Egon Schiele - Dos Mujeres (1912)

.
Ficha técnica:
Título: Zwei Frauen (Dos mujeres)
Fecha creación: 1912
Dimensiones: 45,1 x 31, 7 cm.
Técnica y materiales: aguada, acuarela y lápiz

Egon Schiele (1890 – 1918), pintor expresionista austriaco. Tuvo una etapa inicial vinculada a la Secesión vienesa de la mano de su amigo Gustav Klimt, pero pronto se decanta por el Expresionismo, como hiciera otro compatriota suyo, Oskar Kokoschka.

Podríamos decir de Schiele que los puntos cardinales de su obra son la muerte y el erotismo. Perturbadores son sus autorretratos desnudos, que reflejan una soledad atormentada e inquietante. Destacaría su ímpetu al reflejar el erotismo, a veces, con una pasmosa franqueza a través de sus trazos angulosos, enervantes, casi hirientes en sus contornos… y sus manchas de colores vivificantes y potentes. Precisamente por eso, sus dibujos, acuarelas y óleos poseen ese vigor tan intenso. Una fuerza arrebatada aún en la quietud de los escorzos o en la de sus paisajes.

Sus representaciones de desnudos, a menudo, fueron considerados obscenos y pornográficos, lo que le llevó incluso a tener problemas con la justicia. Aún así, gozó en vida, sobre todo en ciertos círculos de Viena y, en parte, gracias a la protección de Klimt, de prestigio y admiración. No era para menos, pues Schiele desarrolló un estilo expresionista tremendamente personal e íntimo. Su trayectoria artística fue breve, muere muy joven, a los 28 años, a consecuencia de la gripe española.

El cuadro que he escogido representa un tema que será una constante en su obra: el amor lésbico. Pertenece a la primera etapa expresionista, pero ya se vislumbran esos trazos agudos y nerviosos que, junto a la intensidad de grandes manchas cromáticas de acentuados contrastes, llevará a límites aún más exasperados en su evolución posterior.
.

El libro blanco [Jean Cocteau]

.
[Fragmento]

Hastiado de las aventuras sentimentales, incapaz de reaccionar, arrastraba las piernas y el alma. Buscaba el consuelo de una atmósfera clandestina. La encontré en unos baños públicos. Evocaban el Satiricón, con sus pequeñas celdas, su patio central, su sala baja adornada con divanes turcos en los que unos jóvenes jugaban a las cartas. A una señal del dueño, se levantaban y se alineaban contra la pared. El dueño les tentaba los bíceps, les palpaba los muslos, desempaquetaba sus encantos íntimos y los vendía como un comerciante su mercancía.

La clientela estaba segura de sus gustos y era discreta, rápida. Yo debía resultar un enigma para aquella juventud acostumbrada a las exigencias precisas. Me miraba sin comprender; porque yo prefiero la plática a los actos.

El corazón y los sentidos forman en mí una mezcla tal que me parece difícil comprometer a uno o a los otros sin que la otra parte se comprometa también. Es eso lo que me empuja a cruzar los límites de la amistad y me hace temer un contacto sumario en el que corro el riesgo de atrapar el mal de amor. Terminaba por envidiar a aquellos que, al no sufrir por la belleza ni vagamente, saben lo que quieren, perfeccionan un vicio, pagan y lo satisfacen.

Uno ordenaba que lo insultaran, otro que lo cargaran de cadenas, otro (un moralista) sólo obtenía placer con el espectáculo de un hércules que mataba a una rata con un alfiler calentado al rojo vivo.

¡A cuántos de esos sabios que conocen la receta exacta de su placer, y cuya existencia se ha simplificado porque se pagan en fecha y a precio fijo una honesta, una burguesa complicación, no habré visto desfilar! La mayoría eran ricos industriales que venían del norte a liberar sus sentidos, y después regresaban a unirse con su mujer y con sus hijos.
.
Finalmente, espacié mis visitas. Mi presencia comenzaba a volverse sospechosa. Francia no soporta muy bien un papel que no es de una sola pieza. El avaro debe siempre ser avaro, el celoso siempre celoso. En eso estriba el éxito de Molière. El dueño pensaba que era de la policía. Me dio a entender que se era cliente o mercancía. No se podían combinar las dos cosas.

Esta advertencia sacudió mi abulia y me obligó a romper con costumbres indignas, a las que se añadía el recuerdo de Alfredo, que flotaba sobre los rostros de todos los jóvenes panaderos, carniceros, ciclistas, telegrafistas, zuavos, marineros, acróbatas y demás travestis profesionales.

Una de las únicas cosas que eché de menos es el espejo transparente. Se instala uno en una cabina oscura y abre un postigo. Ese postigo descubre una malla metálica a través de la cual la mirada abarca una pequeña sala de baño. Del otro lado, la malla era un espejo tan reflejante y tan liso que era imposible adivinar que estaba llena de miradas.

Mediante el pago de cierta cantidad solía pasar ahí los domingos. De los doce espejos de las doce salas de baño, ése era el único de este tipo. El dueño lo había pagado muy caro y mandado traer de Alemania. Su personal desconocía el observatorio. La juventud obrera servía de espectáculo.

Seguían todos el mismo programa. Se desvestían y colgaban con cuidado los trajes nuevos. Desendomingados, se podía adivinar su empleo por las encantadoras deformaciones profesionales. De pie en la bañera, se miraban (me miraban) y empezaban con una mueca parisina que deja al descubierto las encías. Después se frotaban un hombro. El enjabonado se transformaba en caricia. De pronto sus ojos se iban del mundo, su cabeza se echaba hacia atrás y su cuerpo escupía como un animal furioso.

Unos, extenuados, se dejaban fundir en el agua humeante, otros volvían a empezar la maniobra; se podía reconocer a los más jóvenes en que saltaban de la bañera y, lejos, iban a limpiar del mosaico la savia que su tallo ciego había lanzado alocadamente hacia el amor.

Una vez, un Narciso que se gustaba acercó la boca al espejo, la pegó en él y llevó hasta el final la aventura consigo mismo. Invisible como los dioses griegos, apoyé mis labios contra los suyos e imité sus ademanes. Nunca supo que en vez de reflejar, el espejo actuaba, que estaba vivo y que lo había amado.
.
  • Fotografía: Steven Meisel

Vientos de represión...


Esta mañana leo en la prensa que la empresa que gestiona el Metro de Londres ha censurado un cartel publicitario de la Royal Academy of Arts en el que aparece la Venus desnuda pintada por Cranach en 1532, precisamente para anunciar la próxima exposición de este pintor renacentista alemán. El argumento es que, según la normativa interna del metro, la publicidad no debe contener expresiones sexuales explícitas, por si pudiera herir la sensibilidad de algún viajero. Releo la noticia, no sea que me hubiera saltado un párrafo, una frase, e interpretado erróneamente el contenido. No, no me he equivocado, la noticia es tal cuál.

Últimamente tengo la sensación de que se está produciendo un retroceso en todos los ámbitos de la sociedad y la cultura y que un viento gélido y represor está asolando la vieja Europa. Por si fuera poco, el Papa resucita el Infierno para escarnio de los pecadores. Y yo -ingenua- que creí haberme librado de la hoguera. Tiempo al tiempo...

A lo mejor es que Europa está más vieja [y podrida] de lo que creíamos.

El tambor de hojalata (1979) - Volker Schlöndorff





Ficha de la película:

Título original: Die Blechtrommel
o: 1979
País: Alemania
Director: Volker Schlöndorff
Guión: Jean-Claude Carrière, Franz Seitz, Volker Schlöndorff (Novela: Günter Grass)
Música: Maurice Jarre
Fotografía: Igor Luther
Reparto: David Bennent, Mario Adorf, Angela Winkler, Daniel Olbrychski, Charles Aznavour, Andrea Ferréol, Heinz Bennent
Género: Drama
Sinopsis: El día de su tercer cumpleaños es una fecha determinante en la vida de Oscar, el pequeño que no quería crecer. No sólo es el día en que toma la decisión de dejar de crecer, sino que recibe su primer tambor de hojalata, objeto que habrá de convertirse en compañero inseparable para el resto de sus días... Basada en la más famosa novela del escritor y premio Nobel de literatura Günter Grass. (FILMAFFINITY)

Oscar a la mejor película extranjera. Cannes: Palma de Oro (Ex-Aqueo con "Apocalipse Now")

◊ ◊ ◊

El tambor de hojalata es una película difícil de catalogar e, incluso, de explicar. Hay quien la enmarca dentro del realismo mágica, otros, hablan de expresionismo alemán o de surrealismo. Narra la historia de un niño que no quería crecer al contemplar con rechazo el mundo adulto. Es una especie de extraño Peter Pan con un poder especial: su voz. Su grito agudo es capaz de hacer estallar los cristales y hará un perverso uso de ese don.

La trama se desarrolla en Alemania, desde la ascensión nazi, su apogeo, hasta la derrota final. A través de los ojos de Oscar, se muestra de forma grotesca la mezquindad de la condición humana. El mismo Oscar es un pequeño engendro al que, durante la película, tienes constantes ganas de estrangular. Eso sí, el personaje está magníficamente interpretado por un jovencísimo David Bennent (12 años). El film está plagado de imágenes y escenas impactantes, perturbadoras algunas… y al final te quedas con una sensación de inquietud que tarda un tiempo en disiparse. Desde luego, la película no te deja indiferente.

Gerda Taro

.
Gerda Taro fue la fotoreportera, muerta en la guerra civil española, que ha pasado injustamente a la historia como la compañera y amante de Robert Capa, considerado el mejor reportero gráfico de guerra de todos los tiempos, más que por su propio trabajo. Durante decenios fue prácticamente olvidada, a pesar de que sus fotografías y su arrojo y valentía, para testimoniar la contienda española en primera línea de batalla, no tenían nada que envidiar al legendario Capa. De hecho, Robert Capa era un pseudónimo que inventó ella y bajo cuya identidad también figuró su propia obra. Incluso, una de las fotografías más emblemáticas de Robert Capa, “La muerte de un miliciano” en Cerro Muriano (Córdoba), no se sabe con certeza si la disparó ella o él. Estaban juntos en ese momento y se solían intercambiar la cámara Leica, por la que habitualmente se identifican las imágenes atribuidas a Capa.

Será la fotógrafa alemana Irma Schaber quien recupere su legado a través del “Proyecto Gerda Taro”, un exhaustivo trabajo realizado durante años, a partir del cual se pudo reconstruir su vida y publicar su biografía en 1994.

Un poco de historia:

Gerda Taro se llamaba en realidad Gerta Pohorylle. Nació en Stuttgart (Alemania) en 1910, en el
seno de una familia burguesa judía. Comprometida con el movimiento obrero, y después de una detención y dado el pujante antisemitismo en la Alemania de aquella época, se refugia en París a los 23 años. Ahí conoce a Endre Friedmann, o André como se hacía llamar. Un talentoso fotógrafo húngaro, también de origen judio, que sobrevivía como podía con su trabajo. Se enamoran y Friedmann le enseña el oficio de la fotografía. Gerda, cansada de vivir miserablemente, ideó un plan. Ella pulió la imagen desaliñada de André y ambos se hicieron pasar por los representantes de un afamado fotógrafo americano que había llegado a Europa para trabajar. A ese personaje inventado lo llamaron Robert Capa. A su vez, ella se cambió el nombre por el de Gerda Taro. Así fue como lograron vender en París sus fotografías al triple de precio que cualquier autor francés y les empezaron a llover encargos. Al estallar la guerra civil española, ambos se trasladan a España para cubrir el conflicto. Al principio, firman sus trabajos indistintamente con el nombre de Capa, hasta que ella empieza a reivindicar su autoría y logró hacerse un prestigioso nombre como Gerda Taro, vendiendo sus reportajes a distintas publicaciones francesas. Friedmann se quedaría definitivamente con el pseudónimo de Robert Capa.

La “pequeña rubia”, como se la conocía en el Frente republicano, realizó un valeroso reportaje de la ofensiva de Brunete documentando la reconquista de la población por las tropas republicanas. Sería su último trabajo. Moriría el 26 de julio de 1937 durante la contraofensiva fascista, apoyada por la aviación alemana nazi. Acompañando al ejército republicano en la retirada, en medio del ataque del bando nacional, un desgraciado accidente acabaría con su vida. Tras caer del estribo de un coche, un tanque republicano la arroyó destrozándola medio cuerpo de la cintura para abajo. Trasladada a un hospital de El Escorial, fallecería horas después. En Madrid la despidieron con honores militares y fue enterrada en París con grandes honores también. Para Robert Capa, que en el momento de su fallecimiento estaba precisamente en París, fue un duro golpe del que, dicen, nunca se recuperó.


Pocos días después de su muerte, la revista “Life” publicó dos páginas con fotografías de Gerda, resaltando que eran de lo mejor que habían visto ese año sobre la guerra civil española.

Robert Capa, fallecería años después, de una forma igualmente trágica, al pisar una mina mientras cubría la primera guerra de Indochina (Vietnam), en mayo de 1954, tras completar una de las carreras más brillantes del fotoperiodismo de todos los tiempos.

Recientemente se han hallado en México más de 3000 negativos que recogen imágenes inéditas sobre personajes y escenas de combate de la guerra civil española, que se habían dado por desaparecidos, y que pertenecen a Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour (Chim). Esperemos que contribuyan a restituir el merecido lugar que Gera Taro no debió perder nunca como una de los grandes reporteros gráficos de la historia, tanto por su coraje como por la calidad de su obra. (Más sobre la noticia… )

Recuerda, cuerpo... (K. Kavafis)

.
Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.


Kostantinos Kavafis
(Traducción: César Conti)

Dedicado a Paco Vidarte. Pensador y luchador infatigable. Descansa en paz.

Botas


Ayer por la mañana, por la carretera comarcal de cada día, tuve una magnífica visión. En una gran rotonda, ahora proliferan como hongos –me refiero a las rotondas- el tráfico se ralentizó hasta pararse. Un control de la Guardia Civil. Dos agentes andaban parando algunas furgonetas blancas. Eran agentes de Tráfico, de los que llevan moto. Lucían esas maravillosas botas de caña alta, por fuera del pantalón. El uniforme de los patrulleros de carretera de la Guardia Civil no es especialmente atractivo. Las cazadoras, reforzadas con ese tejido reflectante verde chillón, por necesario que resulte, no son lo que se dice muy chic. Sin embargo, esas botas negras de cuero, cubriendo las pantorrillas, ajustándose a ellas, hasta la rodilla, son de quitar el sentido. Compensan todo lo demás.

Sí, lo confieso, las botas de caña alta masculinas son mi debilidad. Me turban. Y me gustan
negras, nada de medias tintas. De ello fui consciente hace no demasiados años, cuando un amigo se presentó a una cita para tomar café vestido de jinete, con pantalón de montar y botas altas. Estábamos en una terraza, era verano, y el sol de la tarde dejaba caer sus últimos rayos sobre el lustroso cuero negro de sus botas altísimas. No podía dejar de mirarlas. Brillaban con luz propia. Tan negras y tan deslumbrantes. Distraían constantemente mi atención. Me afanaba en mantener una charla afectuosa pero distante. Él había acudido armado con todo su bagaje de experimentado lobo seductor y yo pretendía mantenerle a raya. Pero esas botas habían sido un golpe bajo. Mi compostura de chica dura flaqueaba cada vez que movía las piernas y el resplandeciente betún se incrustaba en mis pupilas y de ahí directamente en el cerebro, haciendo que aflorasen deseos inconcebibles hasta entonces.

Aquella tarde, volví a casa tal como había salido: intacta en la carne, pero con las bragas mojadas y la cabeza llena de perturbadoras imágenes. Resistí el asalto estoicamente. Aunque jamás unas botas masculinas de caña alta volverían a dejarme indiferente. Como un resorte secreto, la visión de semejante calzado tan al alcance de mi lengua, abrió la caja de Pandora que se aloja en ese profundo rincón de los deseos prohibidos.

Analicé mi infantil fascinación por el uniforme de Húsar. Me di cuenta que, más que los alamares que adornaban la vestimenta o la pelliza que llevaban arrogantes sobre el hombro, la verdadera prenda de mi devoción eran sus botas altas, algo fruncidas en el tobillo por el uso. Muy parecidas a las de los jinetes cosacos, que también me seducían desde niña y que, sin embargo, lucían ropajes mucho más sobrios.

La asociación de ideas es obvia. Las botas de jinete son el símbolo del intrépido domador. Del doblegador de voluntades. No por nada los domadores clásicos de fieras llevaban el mismo tipo de bota. Botas y látigo. Botas y fusta. Objetos correlativos coligados a la idea de sometimiento, de domesticación de lo salvaje.
Me gustan las botas de equitación tradicionales, las de motorista, incluso algunas más modernas con argollas, al estilo Harley Davidson. Detesto los botines de caballero de punta afilada con cremallera y las botas de Cowboy.

Cuando, además, sientes placer por tirar de las riendas, cuando te niegas a rendir pleitesía, cuando te gusta hacer silbar la fusta en carne ajena, cuando muestras amenazante las fauces de animal salvaje ante cualquier posible amenaza de incursión en tu territorio… y, a la vez, hay una zona oscura, soterrada, en tu cerebro, que desea justo lo contrario, entonces unas botas negras masculinas, de caña alta, pueden ser el objeto más perturbador del mundo. Y el más fascinante, si lo que te atrae es el peligro y el desafío.

Los motoristas son, en realidad, los antiguos jinetes. Por eso los uniformes de las unidades motorizadas de la Policía y el Ejército conservan la estética de las botas de montar… y son tan… tan… ¿sugerentes?

Me he enterado que están renovando el uniforme de las unidades de Tráfico de la Guardia Civil y he visto por alguna web las nuevas prendas para los motoristas y se me ha congelado la sangre. ¡Un horror! Pantalón por fuera de unas botonas mazacotas, de media caña, muy feas. Los controles en carreteras ya no serán lo mismo. Carecerán del más mínimo morbo. Una verdadera pena.



Joel-Peter Witkin - Mujer que fue pájaro (1990)

.

Ficha técnica:
Título: Woman Once a Bird, Los Angeles (Mujer que fue pájaro)
Fecha creación: 1990
Técnica: impresión tradicional sobre gelatina de plata

Esta fotografía, realizada con un hermoso cadáver, está inspirada en la conocida obra de Man Ray “El violín de Ingres” (1924).

Hay pocos fotógrafos que impacten tanto como Joel-Peter Witkin y, sin embargo, es sublime en su visión del Otro. Nos transporta a una realidad que está ahí, que nos rodea y que no queremos ver, apartamos la mirada porque nos perturba. Witkin, como nadie, es capaz de inducirnos con los “deshechos” humanos (trabaja a menudo con cadáveres o con trozos de cadáveres), con aquello que marginamos, con lo extraño, con lo deforme, a una profunda espiritualidad a través de las interrogaciones que nos provoca su obra. Basta sostener la mirada en la dirección apropiada.

No es un fotógrafo cazador de momentos, sus obras son muy elaboradas, pensadas y diseñadas para el propósito que desea. Todas sus obras son realizadas con técnicas artesanales, no usa el ordenador, y elabora él mismo todo el proceso fotográfico. Trabaja básicamente con blanco y negro, salvo algunas obras que son pigmentadas a posteriori.

A menudo es acusado de oscuro y siniestro, y él contesta: “No soy una persona oscura, sólo trato de ser realista.” Curiosamente, ha titulado una de sus exposiciones como “Amor y Redención”.

Galería de Witkin en ZonaZero

El tren de Burdeos [Marguerite Duras]

.
Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía tener treinta años. Debía ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.
.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En Paris, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.


Marguerite Duras

La strada (1954) - Federico Fellini

.




.
Ficha de la película:
Título original: La strada
Año: 1954
País: Italia
Director: Federico Fellini
Guión: Tullio Pinelli & Federico Fellini
Música: Nino Rota
Fotografía: Otello Martelli (B&W)
Reparto: Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovere
Género: Drama
Sinopsis: Cuando muere el padre de Gelsomina, su propia madre la vende a un artista ambulante, Zampanó. Pese al carácter violento y agresivo de éste, la muchacha se siente atraída por ese estilo de vida en la Strada (la calle, en italiano), sobre todo cuando su dueño la incluye como parte de su espectáculo. Pese a que varios de los pintorescos personajes que se encuentra por el camino le ofrecen que se una a ellos, Gelsomina demostrará su fidelidad a Zampanó hasta los límites de su voluntad. (FILMAFFINITY)

1 Oscar mejor película extranjera
◊ ◊ ◊
Película de corte neorrealista, que muestra la miseria y la desesperanza de la Italia de posguerra. Narra la historia de dominación y entrega entre dos personajes que no serán capaces de sobreponerse a su destino de perdedores. Ella, con una interpretación gloriosa por parte de Giuletta Masina mímica y entrañable, dispuesta a seguir a su poseedor hasta el infierno, anhelante de su amor. Él, interpretado por un magistral Anthony Quinn, un hombre embrutecido, que en aras de la supervivencia no sabrá hacer concesiones a los sentimientos… hasta el final, cuando el dolor le golpea con toda su crudeza.
.
La strada es una de esas películas que dejan una impronta profunda. Sin lugar a dudas, una obra maestra de Federico Fellini.