Lodo


Hay días en los que la tristeza te aplasta. Y entonces te pones a escuchar un bolero. No me gustan especialmente los boleros. A lo sumo, un par de ellos ó tres. Dosificados: 1 x día, multiplicado por la letanía de las horas. Sonando una y otra vez.

Desearía deambular por la lejana ciudad como si fuera un martes o un jueves. Exhalando vaho. Cortando el frío con la cara. Envuelta en un abrigo largo y una bufanda de angora. Mis guantes de cuero. Los zapatos negros repicando sobre el asfalto. Esos de tacón fino. Los de la pequeña hebilla en la puntera afilada. No demasiado altos. Callejear y, tal vez, entrar en una librería. Hojear algunos ejemplares a sabiendas de que hoy no compraré ninguno. Detenerme unos instantes en ese escaparate que tanto me gusta. Lo deseo todo. Como una niña caprichosa que se deja seducir por los colores. Rotuladores, estilográficas, lápices… acuarelas. Papeles de textura rugosa en una irresistible gama cromática.

Transitar por las aceras sudando los zapatos para él.

Su cuerpo imaginado junto a la chimenea. Aguardándome arrodillado. Su mirada más caliente que la lumbre. No existe un solo beso con sabor a boca. Aún así, puedo vislumbrar cada tormento… maquinar la agonía de la continencia.

Regreso y le hundo en la miseria del placer inventado. Su respiración ahogada en mi zapato derecho. La perfidia corriendo por mis venas y el maldito bolero arrastrando lodo a ritmo de ausencias.
  • Fotografía: Karl Blossfeldt

Fui (K. Kavafis)

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Nada me retuvo. Me liberé y fui.
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.

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Kostantinos Kavafis
(Traducción: José María Álvarez)

M. Butterfly (1993) - David Cronenberg


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Ficha de la película:
Título original: M. Butterfly
Año: 1993
País: EE.UU.
Director: David Cronenberg
Guión: David Henry Hwang (Teatro: David Henry Hwang)
Música: Howard Shore
Fotografía: Peter Suschitzky

Reparto: Jeremy Irons, John Lone, Barbara Sukowa, Ian Richardson, Annabel Leventon, Shizuko Hoshi, Richard McMillan, Vernon Dobtcheff
Género: Drama
Sinopsis: Basada en hechos reales, narra la historia de amor entre Rene Gallimard, un diplomático francés destinado en China en los años 60, y una fascinante y misteriosa diva de la ópera, Song Liling, que consigue ocultarle durante muchos años un importante secreto. (FILMAFFINITY)
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Un film dirigido por Cronenberg en una faceta distinta a la que nos tiene habituados. Ya sólo por eso, la película es doblemente interesante. Y luego está la actuación del irresistible Jeremy Irons. John Lone hace también un papel magnífico. El final es un poco melodramático, pero muy propio para rematar esta peculiar historia de amor.

Parole...

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Noche despejada y limpia. Fría.

Esta mañana he contemplado el último amanecer del año desde mi blanca atalaya de cemento y cal. Su inicio. Justo para ver aparecer la franja púrpura en la línea del horizonte. El aire gélido de la noche, aún perezosa en su abandono, me quebró la voluntad para asistir al ciclo completo.

Ya al calor de la estufa, entre mis papeles y este cacharro mágico de teclas y cristal, estaba pensando que, si tuviese unas pocas ínfulas de Pitonisa y algo más de cara dura, podría redactar una de esas predicciones tan propias para este día. Todo inspirado en el espectáculo atisbado desde la azotea. La cenefa roja al este, Venus y su impetuosa luz hacia el sur, como corresponde al lucero del alba, y la Luna menguante sobre la cabeza. Aquí y allá, estrellas amenazadas por la incipiente alborada. Un combinado perfecto para un oráculo de 31 de diciembre. O de 1 de enero.

Nuestra especie tiene un voraz deseo de controlar lo incontrolable. Hace del universo y sus conjunciones cíclicas una urdimbre donde entretejer mitologías, fábulas y agüeros y elevarlos a la categoría de certezas. El miedo a la insignificancia trae estas cosas. Alivia bastante creerse centro de la creación y destinatarios últimos de sus parabienes. Porque convertirse en polvo a secas jode.

Ay, una lástima no estar dotada para la profecía, con lo bien que me habría quedado en el blog. Hasta hubiera recibido la crédula aprobación de algún alma cándida. [Estoy por asegurarlo.] Mejor me centro en algo más propio del atrezzo “noir”.

Leyendo ayer la última entrada del blog de Terrorista del Amor, donde comentaba los particulares ritos de apareamiento que se producen durante los festejos de Noche Vieja y nos invitaba a comentar nuestras experiencias al respecto, inevitablemente tuve que hacer un repaso, en busca de algún episodio erótico de ese calibre, en el fondo de memoria. Lamentablemente no encontré nada en la línea que apuntaba él. O sea, eso de llegar, ligar y follar… a lo Julio César, pero sin sangre. Ni en Noche Vieja ni en ninguna otra fiesta. Rien de rien. Y no es que sea por que las copas me hubiesen anulado toda capacidad de interacción o esté emparentada con el Jorobado de Notre Dame (pobrecito). No, no es eso. La razón fundamental es que a las Fiestas de Noche Vieja siempre he acudido con acompañante. Circunstancia poco propicia para esos casos. Aunque, a veces, suceden cosas...

Después del obligado ceremonial de las uvas, acudimos a la fiesta que daba en su casa una pareja amiga nuestra. Bueno, a decir verdad, eran amigos de mi acompañante. Tenía yo entonces veinte y poquísimos años. Él, casi me doblaba la edad, como la mayoría de los asistentes. Pisábamos su territorio y yo era la forastera. Llegamos de los últimos y el alcohol nublaba las mentes de la mayor parte de la concurrencia. Las miradas de algunas damas me hicieron sentir como si mi juventud fuera una exuberancia pecaminosa. La de algunos caballeros, como si mi vestido fuera transparente. Y no lo era, os lo aseguro. La única licencia: los hombros desnudos. Bailamos un poco, pero enseguida mi acompañante fue requerido por sus amigas de toda la vida, que como arpías le interrogaban a cerca de mi procedencia y pedigree. A lo que se unieron algunos amigotes con sus bravuconadas soeces, cegados de champagne, whisky o lo que fuese que se hubieran trincado. Absortos en sus liturgias festeras de Año Nuevo, no se percataron de mi alejamiento. O eso creía yo. Aburrida como una ostra, me entretuve observando el decorado del espacioso salón. De un estilo Remordimiento, como lo hubiera definido un buen amigo mío, resultaba muy difícil de catalogar. Abundaban en las paredes óleos de naturalezas muertas, encastrados en pesados marcos barrocos de pan de oro, con esos foquitos alargados dirigidos a iluminar el centro del cuadro como si con ello se elevara la categoría del horrendo lienzo.

En un momento dado, tuve ganas de un refresco. No quería excederme más con el alcohol, llevaba en sangre una porción al límite de mi tolerancia. Faltaba hielo y, para no interrumpir a nadie, me puse a buscar la cocina. La encontré con bastante facilidad. La mayoría de las casas siguen un esquema lógico de distribución de estancias. Fantástico, había uno de esos frigoríficos con expendedor de hielo en la puerta. Venga a empujar el vaso contra la palanca, pero ahí no salía nada. Y en ese momento aparece el anfitrión preguntando si necesitaba ayuda. Me sobresalté un poco por lo inesperado de su presencia. Le expliqué que sólo quería hielo y que no atinaba con el artilugio ese. “Está estropeado”, me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja. Me arrebató el vaso, abrió la puerta del congelador y lo llenó de hielos. Creí que me lo devolvería, pero no. Lo posó en la encimera contigua. Y entonces me acorraló contra el frigorífico, apoyando sus manos en el panel de la puerta. Atrapada en medio. Sus ojos turbios de lascivia y alcohol. Los labios húmedos. Recuerdo bien sus labios. Se movían despacio con la cadencia de proposiciones sucias. Estaban tan cerca de mí. Amenazantes. Prontos para asaltar mi boca. Al acecho de mi escote. No dejaban de pronunciar esas palabras. Palabras que me aturdían. Palabras que no estaba segura de entender. No. Palabras que no osaba entender. Sus dientes entrecortados contra el perfil cambiante de esa carne labial, rosada, mórbida, sajaban el aire que me precedía. Labios moldeados por verbos obscenos. Adjetivos perturbadores. Unas fauces oscilantes, a punto de devorarme. Hambrientas. Angustiosamente hambrientas. Interpretó mi parálisis equívocamente. Se abalanzó. Todas sus palabras restregadas sobre mis súplicas. Sus babas en mi boca. En mi cuello. El aliento pesado, a licor, empañando mi clavícula. Sus garras aferradas a mis hombros… Todas sus palabras enmudecidas contra mi agitación. Forcejeo y me libero. Le dejo incrustado en el frigorífico y huyo. Me salvo en el decadente ritmo de la fiesta. Nadie se percata de mi pelo revuelto. Nunca le conté a mi marido la historia de su querido amigo y el frigorífico.

En noches solitarias de lecho vacío, aquella boca vuelve a mi memoria con todas sus palabras.

¡Feliz Año!

La adúltera [Manuel Vicent]

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En el centro de una plaza pública había un saco lleno de piedras de buen tamaño. Eran piezas sagradas. A la sombra de los pórticos, que tamizaban una luz de cal viva, un centenar de hombres justicieros esperaba. Muy pronto llegaron unos esbirros arrastrando a la mujer adúltera, que fue recibida en silencio por todas las miradas mientras era depositada en tierra con los pies atados. A continuación un juez honorable leyó la sentencia y su voz se unió al balido de unas cabras que desde lejos participaban en la ceremonia. La muerte por lapidación para la mujer adúltera venía ordenada por el Libro Sagrado, el cual no daba resquicio al perdón, ni siquiera a la lástima. Una vez leídos los cargos, los hombres justicieros deberían acercarse a la víctima y armar su mano con una o varias piedras que había en el saco. Todos lo hicieron de forma decidida y después crearon un círculo alrededor de la mujer adúltera, que ya estaba arrodillada. No sucedió en una ciudad de Oriente ni de Occidente, sino en una plaza desolada bajo un cielo de diamante donde los relámpagos secos, a pleno sol, eran la única geometría con la que hablaba Dios. La mujer adúltera dobló su tronco hasta dar con su rostro en el polvo. Protegida la cabeza con las manos, sólo esperaba de sus verdugos la gracia de ser mortalmente herida con la primera pedrada. A una señal del juez que presidía la liturgia, los hombres justicieros levantaron el brazo, pero en ese momento, sin saber de dónde provenía, se oyó la enorme voz de un profeta que dijo: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Esa orden, que vino acompañada de un relámpago, paralizó a los verdugos. Con la piedra en la mano todos comenzaron a explorar su conciencia. Mientras la mujer adúltera mojaba la tierra con sus lágrimas, los hombres justicieros iban descubriendo dentro de la propia alma los deseos libidinosos que habían tenido, los hechos inconfesables que habían cometido y que aún permanecían impunes. Todos dejaron la piedra en el suelo y se alejaron, todos excepto uno. Era un hombre puro, libre de pecado, exento de toda culpa, el único legitimado para cumplir la sentencia, según el profeta. Cuando la mujer adúltera levantó el rostro, los pecadores habían desaparecido. En medio de la plaza sólo quedaba aquel hombre casto con el brazo armado. Mientras las cabras con sus balidos le pedían clemencia, el hombre lapidó a la adúltera, llevado por la crueldad que nace de la estricta pureza. Así se convirtió en asesino.
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  • Fotografía: Craig Morey

Evangelio de Lucas - Jesús en el hogar de Simón el fariseo

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7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.

7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;

7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.

7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.

7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;

7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?

7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.

7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.

7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
  • Fotografía: Eric Kroll

Elogio de lo irreparable (Félix Grande)

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Sé involuntaria. Sé febril. Olvida
sobre la cama hasta tu propio idioma.
No pidas. No preguntes. Arrebata y exige.
Sé una perra. Sé una alimaña.

Resuella busca abrasa brama gime.
Atérrate, mete la mano en el abismo.
Remueve tu deseo como una herida fresca.
Piensa o musita o grita «¡Venganza!»

Sé una perdida, mi amor, una perdida.
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable.

Félix Grande

HR Giger - Amo y Margarita (1976)

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Ficha técnica:Título: Meister und Margeritha (Amo y Margarita)
Fecha creación: 1976
Dimensiones: 100 x 70 cm.
Técnica y materiales: pintura acrílica sobre papel y soporte de madera

HR GIGER (Hans Ruedi Giger) es un polifacético creador suizo con una peculiar personalidad, que refleja en su inquietante obra surrealista. Ilustrador, pintor, escultor, diseñador, etc., empezó como artista “underground”, convirtiéndose posteriormente en un personaje de proyección internacional tras la creación de Alien y su metálica y delirante arquitectura para la película de Ridley Scout, Alien, el octavo pasajero (1979), por lo que le concederían el Oscar a los mejores efectos especiales en 1980. Colaboró también en otras producciones cinematográficas como Poltergeist II, Alien 3 y Species.

Su obra plástica plasma, a menudo, un desbordante erotismo, repleto de referencias fetichistas, que flota en un universo imaginario terriblemente oscuro y narcótico, de evocación satánica o alienígena. Con frecuencia, la máquina se confunde lascivamente con la carne en una turbia atmósfera onírica. Llama la atención los minuciosos y elaborados detalles de su obra, como si se tratara de mundos dentro de otros mundos, para conformar, finalmente, un paisaje global de complicado tramado. Cualquiera de sus representaciones puede causar un efecto alucinógeno. Quedáis advertidos.

Recientemente, La Universidad Politécnica de Valencia ha ofrecido la primera exposición de HR Giger en España. Espero que algún afortunado/a de entre vosotros la haya disfrutado mucho.

Dejo un par de enlaces para quien desee sumergirse más en la fascinante obra de este original creador:

HR Giger (su página oficial)


Memoria selectiva

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Mañana nublada y gris. Como tantas otras veces, me he despertado antes del alba. Hacía semanas que no veía amanecer sobre el mar. Armada con un tupido chal de punto y una taza de café recién hecho, he subido a la azotea para contemplar la salida del sol. No contaba con la espesura de las nubes. El horizonte estaba velado de un oscuro impenetrable, como si hoy no quisiera concederme ese capricho. Así que renuncié pronto, apenas unos minutos y unos sorbos de café con la brisa en la cara. De vuelta a mi escritorio, he ordenado algunos papeles. El graznido de la bandada de estorninos, sobrevolando los tejados, me ha anunciado el momento exacto de la aurora. Entonces, he recordado cuántos instantes felices he arrancado a aquel triste tiempo de tinieblas, a golpe de amaneceres sobre el mar. Apoyada sobre el murete de la azotea, encogida de frío la mayor parte de las veces, esperaba ansiosa la luz venida de Oriente. Con ella me dejaba transportar a un leve Paraíso teñido de púrpura y perfumado de jazmines. Porque es al alba cuando los jazmines despliegan con mayor fuerza su aroma.

La dicha es así, fugaz y transparente como los colores de la madrugada.

Sonrío al descubrir algunas anotaciones entre mis papeles. Viene a mi memoria una cita de aquella época de lúbricos encuentros en la distancia. Un compañero de chat, con el que nunca tuve demasiadas confianzas, dice que mi lugar de residencia le pilla de camino en su ruta de viaje de negocios. Algo inusual, pues yo vivo alejada de toda ruta mercantil. Acepto su invitación para tomar el aperitivo y conocernos.

No nos habíamos visto ni en foto, pero superamos el impacto visual muy bien. Finales de primavera, y la terraza del restaurante era muy acogedora. Durante el aperitivo me pidió que comiera con él. Volví a aceptar. La verdad es que no tenía nada mejor que hacer y nos acompañaba el tiempo, el paisaje y la conversación no me aburría. Salvo por algunas puntualizaciones mías, era él quién más hablaba. Le observaba tratando de sacar conclusiones. No estaba mal. Señor maduro, agradable y aceptablemente cultivado. Me atraen los hombres maduros. Incluso aquellos que podrían ser mi padre. Para mi gusto era algo ostentoso. El coche, su ropa, el reloj. Un vino excesivo. Esa elección no me causó buena impresión. Pretendió impresionarme más con el precio que con el paladar y le salió el tiro por la culata. A partir de ese momento, agudicé el análisis de cada uno de sus gestos y sus palabras. A esas alturas del encuentro, ya estaba claro que me deseaba. No era necesario que me lo dijera. Cualquier mujer, con un mínimo de olfato, huele las intenciones sexuales de un hombre. Quedaba averiguar de qué forma me deseaba.

Empezaba a cansarme su falta de modestia. Había llegado el momento de dejar atrás la complaciente compostura femenina. Así que fue un pequeño y pérfido placer sorprenderle con el nombre exacto de la capital de Bhután cuando trató de dejarme con la boca abierta con el relato de otro de sus viajes por países exóticos, como si las mujeres no tuviéramos nociones de geografía. O mejor dicho, aquellas mujeres que, bajo sus parámetros, éramos deseables. Ahora era yo quién dirigía la conversación. Salió el tema de nuestro lugar común: el chat de Sado. Hablamos de nuestras preferencias eróticas. Él era dominante, claro está. Hasta ponía cara de Amo, no fuera yo a dudarlo. Por fin empezaba a aclararse el panorama de sus expectativas. Prácticamente, había decidido que no tenía nada que hacer conmigo, pero quedaba darle la puntilla y dictar sentencia definitiva. Tengo apego a la justicia.

Era aficionado a la cría de caballos de pura raza española. Aún recuerdo cómo se le llenó la boca de babas cuando pronunció PURA raza. Eso me produjo un repelús terrible. Con ese detalle ya tenía suficiente para mandarle al cadalso de la indiferencia, pero quise ser lo más objetiva posible. Esa afición suya la había extrapolado a sus juegos libidinosos, por lo que gustaba adiestrar a sus amantes como devotas yeguas. Me pareció de cierta originalidad.

Llegó la hora de la interrogación clave. Le pregunté por su mujer y si con ella no compartía esas pasiones de alcoba. Me respondió que no, ¡por dios!, cómo iba a practicar con ella semejantes inclinaciones. Que, vamos, ni se lo quería imaginar. Con la madre de sus hijos ni por asomo se le pasaba por la cabeza. La sola idea de que su sagrada esposa le pudiera corresponder le daba aversión. No, no, no hubiera podido casarse con alguien así. Gélida como un liquen, le dejé explayarse. Dejé que se ahorcara él solito.

Ya no quise postre. Mi único deseo era volver a mi casa. Alejarme de ese jodido cerdo. Se sorprendió por mis prisas. El señor de los viajes exóticos y la cría de caballos de PURA raza, no tenía ni puñetera idea de porqué me moría por irme. Eso fue lo más triste. Así que no me quedó más remedio que aclararle que no acostumbraba a frecuentar hombres de tan baja estofa… Y me largué.

Me quedé con ganas de escupirle en la cara. Mi madre me enseñó que eso está muy feo. ¡Maldita educación!

  • Fotografía: Helmut Newton

El cartero (y Pablo Neruda) - 1995 - Michael Radford


* Escena de El cartero (y Pablo Neruda)
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Ficha de la película:
Título original: Il postino
Año: 1995
País: Italia
Director: Michael Radford
Guión: Michael Radford, Massimo Troisi, Anna Pavignano, Furio Scarpelli, Giacomo Scarpelli (Novela: Antonio Skármeta)
Música: Luis Enríquez Bacalov (AKA Luis Enrique Bacalov)
Fotografía: Franco di Giacomo
Reparto: Philippe Noiret, Massimo Troisi, María Grazia Cucinotta, Linda Moretti, Renato Scarpa, Anna Bonaiuto, Mariano Rigillox
Género: Comedia dramática

Sinopsis: Mario es un hombre sencillo que acepta un empleo de cartero. Su trabajo consiste en llevar el correo a un único destinatario, el poeta chileno Pablo Neruda que vive exiliado en aquel lugar. Mario se siente fascinado por la figura de Neruda y entre los dos hombres irá creciendo una gran amistad.

Sincera y tierna película que consigue conectar dos mundos, aparentemente distantes, representados por una figura del mundo de la literatura y por un modesto cartero del sur de Italia. Neruda enseña al cartero a usar la metáfora como herramienta de seducción y recibe de éste un oportuno aliento vital en su resignado exilio. (Rufo Pajares: FILMAFFINITY)

1 Oscar: mejor banda sonora drama. 5 nominaciones (película, actor, director, guión adaptado, banda sonora)
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Hubiera colgado otro fragmento de la película, pero estaba subtitulado en una lengua que no he identificado. Os dejo el enlace por si alguien quiere echarle un vistazo. Está en V.O. (en italiano) y, aunque hablan con algo de dialecto del sur, se entiende bastante bien. La síntesis de ese pasaje es que Mario, el cartero, seduce a Beatriz (la chica de la taberna) con versos de Neruda y éste se entera.


Después (esta parte ya no se ve), Neruda le recrimina por haber usado sus poemas. Y Mario le contesta:

- La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.-

¿No es genial?

Es una película repleta de belleza que, sin grandes despliegues escénicos, conmueve. Una película para ver en esos días en los que uno no tiene ganas de complicaciones ni de excesos.