Hay días en los que la tristeza te aplasta. Y entonces te pones a escuchar un bolero. No me gustan especialmente los boleros. A lo sumo, un par de ellos ó tres. Dosificados: 1 x día, multiplicado por la letanía de las horas. Sonando una y otra vez.Desearía deambular por la lejana ciudad como si fuera un martes o un jueves. Exhalando vaho. Cortando el frío con la cara. Envuelta en un abrigo largo y una bufanda de angora. Mis guantes de cuero. Los zapatos negros repicando sobre el asfalto. Esos de tacón fino. Los de la pequeña hebilla en la puntera afilada. No demasiado altos. Callejear y, tal vez, entrar en una librería. Hojear algunos ejemplares a sabiendas de que hoy no compraré ninguno. Detenerme unos instantes en ese escaparate que tanto me gusta. Lo deseo todo. Como una niña caprichosa que se deja seducir por los colores. Rotuladores, estilográficas, lápices… acuarelas. Papeles de textura rugosa en una irresistible gama cromática.
Transitar por las aceras sudando los zapatos para él.
Su cuerpo imaginado junto a la chimenea. Aguardándome arrodillado. Su mirada más caliente que la lumbre. No existe un solo beso con sabor a boca. Aún así, puedo vislumbrar cada tormento… maquinar la agonía de la continencia.
Regreso y le hundo en la miseria del placer inventado. Su respiración ahogada en mi zapato derecho. La perfidia corriendo por mis venas y el maldito bolero arrastrando lodo a ritmo de ausencias.
- Fotografía: Karl Blossfeldt





