Mostrando entradas con la etiqueta ● A golpe de confidencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ● A golpe de confidencias. Mostrar todas las entradas

La verdad tiene nombre de tragedia griega

 

Hay hombres que sólo te creen cuando dices la verdad con voz de Irene Papas declamando una tragedia de su pueblo. Tal vez por eso las tragedias griegas las escribieron los hombres. Para honrar la verdad con el quebranto de todas las Electras. 

Dolor clandestino

 
Fotografía: Curran Clark (Heels)
 
Mi querido P:

Ni siquiera ahora que ya no estás puedo gritar tu nombre. Dejas viuda e hijos y una identidad prestigiosa en el sur. Añadiría más dolor al duelo de los tuyos si se conociera que fuimos amantes –palabra tan denostada por los hipócritas, con esa carga de amor ilícito, y palabra que yo adoro, ¿pues qué puede haber más lícito que el amor libre?-  a lo largo de todos estos años. E imagínate qué escándalo si supieran cuántas veces te has arrastrado a mis pies como una puta abyecta o un perro sumiso. A veces, he sido yo la que se ha calzado la piel de un animal obediente, aunque ese juego no nos salía muy bien. Te costó cederme las riendas y rendirte a la evidencia de tus deseos más oscuros. Fue el nuestro un duelo emocionante e intenso y al final todo encajó como un guante cuando me senté en el trono y me ofreciste caballerosamente el cetro. No hubo derrota. Cada gemido de placer nos unía en la misma victoria. Juegos perversos –sexo creativo y sofisticado lo llamaba yo para tu tranquilidad-, que tanto nos divertía rememorar frente a una copa de vino o de cóctel Dry Martini. Por no desanimarte y porque lo compensabas con tu devoción, nunca te dije que me los preparabas con cierta torpeza.

Gigoló

.


 
Mi matrimonio se iba a pique a la velocidad de la luz. Y para no rendirme a la evidencia, decidí aceptar una de sus proposiciones. Un ménage à trois con otro hombre. Entonces, no era una de mis fantasías. De hecho, la idea me violentaba. Demasiada testosterona junta. -De acuerdo,- le dije -con una condición: lo elijo yo. No puso inconvenientes.

Mis gatos

.


Mis gatos: él, rubio... ella, con la máscara negra.

Amanece en el sur. Otra noche sin apenas pegar ojo. Estoy angustiada y triste. Mi gato lleva cinco días y 6 noches sin volver a casa. Nunca se había ausentado tanto tiempo, a lo sumo ha estado fuera 2 días, y empiezo a temer lo peor. No hago más que salir al jardín a silbarle. Conoce bien esa señal, pues es la llamada a comer. Los gatos aprenden rápido ese tipo de cosas. Aunque, con los perros, todo es más simple, les llamas por su nombre y acuden raudos, sea para lo que sea. He recorrido silbando las urbanizaciones adyacentes y recorrido las calles cercanas, hasta he mirado en las cunetas. Y nada.

Mis primeras medias de seda

.

Fotografía de Horst P. Horst

Mis primeras medias de seda, en realidad, ni eran de seda natural ni eran medias, sino unos finísimos pantys negros con brillo cristal, de puntera y talón invisibles, de Dior. Cuando tienes 19 años y tu madre te compra las primeras medias de lujo para acudir a tu primera fiesta de Año Nuevo, esa prenda se convierte en el pasaporte a la sofisticación de la mujer adulta que tanto has observado en el cine.

Tosca

.

Fotografía de Doris Kloster

Una noche de luna nueva y soledad, me adentré en un chat. Deseaba un rato de buena conversación. Siempre he pensado que la elección del nick te proporciona la primera criba cuando eres tú la que esperas que te elijan. Si te pones uno del tipo “alegre_conejita”, por ejemplo, ya sabes de antemano los privados que te van a llover y de qué calibre. Y yo buscaba una charla sensible y culta. Esa noche, sí. Tras un buen rato repasando mentalmente la lista de damas históricas y literarias, me pareció encontrar el alias idóneo para atraer al conversador deseado: Tosca.

Tosca es una de mis óperas preferidas, no sólo porque me encanta Puccini, sino porque las arias y la historia misma son de una fuerza arrebatada. Amor, celos, traición, lujuria y muerte. Una tragedia en toda su salsa. Y Tosca tan melodramática, perfecta para una noche de melancolía. Definitivamente, Tosca.

Recuerdo que no recibí demasiados privados. No me extrañó, la opera no es muy popular que se diga. En España, menos. De las invitaciones descarté aquellas que empezaban por “ola chata” o alguna grosería inclasificable y contesté a un “buenas noches, ¿te apetece charlar?” Me dio buena espina la corrección ortográfica. Adentrados en las presentaciones y las pertinentes preguntas, me resultó muy grato que no solicitara mi talla de sujetador. Oh, sí, cualquier mujer que haya chateado sabe muy bien la cantidad de veces que acaba cayéndote esa pregunta. Es de las más frecuentes. Esa, y si estás casada. No falla. Como se te ocurra decir que estás soltera, salen huyendo como demonios, los muy cobardes. No todos, claro está. De tanto en tanto, hay algún cándido que busca novia. O algún canalla que dice buscarla.

La conversación iba bien, no era para tirar cohetes, pero bien. Y en un momento dado, el hombre empezó a desfasar. Su cortesía inicial fue transformándose en un tono ramplón. Y a la incipiente vulgaridad le sucedió una sarta de frases soeces y zafias. No me lo podía creer, sobre todo porque yo no le había dado pie a semejante actitud. Y parecía tan educado. Estuve tentada de no contestarle siquiera y largarme de ahí. Pero no me lo llevó el cuerpo y como una fiera le puse firme. ¡Qué se había creído este cerdo! Y el señor reaccionó de una forma inesperada. Muy arrepentido, no dejaba de pedir perdón.

-¿Pero cómo te atreves a hablarme así?
- Lo siento muchísimo, te pido nuevamente disculpas. Creí que era eso lo que buscabas.
-¿Cómo dices?
- Sí, pensé que te gustaba que te tratara así.
- ¿Qué a mí me gustaba? ¿Y cómo demonios has sacado esa conclusión?
- Por tu nick.


María Callas - "Vissi d'arte" (Tosca)

Experiencia surrealista en un hospital



.
Fotografía de Darren Holmes

En agosto me hice un corte en el dedo meñique, tratando de salvar una copa de vino, con tan mala suerte que me seccioné los tendones. La consecuencia fue una intervención quirúrgica.

Dry Martini, mi cóctel favorito

.

Fotografía de Narcis Virgiliu 
El Dry Martini es uno de los cócteles más célebres por sus míticos adeptos. Curiosamente, la mayoría, hombres, aunque hay alguna excepción, como Ava Gardner. Sinatra, Churchil, Bogart, famosísimo el Dry Martini de Luis Buñuel -cuya receta se puede hallar por doquier y que luego comentaré-, Hemingway y el british-macho-man por excelencia, Bond, James Bond. Aunque éste se atrevía a pervertir la receta clásica y, en vez de con ginebra, lo pedía con vodka y encima agitado y no mezclado. Licencia de quien es capaz de tirarse en paracaídas sin arrugar el smoking.

En paro...

.


Fotografía de Jeffery Scott
Acaban de darme el finiquito (fue ayer). Era inevitable, lo venía esperando desde hace meses. Mi jefe, un joven empresario, emprendedor y dinámico, me estaba largando un discurso soporífero sobre la crisis mundial y sobre nuestra crisis en particular, sin atreverse a afrontar lo que realmente había venido a decirme desde Madrid. Pobre, estaba pasando un mal trago. No sólo por mí, todo su negocio se ha ido a la mierda. Va a ser pasto de los bancos. Los banqueros sí que no perdonan una. Primero aprietan y luego ahogan sin la más mínima piedad. Y el domingo van a misa, para empezar el lunes la voraz depredación sin atisbo de culpa. Así que, sí, mi jefe me daba penilla. Al final le tuve que echar una mano para que se centrara en el meollo de la cuestión, que era mi despido. Los dos nos sentimos aliviados al afrontarlo. Tengo un mes de sueldo pagado sin pegar un palo al agua, más todo lo demás que me corresponde por ley. Ningún contratiempo ni racaneo en ese sentido. Y buenas palabras y agradecimientos por mi labor.

En cierta manera, es más terapéutico tener un jefe cabrón, afrontas el despido como una auténtica víctima de la vorágine capitalista con todos los atributos de la penitencia, teniendo un sujeto explotador inmediato a quién poner a parir y culpar de todos tus males. La putada es la misma –el paro- pero como que te quedas más desahogada dándole la paliza a familiares y allegados con tu inmolación laboral. Éstos, consolándote y formando coro de plañideras. Y luego está el discurso proletario personalizado que podrías desembuchar en las largas colas del INEM con tus colegas de destino, regodeándote con las maldades del hijodeputa de tu jefe, intercambiando escabrosos detalles y competir por el patrón más canalla. Eso te tiene que dejar como nueva. Pues nada, ni eso, ya nada es lo que era. Esta crisis miserable nos ha igualado a asalariados y a empresarios, me refiero sólo a los menos pudientes, claro. Compartimos el mismo nefasto futuro inmediato y la misma angustiosa incertidumbre de no saber cuándo vamos a recuperar nuestra mediocre normalidad.

En los tiempos que corren, ya no nos queda ni el amargo encanto de maldecir a nuestros jefes cuando te presentan el finiquito. A veces, están peor que tú.

El Rey y yo

.



Os contaré una historia que guardo profundamente en mi corazón.

Tengo un gran conflicto. Detesto los Zoológicos y, a la vez, no puedo resistirme a ellos. Mi madre, sin ir más lejos, me acusa de sentir más preocupación y ternura por los animales que por los humanos. Yo creo que no es verdad. Lo que sí siento es que, en situaciones de crisis, los animales sufren mayor desamparo.

Pasión sadomasoquista en Semana Santa

.
Pintura: "Cristo crucificado" de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Museo del Prado)
Ya estamos en Semana Santa. La exhibición sadomasoquista más emblemática del catolicismo. Pienso en esas procesiones que recorren pueblos y ciudades a lo largo y ancho de nuestra geografía y se me ponen los pelos de punta. Sangre, sudor y lágrimas a raudales. El dolor exaltado hasta el éxtasis. Sólo hay que observar las caras y los gestos del pueblo devoto y entregado a la pasión de Cristo. Algunos están en trance orgásmico. Y luego está el despliegue de todo ese ropaje de luto y duelo. Rasos y terciopelos negros, blancos y morados. El fetichismo más lúgubre llevado a su máxima expresión. Encapuchados con sus capirotes que inevitablemente me recuerdan a la Inquisición. A sus verdugos. La escenificación, la imaginería, sus oscuras penitencias y la flagelación, que en algunos lugares sigue siendo real (véanse los picados de San Vicente de la Sonsierra - La Rioja), dan miedo. Un miedo morboso, no exento de una sutil carga erótica. Eros y Thanatos suelen ir de la mano y en las procesiones de Semana Santa el apretón es estrecho, aunque se cubra con las entretelas fúnebres de los hábitos.

Proposición ¿indecente?

.

Pintura de Patricia Watwood
Lunes. A diferencia de la mayoría de los mortales, ha sido mi día libre. Mi día para zanganear. El domingo, que también libro, en cambio, suele ser una jornada más doméstica y esclava. Es cuando me da por quitar el polvo a fondo y menesteres así de ingratos. Pero retomemos el lunes, que es mucho más interesante. Desde mi punto de vista, claro.

Amor otoñal

.



Mi cómplice me pasa un link. Conoce bien mi afición por explorar territorios ignotos y oscuros. Esta vez no hay nada de oscuro en las fotos que descubro. Rebosan ternura y sensualidad. Se trata de una serie fotográfica sobre el placer y el amor en la madurez. [Me repatea el término “Tercera Edad”.] La autora es una joven fotógrafa alemana llamada Katrin Trautner. Es su proyecto de fin de carrera. Morgenliebe se titula. Podemos traducirlo como Amor matinal. Una visión femenina sobre la sexualidad en el otoño de la vida. Actos cálidos, plenos de un erotismo sereno, a la luz del día. Sin artificios ni escenografías complicadas. Todo se desarrolla en un ambiente doméstico, acogedor, remarcando así la cotidianidad de las escenas. La naturalidad. Por que follar cuando seamos viejos debería ser natural, ¿no? Y, sin embargo, qué poco se habla de ello. Sigue siendo un tabú. Si acaso se trata como un exotismo porno. Incluso una “desviación”. Como si cuando te conviertas en un venerable anciano tuvieras que andar escondiendo las carnes flácidas en nombre del decoro y el buen gusto. Nuestra cultura no perdona la decrepitud. Sólo exalta el deseo por la piel tersa y lozana. Eso es lo sexualmente saludable. Lo aceptable. Y eso es lo que se exhibe. Cuerpos radiantes y turgentes por doquier. Si acaso se perdona el apetito sexual en el hombre maduro, al fin y al cabo, aún es capaz de andar esparciendo sus espermatozoides por ahí. Eso sí, siempre que la destinataria de su libido sea una mujer en edad de engendrar. Un anciano con otro hombre, un degenerado. Y si le da por una mujer de su edad, que asco. ¿Y una anciana con apetito sexual? El imaginario popular es infinito en descalificativos e ignominias.

Con este bagaje cultural cargado de prejuicios sobre nuestras espaldas, no me extraña que pasados los cuarenta nos entre el apremio por apurar al máximo nuestro atractivo sexual, como si se nos fuera a acabar en la siguiente década. Con las arrugas tememos la invisibilidad. Tememos que se nos acabe la capacidad para gozar. Y es todo mentira. Contemplando la serie de fotografías que os he mencionado al principio, me he percatado de cuánta belleza hay en el amor de otoño. Sabiduría en el placer. Serenidad en el ritmo. Deseo en la piel. Ternura en las bocas. Podría desear, a mis cuarenta y tantos, cualquiera de esos cuerpos. Bastaría conocerlos, tender puentes de entendimiento. Pero, sobre todo, me ha hecho llegar a una conclusión definitiva: Cuando sea una anciana, pienso seguir siendo sexualmente activa. Vamos, que no pienso acobardarme por unas arrugas de más o por unas tetas caídas.
.

Retorno


Podría inventarme mil excusas para justificar mi ausencia. No lo haré. No deseo hacerlo. Realmente no podría explicar muy bien, aunque quisiera, qué fue lo que me ha mantenido tantos meses alejada de este espacio. Un espacio que emprendí con una mezcla de ilusión y de la incertidumbre de quien incursiona en un territorio desconocido.

Agradezco muchísimo todos vuestros comentarios de ánimo y espero que sepáis disculpar mi hermético y descortés silencio. Creedme, os he echado de menos. Mi retorno tiene mucho que ver con la necesidad de nutrirme de nuevo con vuestros blog’s y vuestras aportaciones. También, con las ganas de volver a formar parte de este fascinante engranaje de intercambios y conexiones.

Tened paciencia. Me llevará tiempo ponerme al día. He podido observar que la mayoría de vosotros ha seguido contribuyendo con un vertiginoso ritmo de entradas. ¡Mon dieu, qué laboriosos sois! Y, por cierto, me ha llamado la atención la cantidad de cartelitos de advertencia de contenido que preceden la entrada de muchos de mis blog’s favoritos. ¿Autocensura o imposición? Ya me contaréis…

Un placer volver a estar entre vosotros. :-)

Voz en off...


Media luna desdibujada por una cortina de nubes, como una mancha lechosa. Las estrellas no se dejan ver. Noche triste de mayo, acunada por una brisa tenue y fría que convierte la azotea en un bastión hostil. No hay nada que ver desde aquí arriba. Diseminadas, lejos, ventanas encendidas que no dejan traslucir lo que se cuece en sus hogares. No me interesa, en realidad. Termino de fumarme el cigarrillo y bajo. En el umbral de la puerta observo el termómetro. Los grados indican mayor tibieza de la que percibe mi piel. No es la brisa, debo ser yo. El frío es interior.

Frente a la pantalla del ordenador, mis dedos se inquietan sobre el teclado. Están deseosos por recibir la orden del cerebro. -Rienda suelta a las emociones.-

Voz en off: -¡Grita! Las teclas son tu instrumento. Laméntate con ellas. Pierde la maldita compostura. ¿Qué te importa lo que nadie piense? Ibas a ser valiente, ¿lo recuerdas?

X: -Sí, lo recuerdo…-

Voz en off: -¿Y qué coño has hecho con tu valentía?-

X: -Qué sé yo. No es tan fácil...-

Voz en off: -Por supuesto, no es tan fácil cuando una va por ahí meneando el culo como si fuese la Madame Pompadour de la postmodernidad, enarbolando la bandera del libertinaje.

X: -No digas gilipolleces-

Voz en off: -¿La Rosa de Luxemburgo del fetichismo? No, que esa vestía fatal.

X: -Ojjj, cuando te pones sarcástica, no te soporto.

Voz en off: -No es por joder, querida, ¿pero te has fijado en las pintas que te traes esta noche? Esa túnica moruna no pega ni con cola con los zapatos negros de tacón que llevas puestos. ¿No estarías más cómoda con las babuchas? Más combinada, desde luego.

X: -Me apetece llevarlos y punto-

Voz en off: -¿Se puede saber para qué?-

X: -Los estoy sudando.-

Voz en off: -Jajaja. No me hagas reír. ¿Sudando? Los estás empapando de lágrimas. ¿No sabes que cuando una llora, conviene desmaquillarse el rímel? Te estás poniendo hecha un adefesio. -

X: -Oye, ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro? ¡Desaparece de una puñetera vez!-

Voz en off: -Oh, la señora está de mala leche. Sé que esto no te gustará oírlo, pero que sepas que te empiezas a parecer a tu madre. Llena de mocos, pero arrogante.-

X: -¡Que te largues!-

Voz en off: -Pues aquí te quedas, bonita –Plofff-

[Y se hizo el silencio.]

Recupero la quietud y con ella las puntas de mis dedos se relajan. Acarician las teclas. Se abandonan sobre el recuerdo de tantas palabras escritas. Cascadas de letras para historias de pasión sin carne. Besos que no di detrás del espejo.

Esta noche de mayo, mis zapatos brillan más que la luna.
  • Fotografía: Dellacroix & Dellfina
Aretha Franklin - Sweet Bitter Love

Botas


Ayer por la mañana, por la carretera comarcal de cada día, tuve una magnífica visión. En una gran rotonda, ahora proliferan como hongos –me refiero a las rotondas- el tráfico se ralentizó hasta pararse. Un control de la Guardia Civil. Dos agentes andaban parando algunas furgonetas blancas. Eran agentes de Tráfico, de los que llevan moto. Lucían esas maravillosas botas de caña alta, por fuera del pantalón. El uniforme de los patrulleros de carretera de la Guardia Civil no es especialmente atractivo. Las cazadoras, reforzadas con ese tejido reflectante verde chillón, por necesario que resulte, no son lo que se dice muy chic. Sin embargo, esas botas negras de cuero, cubriendo las pantorrillas, ajustándose a ellas, hasta la rodilla, son de quitar el sentido. Compensan todo lo demás.

Sí, lo confieso, las botas de caña alta masculinas son mi debilidad. Me turban. Y me gustan
negras, nada de medias tintas. De ello fui consciente hace no demasiados años, cuando un amigo se presentó a una cita para tomar café vestido de jinete, con pantalón de montar y botas altas. Estábamos en una terraza, era verano, y el sol de la tarde dejaba caer sus últimos rayos sobre el lustroso cuero negro de sus botas altísimas. No podía dejar de mirarlas. Brillaban con luz propia. Tan negras y tan deslumbrantes. Distraían constantemente mi atención. Me afanaba en mantener una charla afectuosa pero distante. Él había acudido armado con todo su bagaje de experimentado lobo seductor y yo pretendía mantenerle a raya. Pero esas botas habían sido un golpe bajo. Mi compostura de chica dura flaqueaba cada vez que movía las piernas y el resplandeciente betún se incrustaba en mis pupilas y de ahí directamente en el cerebro, haciendo que aflorasen deseos inconcebibles hasta entonces.

Aquella tarde, volví a casa tal como había salido: intacta en la carne, pero con las bragas mojadas y la cabeza llena de perturbadoras imágenes. Resistí el asalto estoicamente. Aunque jamás unas botas masculinas de caña alta volverían a dejarme indiferente. Como un resorte secreto, la visión de semejante calzado tan al alcance de mi lengua, abrió la caja de Pandora que se aloja en ese profundo rincón de los deseos prohibidos.

Analicé mi infantil fascinación por el uniforme de Húsar. Me di cuenta que, más que los alamares que adornaban la vestimenta o la pelliza que llevaban arrogantes sobre el hombro, la verdadera prenda de mi devoción eran sus botas altas, algo fruncidas en el tobillo por el uso. Muy parecidas a las de los jinetes cosacos, que también me seducían desde niña y que, sin embargo, lucían ropajes mucho más sobrios.

La asociación de ideas es obvia. Las botas de jinete son el símbolo del intrépido domador. Del doblegador de voluntades. No por nada los domadores clásicos de fieras llevaban el mismo tipo de bota. Botas y látigo. Botas y fusta. Objetos correlativos coligados a la idea de sometimiento, de domesticación de lo salvaje.
Me gustan las botas de equitación tradicionales, las de motorista, incluso algunas más modernas con argollas, al estilo Harley Davidson. Detesto los botines de caballero de punta afilada con cremallera y las botas de Cowboy.

Cuando, además, sientes placer por tirar de las riendas, cuando te niegas a rendir pleitesía, cuando te gusta hacer silbar la fusta en carne ajena, cuando muestras amenazante las fauces de animal salvaje ante cualquier posible amenaza de incursión en tu territorio… y, a la vez, hay una zona oscura, soterrada, en tu cerebro, que desea justo lo contrario, entonces unas botas negras masculinas, de caña alta, pueden ser el objeto más perturbador del mundo. Y el más fascinante, si lo que te atrae es el peligro y el desafío.

Los motoristas son, en realidad, los antiguos jinetes. Por eso los uniformes de las unidades motorizadas de la Policía y el Ejército conservan la estética de las botas de montar… y son tan… tan… ¿sugerentes?

Me he enterado que están renovando el uniforme de las unidades de Tráfico de la Guardia Civil y he visto por alguna web las nuevas prendas para los motoristas y se me ha congelado la sangre. ¡Un horror! Pantalón por fuera de unas botonas mazacotas, de media caña, muy feas. Los controles en carreteras ya no serán lo mismo. Carecerán del más mínimo morbo. Una verdadera pena.



Lodo


Hay días en los que la tristeza te aplasta. Y entonces te pones a escuchar un bolero. No me gustan especialmente los boleros. A lo sumo, un par de ellos ó tres. Dosificados: 1 x día, multiplicado por la letanía de las horas. Sonando una y otra vez.

Desearía deambular por la lejana ciudad como si fuera un martes o un jueves. Exhalando vaho. Cortando el frío con la cara. Envuelta en un abrigo largo y una bufanda de angora. Mis guantes de cuero. Los zapatos negros repicando sobre el asfalto. Esos de tacón fino. Los de la pequeña hebilla en la puntera afilada. No demasiado altos. Callejear y, tal vez, entrar en una librería. Hojear algunos ejemplares a sabiendas de que hoy no compraré ninguno. Detenerme unos instantes en ese escaparate que tanto me gusta. Lo deseo todo. Como una niña caprichosa que se deja seducir por los colores. Rotuladores, estilográficas, lápices… acuarelas. Papeles de textura rugosa en una irresistible gama cromática.

Transitar por las aceras sudando los zapatos para él.

Su cuerpo imaginado junto a la chimenea. Aguardándome arrodillado. Su mirada más caliente que la lumbre. No existe un solo beso con sabor a boca. Aún así, puedo vislumbrar cada tormento… maquinar la agonía de la continencia.

Regreso y le hundo en la miseria del placer inventado. Su respiración ahogada en mi zapato derecho. La perfidia corriendo por mis venas y el maldito bolero arrastrando lodo a ritmo de ausencias.
  • Fotografía: Karl Blossfeldt

Parole...

.
Noche despejada y limpia. Fría.

Esta mañana he contemplado el último amanecer del año desde mi blanca atalaya de cemento y cal. Su inicio. Justo para ver aparecer la franja púrpura en la línea del horizonte. El aire gélido de la noche, aún perezosa en su abandono, me quebró la voluntad para asistir al ciclo completo.

Ya al calor de la estufa, entre mis papeles y este cacharro mágico de teclas y cristal, estaba pensando que, si tuviese unas pocas ínfulas de Pitonisa y algo más de cara dura, podría redactar una de esas predicciones tan propias para este día. Todo inspirado en el espectáculo atisbado desde la azotea. La cenefa roja al este, Venus y su impetuosa luz hacia el sur, como corresponde al lucero del alba, y la Luna menguante sobre la cabeza. Aquí y allá, estrellas amenazadas por la incipiente alborada. Un combinado perfecto para un oráculo de 31 de diciembre. O de 1 de enero.

Nuestra especie tiene un voraz deseo de controlar lo incontrolable. Hace del universo y sus conjunciones cíclicas una urdimbre donde entretejer mitologías, fábulas y agüeros y elevarlos a la categoría de certezas. El miedo a la insignificancia trae estas cosas. Alivia bastante creerse centro de la creación y destinatarios últimos de sus parabienes. Porque convertirse en polvo a secas jode.

Ay, una lástima no estar dotada para la profecía, con lo bien que me habría quedado en el blog. Hasta hubiera recibido la crédula aprobación de algún alma cándida. [Estoy por asegurarlo.] Mejor me centro en algo más propio del atrezzo “noir”.

Leyendo ayer la última entrada del blog de Terrorista del Amor, donde comentaba los particulares ritos de apareamiento que se producen durante los festejos de Noche Vieja y nos invitaba a comentar nuestras experiencias al respecto, inevitablemente tuve que hacer un repaso, en busca de algún episodio erótico de ese calibre, en el fondo de memoria. Lamentablemente no encontré nada en la línea que apuntaba él. O sea, eso de llegar, ligar y follar… a lo Julio César, pero sin sangre. Ni en Noche Vieja ni en ninguna otra fiesta. Rien de rien. Y no es que sea por que las copas me hubiesen anulado toda capacidad de interacción o esté emparentada con el Jorobado de Notre Dame (pobrecito). No, no es eso. La razón fundamental es que a las Fiestas de Noche Vieja siempre he acudido con acompañante. Circunstancia poco propicia para esos casos. Aunque, a veces, suceden cosas...

Después del obligado ceremonial de las uvas, acudimos a la fiesta que daba en su casa una pareja amiga nuestra. Bueno, a decir verdad, eran amigos de mi acompañante. Tenía yo entonces veinte y poquísimos años. Él, casi me doblaba la edad, como la mayoría de los asistentes. Pisábamos su territorio y yo era la forastera. Llegamos de los últimos y el alcohol nublaba las mentes de la mayor parte de la concurrencia. Las miradas de algunas damas me hicieron sentir como si mi juventud fuera una exuberancia pecaminosa. La de algunos caballeros, como si mi vestido fuera transparente. Y no lo era, os lo aseguro. La única licencia: los hombros desnudos. Bailamos un poco, pero enseguida mi acompañante fue requerido por sus amigas de toda la vida, que como arpías le interrogaban a cerca de mi procedencia y pedigree. A lo que se unieron algunos amigotes con sus bravuconadas soeces, cegados de champagne, whisky o lo que fuese que se hubieran trincado. Absortos en sus liturgias festeras de Año Nuevo, no se percataron de mi alejamiento. O eso creía yo. Aburrida como una ostra, me entretuve observando el decorado del espacioso salón. De un estilo Remordimiento, como lo hubiera definido un buen amigo mío, resultaba muy difícil de catalogar. Abundaban en las paredes óleos de naturalezas muertas, encastrados en pesados marcos barrocos de pan de oro, con esos foquitos alargados dirigidos a iluminar el centro del cuadro como si con ello se elevara la categoría del horrendo lienzo.

En un momento dado, tuve ganas de un refresco. No quería excederme más con el alcohol, llevaba en sangre una porción al límite de mi tolerancia. Faltaba hielo y, para no interrumpir a nadie, me puse a buscar la cocina. La encontré con bastante facilidad. La mayoría de las casas siguen un esquema lógico de distribución de estancias. Fantástico, había uno de esos frigoríficos con expendedor de hielo en la puerta. Venga a empujar el vaso contra la palanca, pero ahí no salía nada. Y en ese momento aparece el anfitrión preguntando si necesitaba ayuda. Me sobresalté un poco por lo inesperado de su presencia. Le expliqué que sólo quería hielo y que no atinaba con el artilugio ese. “Está estropeado”, me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja. Me arrebató el vaso, abrió la puerta del congelador y lo llenó de hielos. Creí que me lo devolvería, pero no. Lo posó en la encimera contigua. Y entonces me acorraló contra el frigorífico, apoyando sus manos en el panel de la puerta. Atrapada en medio. Sus ojos turbios de lascivia y alcohol. Los labios húmedos. Recuerdo bien sus labios. Se movían despacio con la cadencia de proposiciones sucias. Estaban tan cerca de mí. Amenazantes. Prontos para asaltar mi boca. Al acecho de mi escote. No dejaban de pronunciar esas palabras. Palabras que me aturdían. Palabras que no estaba segura de entender. No. Palabras que no osaba entender. Sus dientes entrecortados contra el perfil cambiante de esa carne labial, rosada, mórbida, sajaban el aire que me precedía. Labios moldeados por verbos obscenos. Adjetivos perturbadores. Unas fauces oscilantes, a punto de devorarme. Hambrientas. Angustiosamente hambrientas. Interpretó mi parálisis equívocamente. Se abalanzó. Todas sus palabras restregadas sobre mis súplicas. Sus babas en mi boca. En mi cuello. El aliento pesado, a licor, empañando mi clavícula. Sus garras aferradas a mis hombros… Todas sus palabras enmudecidas contra mi agitación. Forcejeo y me libero. Le dejo incrustado en el frigorífico y huyo. Me salvo en el decadente ritmo de la fiesta. Nadie se percata de mi pelo revuelto. Nunca le conté a mi marido la historia de su querido amigo y el frigorífico.

En noches solitarias de lecho vacío, aquella boca vuelve a mi memoria con todas sus palabras.

¡Feliz Año!

Memoria selectiva

.
Mañana nublada y gris. Como tantas otras veces, me he despertado antes del alba. Hacía semanas que no veía amanecer sobre el mar. Armada con un tupido chal de punto y una taza de café recién hecho, he subido a la azotea para contemplar la salida del sol. No contaba con la espesura de las nubes. El horizonte estaba velado de un oscuro impenetrable, como si hoy no quisiera concederme ese capricho. Así que renuncié pronto, apenas unos minutos y unos sorbos de café con la brisa en la cara. De vuelta a mi escritorio, he ordenado algunos papeles. El graznido de la bandada de estorninos, sobrevolando los tejados, me ha anunciado el momento exacto de la aurora. Entonces, he recordado cuántos instantes felices he arrancado a aquel triste tiempo de tinieblas, a golpe de amaneceres sobre el mar. Apoyada sobre el murete de la azotea, encogida de frío la mayor parte de las veces, esperaba ansiosa la luz venida de Oriente. Con ella me dejaba transportar a un leve Paraíso teñido de púrpura y perfumado de jazmines. Porque es al alba cuando los jazmines despliegan con mayor fuerza su aroma.

La dicha es así, fugaz y transparente como los colores de la madrugada.

Sonrío al descubrir algunas anotaciones entre mis papeles. Viene a mi memoria una cita de aquella época de lúbricos encuentros en la distancia. Un compañero de chat, con el que nunca tuve demasiadas confianzas, dice que mi lugar de residencia le pilla de camino en su ruta de viaje de negocios. Algo inusual, pues yo vivo alejada de toda ruta mercantil. Acepto su invitación para tomar el aperitivo y conocernos.

No nos habíamos visto ni en foto, pero superamos el impacto visual muy bien. Finales de primavera, y la terraza del restaurante era muy acogedora. Durante el aperitivo me pidió que comiera con él. Volví a aceptar. La verdad es que no tenía nada mejor que hacer y nos acompañaba el tiempo, el paisaje y la conversación no me aburría. Salvo por algunas puntualizaciones mías, era él quién más hablaba. Le observaba tratando de sacar conclusiones. No estaba mal. Señor maduro, agradable y aceptablemente cultivado. Me atraen los hombres maduros. Incluso aquellos que podrían ser mi padre. Para mi gusto era algo ostentoso. El coche, su ropa, el reloj. Un vino excesivo. Esa elección no me causó buena impresión. Pretendió impresionarme más con el precio que con el paladar y le salió el tiro por la culata. A partir de ese momento, agudicé el análisis de cada uno de sus gestos y sus palabras. A esas alturas del encuentro, ya estaba claro que me deseaba. No era necesario que me lo dijera. Cualquier mujer, con un mínimo de olfato, huele las intenciones sexuales de un hombre. Quedaba averiguar de qué forma me deseaba.

Empezaba a cansarme su falta de modestia. Había llegado el momento de dejar atrás la complaciente compostura femenina. Así que fue un pequeño y pérfido placer sorprenderle con el nombre exacto de la capital de Bhután cuando trató de dejarme con la boca abierta con el relato de otro de sus viajes por países exóticos, como si las mujeres no tuviéramos nociones de geografía. O mejor dicho, aquellas mujeres que, bajo sus parámetros, éramos deseables. Ahora era yo quién dirigía la conversación. Salió el tema de nuestro lugar común: el chat de Sado. Hablamos de nuestras preferencias eróticas. Él era dominante, claro está. Hasta ponía cara de Amo, no fuera yo a dudarlo. Por fin empezaba a aclararse el panorama de sus expectativas. Prácticamente, había decidido que no tenía nada que hacer conmigo, pero quedaba darle la puntilla y dictar sentencia definitiva. Tengo apego a la justicia.

Era aficionado a la cría de caballos de pura raza española. Aún recuerdo cómo se le llenó la boca de babas cuando pronunció PURA raza. Eso me produjo un repelús terrible. Con ese detalle ya tenía suficiente para mandarle al cadalso de la indiferencia, pero quise ser lo más objetiva posible. Esa afición suya la había extrapolado a sus juegos libidinosos, por lo que gustaba adiestrar a sus amantes como devotas yeguas. Me pareció de cierta originalidad.

Llegó la hora de la interrogación clave. Le pregunté por su mujer y si con ella no compartía esas pasiones de alcoba. Me respondió que no, ¡por dios!, cómo iba a practicar con ella semejantes inclinaciones. Que, vamos, ni se lo quería imaginar. Con la madre de sus hijos ni por asomo se le pasaba por la cabeza. La sola idea de que su sagrada esposa le pudiera corresponder le daba aversión. No, no, no hubiera podido casarse con alguien así. Gélida como un liquen, le dejé explayarse. Dejé que se ahorcara él solito.

Ya no quise postre. Mi único deseo era volver a mi casa. Alejarme de ese jodido cerdo. Se sorprendió por mis prisas. El señor de los viajes exóticos y la cría de caballos de PURA raza, no tenía ni puñetera idea de porqué me moría por irme. Eso fue lo más triste. Así que no me quedó más remedio que aclararle que no acostumbraba a frecuentar hombres de tan baja estofa… Y me largué.

Me quedé con ganas de escupirle en la cara. Mi madre me enseñó que eso está muy feo. ¡Maldita educación!

  • Fotografía: Helmut Newton

De la tentación a la seducción...


Día soleado en el exilio. Los elementos confabulados para darte un paseo a orillas del mar. Me rebelo a la invitación. Me rebelo al paisaje de playa. A lo mejor es porque lo tengo demasiado cerca. O, a lo mejor, es porque he de compartirlo con transeúntes en zapatillas de deporte, ejercitando cuerpos en aras de la longevidad, que te interrumpen el horizonte azul intenso cuando te estás perdiendo en él.

Me quedo aquí. Contemplo otros horizontes. Los blog’s
configuran un paisaje que no parece tener fin, abigarrado y caótico. Fascinante. Hurgas en otras vidas. En fragmentos de vidas. Vidas, no como son, sino como queremos que parezcan. Tal vez, más nuestras que las nuestras propias. Gritos insonoros como cantos de sirena.

Me resistía. La idea de un blog me daba urticaria. Era tan cómoda la lectura anónima, sin compromiso, sin reciprocidad. Pasa el tiempo y te das cuenta que un blog no es necesariamente como un diario. No tienes que estar contando tus cosas como si confesaras disciplinadamente. Dices lo que quieres o, mejor dicho, dices lo que quieres que oigan. Al final, caigo en la tentación como cualquiera. Decía Oscar Wilde: “la mejor forma de vencer una tentación es caer en ella.” Y me temo que voy a caer en más tentaciones de las previsibles. Incluso en algunas de las que renegaba.

Me propuse un canto solitario y lúbrico. Como quien se tumba en una chaise longe y suelta por esa boquita cuanto de inconfesable se le ocurre. A tu lado, en la sombra, tienes a un desconocido que traga con todo, haciéndose el indolente. La asepsia del oyente anónimo me atraía. Luego te das cuenta que te engañas. Estás seduciendo a ese tipo.
... X
  • Fotografía: Helmut Newton