho collar de cuero en su cuello, adornado con una gran argolla, no había sido capaz de desviar la trayectoria de la sangre. La lluvia golpeaba infatigable los cristales desde fuera, como si quisiera lavar las salpicaduras de materia sanguinolenta, que había quedado adherida en su cara interior. Las parpadeantes luces de neón, del edificio de enfrente, le daban un matiz violáceo e intermitente a los sesos esparcidos sobre la ventana. El brazo laxo, la mano extendida en la línea de una pistola tirada en el suelo, parecían hablar por si mismos. Pero Paco nunca se fiaba de las apariencias. Después de unos instantes de observación, dio la señal a sus hombres para que se pusieran manos a la obra.

-¿Qué hacemos con el testigo, comisario?- le preguntó uno de los agentes de azul.

-Nosotros nos encargamos. Buenas noches-, espetó Paco con parquedad. Era la señal para que la policía municipal se retirase.

El comisario contempló de nuevo al hombre que, en un rincón, envuelto con una manta, no parecía ni respirar. Estaba más lívido que el cadáver. Debía rondar los veinte y pocos años. Otro guaperas con collar. Pues este se ha llevado un susto de muerte -pensó-. Paco sabía muy bien a qué habían estado jugando. Los collares de perro, junto a otros objetos, eran señales inconfundibles. Aunque la mujer yaciente, por alguna enigmática razón, le tenía desconcertado, no podía dejar de mirarla. Su carne inerte, pincelada en escala de grises, parecía absorberle hacia una extraña comunión.

Mandó avisar a otra patrulla para que se hicieran cargo del testigo. En ese lugar no estaba en condiciones de declarar nada. Empezó a moverse por el escenario. No le había pasado desapercibido un cuaderno abierto sobre el escritorio. Se acercó a él. Leyó la última línea:

-“Termina tu trabajo, mi Señor.”-

Le parecieron curiosas esas palabras para sellar el manuscrito antes de volarse los sesos.

Pilar, una de sus sabuesos más eficientes, no le dio tiempo a releer la frase. Con sus guantes de látex, la pelirroja de “nalgas prietas” –así la apodaban en el grupo de homicidios- estaba recogiendo meticulosamente las posibles pruebas para mandarlas al laboratorio.

Una y otra vez, mientras inspeccionaba el lugar de la escena, aquel cuerpo sin vida le reclamaba como un poderoso imán. Furtivamente posaba sus ojos sobre él, hipnotizado por su sensualidad hierática. El collar ensangrentado transgredía la armonía de líneas de una Venus esculpida en mármol gris. El surco rojo oscuro y viscoso quebraba en dos su silueta rígida, como testimonio mudo de una dualidad que encubría un enigma que turbaba al comisario.

Después de casi cuatro horas de faena, estaban a punto de acabar y Paco preguntó si habían avisado al Juzgado para el levantamiento del cadáver.

-Sí, jefe... No creo que el juez tarde mucho en llegar. Hoy estaba de guardia el veintisiete- le contestó uno de sus hombres.

-No jodas. ¿Le ha tocado al nuevo? ¿Al chulito de provincias? Pues verás tú como nos pone alguna pega -, advirtió Pilar. –Ese cabrón... –

-Cierra ese piquito, Nalgas- la interrumpió el comisario, reprendiéndola con esa lacerante mirada de cínico, tan característica suya. –No quiero problemas con los jueces. Así que si os pone pegas, vosotros a cumplir. ¿Ha quedado claro?.-

-Está bien, jefe- le respondió la pelirroja a regañadientes.

Él tampoco soportaba al nuevo juez que, desde hacía aproximadamente un año, se encargaba del juzgado de instrucción número veintisiete. Ahí ya no tenía nada que hacer, así que se despidió y que se encargaran sus hombres de los trámites. Echó un último vistazo al cadáver. Bella y narcótica mujer –pensó-... Subyugante hasta con el cráneo reventado. El disparo en la boca había recorrido una trayectoria limpia, llevándose por delante, en su salida, parte de la masa encefálica, abriendo un buen boquete en la zona occipital, visible sólo desde atrás.


Eran las tres de la madrugada y no conseguía dormir. La lluvia golpeaba la ventana como aquella noche en que la vio por primera vez. Mientras apuraba las últimas caladas de un cigarrillo, tumbado en la cama, volvió a contemplar su fotografía. La había sustraído de una de las cajas de los enseres que nadie reclamó. Y, sin embargo, sus hermosos ojos grises no le cautivaban tanto como aquellos párpados cerrados y sus pálidos labios manchados de sangre que aún recordaba como si la hubiera visto ayer.

Hacía ocho meses ya que el juzgado número veintisiete había cerrado el caso. El forense refrendó el suicidio en un par de días, apremiado por un juez que tenía demasiada prisa por archivar su muerte. El relato de su sabueso preferido, la pelirroja de nalgas prietas, de cómo un arrogante juez, venido de provincias, manchó su impecable traje con el vómito que no pudo contener al ver el cadáver, le proporcionó la primera pista. Unas iniciales marcadas a hierro candente en unos sublimes glúteos, repletos de finas cicatrices, reposando sobre la mesa de disecciones, y la lectura minuciosa de los manuscritos después, delataron definitivamente al verdugo. Comprendió entonces la última frase de aquel diario: -Termina tu trabajo, mi Señor.- María, así se llamaba su muerta, se las había ingeniado para obligar a su Dueño a rubricar el certificando de su defunción y completar el ciclo que él mismo había iniciado el día que la enterró en vida. Sin duda, una mujer audaz.

Paco carraspeó con la última bocanada de humo. El insomnio le hacía fumar más de la cuenta. Se esforzaría por conciliar el sueño. Mañana le esperaba un día duro, como siempre. Antes de apagar la luz, giró la cabeza hacia la ventana. Le inquietaba esa lluvia inagotable que aporreaba los cristales. Parecía como si quisiera romperlos y anegar los once cuadernos cuidadosamente apilados sobre el escritorio cercano. Finalmente se convenció que el legado de su diosa pálida y gris estaba a salvo. Acomodó un poco el ancho cuero, con las viejas manchas de sangre y la gran argolla, que ceñía su cuello cada noche desde que desapareciera misteriosamente de las dependencias del Instituto Anatómico Forense, antes de apretar el interruptor y hundir la cara en la almohada...
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FIN
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  • Fotografía: Alek Thorm

Un Ocaso en escala de grises (Parte I)

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Atardecía. Sus ojos grises seguían colgados sobre el cristal. Detrás de la ventana, la lluvia no había cesado en toda la tarde, desdibujando las siluetas erguidas de las torres de hormigón que se sucedían impávidas hasta perderse en el horizonte de la urbe. Un ocaso manchado de plomo languidecía entre los nubarrones oscuros del cielo.

María hubiera permanecido ahí otra hora. O toda la noche. No buscaba el paisaje gris para confundir el gris de su mirada en él. Lo mismo podía haber esperado el transcurrir de las horas apoltronada en su butaca, consumiendo el tiempo cigarrillo tras cigarrillo. Hoy no. Desde hacía dos meses, disipaba las tardes de domingo jugando a la dura disciplina de las Amas. Al menos así, su día libre no era sólo una yerma espera a que amaneciera lunes.

A María le gustaban los lunes; eran el inicio de una agotadora semana de trabajo. Limpiaba oficinas. De sol a sol, recorría la cuidad para cumplir con su tarea de multi-empleada de la bayeta. Felizmente, al caer la noche, llegaba tan derrengada a casa, que sólo le quedaban energías para ingerir una cena frugal y caer rendida sobre el lecho. Así amordazaba el tiempo y la memoria.

Los días de profesora de griego en la Facultad quedaban muy lejos. Había enterrado a Homero y a Safo junto a su corazón. El alma está uno condenado a arrastrarlo hasta que se pudre la carne. Hubiera preferido enterrar el alma.

Pronto se cumplirían dos años desde aquel silencioso funeral. Su divorcio fue, durante semanas, el chisme favorito de porterías y despachos de su ciudad. La esposa de un honorable ciudadano de capital de provincias había osado abandonarse a la lujuria y a los depravados gozos del látigo, fuera de la sacrosanta institución del matrimonio. De haber sido legal, muchos la habrían lapidado. Ser esclava y puta espantaba hasta a las minoritarias mentes más progresistas de su comunidad. Que su marido fuese incapaz de proporcionarle un solo orgasmo en los quince años de vida conyugal carecía de la más mínima relevancia. Ni siquiera fue un argumento esgrimido por su defensa en el proceso. Como tampoco lo fue el hecho de que llevaran más de cinco años durmiendo en alcobas separadas. En cambio, el contenido de su diario de esclava fue ampliamente exhibido fuera y dentro del juzgado. No hubo ninguna amonestación para el usurpador de intimidades: su sufriente esposo.

La sentencia de divorcio fue ejemplar. Lo más desgarrador, la inhabilitación para ejercer de madre. Le permitieron encuentros custodiados de dos horas, dos veces al mes. Leer el repudio en la mirada de su niño la hizo desistir de las visitas. Once años ya, pero seguía siendo su niño, su dulce niño. Por nada del mundo habría perturbado aún más ese corazoncito ensombrecido por las mezquindades de su padre. Un día será un hombre y entonces regresará para explicarle.

En su sepelio en vida, el más concienzudo enterrador fue su Amo. El mismo que decía amarla con cada jirón de su carne. Aquel que se regodeaba lamiendo las lágrimas de sus súplicas mientras, atada, la jaleaba a soportar un nivel más de dolor. El que juraba adorarla cuando marcó a hierro sus sobrecogidas nalgas. Él fue quien dejó caer el último puñado de tierra sobre su tumba. Y selló la lápida.

Durante todo el proceso, su Dueño, el hombre al que le había entregado cada uno de los rincones de su cuerpo y la llave de su voluntad, la llamó dos veces. Ella tenía prohibido alterar su vida con llamadas telefónicas. La primera, muy al comienzo, y en respuesta a los desesperados mensajes que Maria, recién descubierto el diario, le mandaba al móvil. Él estaba muy preocupado por saber si su nombre aparecía en el dichoso cuaderno. ¡No¡ Ella le tranquilizó. Sólo se había referido a él en los más estrictos términos protocolarios: mi Señor, mi Dueño, mi Amo... La segunda llamada llegó después de la sentencia de divorcio. Su Amo le explicó cuan imprudente sería citarse cuando todo estaba aún tan reciente. Debía proteger su nombre, su prestigio de magistrado, su familia... que transcurridas unas semanas volvería la normalidad y entonces reclamaría, de nuevo, a su perra. Las instrucciones fueron claras. No debía abandonar la cotidiana disciplina de esclava: los cuidados corporales con el rasurado perfecto, la observancia estricta en el vestuario, tal como él la había instruido, que incluía llevar siempre falda y zapatos de tacón de aguja, hiciera el tiempo que hiciera. Y, por supuesto, nada de tocamientos ni autosatisfacciones. Su placer y su dolor le pertenecían absolutamente. También debía reemprender el hábito de escribir, a diario, en su cuaderno. Debía plasmar todo cuanto acontecía fuera y dentro de su piel. Un resumen de su quehacer y, lo que era más espinoso, exponer cada uno de sus pensamientos por íntimos que fueran o insignificantes que parecieran.

María era una perra voluntariosa. A estas alturas había aprendido a no guardar secretos para su Dueño. Claro que, no siempre fue así. La primera etapa de adiestramiento fue muy dura. Se le antojaban eternos aquellos interrogatorios arrodillada, con las manos en la nuca, frente a su Señor. Durante el primer año presidieron los encuentros, como si de un inamovible ritual se tratara. Él, sentado plácidamente en su sillón, degustando una aromática pipa, ojeaba su diario y le hacía mil preguntas a cerca de lo que había pensado o sentido ante tal o cual circunstancia. Era inútil tratar de zafarse. Su desnudez y el entumecimiento doloroso que provocaba la postura, la iban quebrando a medida que transcurrían los minutos y las preguntas se reiteraban implacables. A cada confesión, podía observar de reojo cómo la mano de su Amo guiaba la estilográfica para estampar en tinta negra la puntuación que merecían sus omisiones en el cuadernillo de castigos. Era un hombre extremadamente meticuloso. Cada infracción de su perra era anotada en la pequeña libreta de tapas azabache: un olvido, una impuntualidad, una inoportuna carrera en las medias, una imperfección en el maquillaje, un rasurado poco cuidado, y, desde luego, un pensamiento no manifiesto en el diario de perra... Todo era debidamente valorado y registrado. Acabada la fase de inspección e interrogatorio, su Amo procedía con el correspondiente castigo, previa lectura del veredicto, que María debía escuchar totalmente desnuda, arrodillada, con las manos a la espalda y mirándole a los ojos. Él se regocijaba especialmente observando cómo el rictus expectante, en el rostro de su esclava, se transformaba en una expresión de temor y hasta de auténtico miedo, a tenor del contenido de la sentencia. Se jactaba de juez estricto pero justo, tanto en su magistratura pública, como en su alcoba. Dónde realmente ostentaba su mayor talento, era en la ejecución de la pena. Si como juez era estricto, como verdugo era inmutablemente riguroso. Jamás una lágrima o una súplica le hizo suavizar y, mucho menos, reducir la condena.

Terminada la etapa más severa de aprendizaje, y debido a los grandes progresos de Maria, los interrogatorios fueron más espaciados. Surgían cuando ella menos los esperaba. A su Amo le encantaba sorprenderla. Poseía una especial habilidad para detectar algún descuido en el diario de su esclava. Aunque las faltas iban siendo más leves, se correspondían con castigos cada vez más severos y prolongados. El agravante por reincidencia era determinante. La progresiva resistencia al dolor de su puta, dolor profusamente empleado durante sus sesiones de dominio y placer, requería, también, de una mayor contundencia en la aplicación de los correctivos.

Aquel otoño transcurrió en relativa paz. Maria se iba habituando a su soledad. Gustaba especialmente de sus largos paseos por la espesa alameda que mediaba entre la Facultad y la zona residencial, donde había alquilado un pequeño apartamento abuhardillado. El ambiente enrarecido que se había creado con sus colegas del departamento de Clásicas, a raíz de su sonado divorcio, lejos de disiparse, se iba acentuando. Algunos, incluso, le habían retirado el saludo. Abandonar cada tarde el recinto universitario y emprender el camino a casa, por la frondosa arboleda de tonos rojos y ocres, se estaba convirtiendo en una apremiante necesidad.

El frío aire de los últimos días de noviembre anticipaba un crudo invierno. La dorada alfombra de hojas caídas silenciaba el delicado sonido metálico que los finos tacones de María solían emitir a su paso por el empedrado. En cambio, ella, cada vez, amortiguaba menos el triste pesar de sus pensamientos. Ahora, en su recorrido diario entre las desnudas siluetas de los árboles, ni siquiera hallaba el amparo de las sombras. Sobre su cabeza nada le impedía la visión del cielo abierto. Sentía como si aquella inmensidad azul quisiera ahogarla contra la tierra.

Efectivamente, el invierno sobrevino riguroso. Hacía años que los lugareños no recordaban temperaturas tan bajas. El intenso frío obligó a María a recluirse más tiempo en su pequeño apartamento con vistas a la ahora nevada alameda. Con frecuencia le sorprendía la medianoche abandonada a la obligada cita con su diario. Más que nunca desnudaba el alma línea a línea, consciente que a través de esos folios tenía lugar la verdadera entrega, el auténtico sometimiento. Escribía siempre con su collar de perra ceñido al cuello, tal como su poseedor deseaba. Pero fue durante esa etapa de soledad cuando más placentera percibió la opresión en su garganta. Le provocaba una constante lubricidad, aún cuando esbozara en su cuaderno pensamientos nebulosos y llenos de frustración.

Un solo sentir le era negado a su Dueño. Ni un solo verbo hacía referencia a su niño. Todo cuanto pensaba y sufría por la desgarradora ausencia de su pequeño, lo musitaba en la soledad del dormitorio, contemplando su retrato sobre la mesilla de noche, lejos del oscuro mundo que rodeaba la escribanía. A veces, en las noches más sombrías, cuando el dolor destrozaba su mente, buscaba consuelo meciendo sobre su pecho la fotografía enmarcada, canturreando la letanía de una nana.

Las nieves se prolongaron hasta la primavera. El verde rebrotar de los álamos y el alborozado trino de los pájaros que parecían acompañar la sonora percusión de los tacones de María en su cotidiano paseo, no le alegraron la mirada. En la Universidad, la atmósfera se hacía cada vez más irrespirable. Ensimismada, el retoñar de la vida a su paso por el parque le era ajeno.

Llegó el verano como un soplo de aire abrasador. Agosto con sus vacaciones fue un alivio. Evitó salir a la calle, salvo para avituallarse. Se le hacía insoportable oír la algarabía de los niños enredando por doquier. Ocupó las calurosas mañanas en la preparación del nuevo curso, que prometía ser arduo. Por las tardes, hasta entrada la noche, se volcaba, desnuda, con el collar al cuello, en su diario. Complacería a su Dueño entregándole hasta los rincones más recónditos de la mente. Desde el invierno se había sumergido en un mundo de perversas fantasías. Conjeturaba gozos inusitados, retorcidos. Sentía una turbia satisfacción desmenuzando cada cavilación sobre los folios en blanco. Imaginar a su Amo ejecutar algunos de los pasajes que describía, la mantenía en un estado de entrega sin carne, pero con la carne en una constante quemazón. Le estaba prohibido el placer y ella se moría por explotar.

Una sofocante medianoche, ante el escritorio, su sudoroso cuerpo no parecía querer obedecerla. Un nimio movimiento sobre la silla amenazaba con hacer estallar el ardor acumulado durante tanto tiempo. Entonces tuvo una idea. Buscó entre los cajones una pinza, abrió las piernas y la cerró sobre su clítoris hinchado. Junto con un aullido ahogado, se le escapó un atronador orgasmo. El intenso dolor, lejos de aplacar el placer, lo catapultó contra sus entrañas, para desparramarlo en mil convulsiones. Después, liberándose de la -de pronto- insoportable pinza y aun temblorosa, contempló lívida el cuaderno. ¿Cómo iba a explicarle algo así a su Dueño? Él no aceptaría justificación ninguna. El castigo sería atroz. Ella sólo pretendía evitarlo. Esa pinza sujetapapeles debía ser la garantía. Esas malditas pinzas negras, en forma de pala, siempre fueron un suplicio brutal sobre sus carnes. Recordaba cómo se estremecía cada vez que las veía expuestas sobre la mesa de castigo, donde su Amo tenía el hábito de alinear los instrumentos que le iban a ser aplicados, con la pulcritud de un cirujano. Él las empleaba indistintamente para las sesiones de dominio o de punición. Durante los correctivos, les añadía las plomadas más pesadas, provocando un sufrimiento desgarrador en los pezones y en la vulva, debiendo amordazarla para no ensordecer con sus gritos. Y, desde luego, una pinza de esas, aplicada en el clítoris, resultaba insufrible, y siempre, siempre anuló el orgasmo.

Maria sabía que todas esas secuencias argumentales no le serían de utilidad para atenuar su culpa. En realidad, no se estaba exasperando ante la perspectiva del castigo. Hubiera dado lo que fuera por padecer, en ese instante, el tormento de su Señor. Ello hubiera significado poder estar a sus pies, estar con él. La angustiaba decepcionarle. Su más ferviente deseo era que él se sintiera orgulloso de su esclava, que la necesitara, que no supiera estar sin ella. Deseaba desesperadamente que la amara.

Tras una noche llena de dudas e insomnio, reunió el valor. A media mañana, aferró el teléfono móvil y marcó el número prohibido.

-¿Diga?- Era su voz.
-Soy yo, mi Señor... - el nudo en la garganta la retuvo.
-Sí, claro. Dígame- el tono de su Amo se tornó hielo. Era evidente que la llamada había sido inoportuna.
-No puedo más, mi Señor... necesito verte-, le contestó simulando serenidad, afanándose por retener el torrente de lágrimas.
-Bien, consultaré eso y mañana le llamo. Buenos días.-
-¿Mi Señor... ?-

La comunicación se había cortado. Ella tardó en reaccionar. Con el móvil aun pegado al oído, se desplomó sobre el escritorio inundándolo con su llanto desconsolado. Ni siquiera sabía porqué lloraba. Al menos, ahora, algo parecía cambiar. Mañana, cuando él llamara, le explicaría su estado. Él sabría comprender. Era su Dueño, la protegería. Ya no podría negarle por más tiempo su servidumbre. Le contaría lo de su orgasmo. Eso haría que, por su incontenible deseo de castigarla, no se demorase mucho el encuentro. Ella sabía la excitación y el placer que le proporcionaba la ejecución de las sentencias, y este castigo sería de los memorables. La falta había sido gravísima. Maria casi sollozaba feliz, imaginando que podría blandir, con su tremenda desobediencia, un arma de seducción irresistible.

Al día siguiente, la espera junto al teléfono móvil fue tan inútil como lo había sido durante estos meses. Al tercer día, decidida a no dejar escapar esta oportunidad como quien se aferra a una endeble rama para no caer al precipicio, María volvió a marcar el número de su Señor. Una voz impersonal de operadora le comunicaba que el usuario había dado de baja el número. Al colgar, un silencio atronador la golpeó de lleno, como si una palada sorda de tierra y piedras cayera sobre la tapa de su ataúd marcando el final de las obras fúnebres. Su enterrador había hecho un trabajo casi perfecto.

Para cuando el otoño volvió a teñir la alameda de rojos y ocres, María había dejado atrás su provinciana existencia de zombi. Emigró a la gran cuidad para olvidar su vida de muerta entre hormigones y asfalto.

  • Fotografía: Craig Morey

  • Pies bonitos


    Odelle de la Marmott: -¿No te gustan mis zapatos? ¿Por qué los miras así?-

    frédéric: -Son muy excitantes. Pero no son mis zapatos.-

    O: -¿Tus zapatos? Esos que llamas “tus zapatos” están desgastados de tanto ponérmelos para ti, y te recuerdo que ni siquiera los encontrabas especialmente distinguidos. Éstos son como los de las fotografías que no te has cansado de mandarme. Son como los que has soñado siempre para postrarte ante ellos…-

    f: -No. Yo soñaba con postrarme ante los que llevo meses adorando en la distancia. He imaginado mil veces su aroma, tu delicada impronta en el cuero. No hay recoveco que no haya lamido en mis noches húmedas y solitarias.-

    O: -Pues tendrás que olvidarte de ellos, no los he traído. Éstos son mucho más apropiados y elegantes.-

    f: -Por favor, dime que sólo es una forma de hacerme sufrir. Una más. Dime que mientes.-

    O: -Te he dicho que no los he traído. ¿Te ha quedado claro?-

    f: -Sí, mi Dueña.-

    O: -¿No quieres ver mis pies?-

    f: -Oh, sí.-

    O: -Entonces, ¡suplícamelo! Suplícamelo como a mí me gusta.-

    f: -Te suplico humildemente, mi Señora, que permitas que este miserable perro y esclavo de mierda pueda contemplar tus divinos pies.-

    O: -¡Míralos!-

    f: -Dios mío, son preciosos… ¿Pero por qué me has hecho creer que no lo eran?-

    O: -Quería que los desearas por ser míos y no por ser bonitos.-

    f: -Porque los creía tuyos me moría de deseo al evocarlos día tras día. Y me he vuelto loco reconstruyéndolos con la devoción de mis labios vacíos. Adoraba tu pudor. Creer que no eran bonitos me hacía más tuyo.-

    O: -Nunca te dije que fueran feos.-

    f: -No me lo dijiste, no, pero cuando te interrogaba sobre ellos te mostrabas esquiva. Nunca me los describías. No contestabas a mis preguntas. Parecías ruborizarte. No hacía falta que lo dijeras. Era la única respuesta lógica a la que podía llegar.-

    O: -¿Y quién te dijo que las respuestas debían ser lógicas? ¡Contémplalos bien! Vas a arrastrar tus besos por donde piso.-

    f: -No, Señora. No me gustan. No son los pies que yo amo.-

    ... X

    Una respuesta serena

    ,
    Fotografía de Guy Lemaire
    
    Madrugada cálida de otoño. En su casa de playa.

    Siempre que podía, Omega venía a mi encuentro y me llevaba unos días a su casa junto al mar. La sensación era de un rapto transitorio. Un rapto reparador y oscuro. Una catarsis. Sabía hacer magia. Dosificaba de tal manera el placer que cuando le llegaba el turno al dolor, éste terminaba por diluirse hasta casi desaparecer en las espesas brumas del goce húmedo e indescriptible.

    Omega cuidaba todos los detalles. Las luces tenues. Los fondos negros sobre los que destacar la carne y cada una de sus expresiones. Imágenes, sin sonido, de cuerpos embutidos en látex, revolcándose, en el televisor. Rock gótico y tenebroso en estéreo. Era un esteta pulcro y exigente. Un vampiro. De día, un señor maduro y elegante, de traje impecable, corbata de seda y pelo engominado. Al caer el sol, emergía el monstruo. Una criatura que se alimentaba de flujos vaginales, arrancados a golpe de orgasmos, de dolor y de sangre. Su apetito parecía no tener fin. No era su mirada lo que daba miedo, sino tu propio reflejo en sus pupilas. Un espejo capaz de precipitarte en una ciénaga profunda e innombrable. Por eso yo, me dejaba caer en sus brazos con los párpados cerrados. No quería verme en sus ojos. No quería saber de mí.

    Aquel día, nos habíamos abandonado sobre la mullida alfombra, recubierta de raso negro, desde el ocaso hasta bien entrada la madrugada. Como era habitual, una sesión de sexo y pasiones prohibidas, larga y extenuante. Omega, siempre tan atento, había preparado un té con ese familiar aroma de vainilla que me retrotraía a la primera vez. Desde entonces, habían pasado algunos años, en el transcurso de los cuales se había solidificado una buena amistad.

    Y ahí estábamos, recuperándonos de nuestro intenso viaje al mundo de los sentidos, degustando el humeante té y conversando. Cada uno en un sofá, distantes y tan próximos a la vez. Él fumando parsimonioso su pipa y yo aspirando el humo de un ansiado cigarrillo. Hablábamos sobre sus amantes-perras, sus nuevas conquistas, mis amantes-perros, mis logros en la dominación. Amordazábamos los celos como dos seres civilizados. Esbozábamos proyectos comunes en los que no terminábamos de ponernos de acuerdo. Hablábamos de arte: pintura, nuevas exposiciones, nuestros fotógrafos preferidos, me recomendaba películas, compartíamos nuestra voracidad voyeur… Entre medias, le pregunté por mis progresos en el dolor. Y entonces él me miró con esa media sonrisa de maestro extremadamente paciente y me repitió una vez más que no acababa de abandonarme, que sí, que en todo este tiempo había mejorado, y que sería más feliz si me decidiera de una vez por todas. Siempre exquisito, no mencionó mi cobardía, no hizo odiosas comparaciones. No era necesario. En parte, conocía las proezas de sus amantes-perras y, en parte, las intuía. Mis migajas no eran comparables con las ofrendas de las más perras de entre sus amantes. Bien que lo sabía. A mi favor, una constatación irrefutable: nuestra tremenda química sexual, capaz de ensombrecer algunas de las entregas más abyectas. Pero, esa madrugada, insatisfecha con sus respuestas, quise hurgar más allá de la frontera e insistí con una pregunta:

    -A ver, dime algo que me humillaría. Que me humillaría de verdad.-

    Se giró hacia mí y con una perversa serenidad me respondió:

    -Cagarte en la boca.-

    Zapatos de tacón de aguja


    El escenario no podía ser más adecuado. Un antiguo convento reconvertido en exquisito hotel. Con un poco de imaginación, no era difícil figurarse a las antiguas moradoras arrastrar los rebordes de sus hábitos por el cuidado empedrado del claustro renacentista. Meditabundas y silentes.

    Ahí, donde antaño reinaba el recogimiento y la oración, el juramento de castidad autoimpuesto a golpe de disciplina, -precisamente ahí- tuvo lugar uno de los actos más osados que había ideado hasta ese momento. Contaba, claro está, con mi amante y cómplice. Podría caer en la tentación de referirme a él como a mi sumiso, pero en verdad nunca lo ha sido, más allá del tiempo que duran los juegos de alcoba. Y no siempre. Alguna vez se imponía a fuerza de besos apasionados y de músculo. De tanto en tanto, necesitaba demostrarme que sabía cómo arrebatarme las riendas.

    El entierro de la niña sucia


    Tarde tediosa de abril. La niña decidió ensayar con la guitarra bajo la atenta mirada de la criada. Lograr acompasar la melodía de un estribillo con una cadencia reconocible, era una ardua tarea. No estaba dotada para la música. Ni siquiera un poquito. En cambio, poseía grandes aptitudes para las Artes plásticas, especialmente la pintura, y para fabular historias. Inventaba personajes y los interpretaba hasta consecuencias insospechadas. Era capaz de hacer que un hombre adulto perdiera la cabeza. Sin duda, un talento innato.

    La criada cosía en silencio, con una mueca de desagrado. La niña lo había percibido perfectamente. A pesar de ello, seguía rascando las cuerdas del instrumento con un tesón irreductible. Digno de elogio, si el resultado hubiera sido de un mínimo logro musical. Nada. Era inútil.

    De pronto, la criada estalló en una retahíla de reproches. Le recordó el luto. Le echó en cara su irreverente actitud, ahí, tocando alegremente la guitarra, mientras la madre estaba en España enterrando al abuelo. Pero España quedaba demasiado lejos como para impregnar la habitación de la niña con una atmósfera funeraria. Así que siguió en su empeño, impasible como un muro de hormigón, hasta lograr que la criada, con trágico aspaviento, abandonara la estancia y la dejara sola.

    Ahora que había cogido un poco el ritmo, no pensaba dejar la guitarra. Prefería el dolor en la yema de sus dedos a la agonía de todas las preguntas golpeando su mente como martillos cayendo del cielo.

    ¿Quién la susurrará al oído: "mi pequeña princesa"? ¿Quién bajará sus bragas para hurgar en las flores prohibidas? ¿Quién la azotará sobre las rodillas por ser tan sucia?

    Posiblemente, esa misma noche decidió enterrar todas las preguntas con el Dueño de las respuestas. El Abuelo. La niña sucia debía ser sepultada con él, para que nunca nadie supiera de ella. Ni siquiera ella misma.

    Tenía 12 años cuando inventó un mecanismo más eficaz que la pala de cualquier avezado sepulturero. Un clic en el interruptor de su cerebro y la niña sucia desaparecía, como por arte de magia, en las profundidades del olvido.
    ... X
    • Fotografía: Hans Bellmer (Poupée)