La Pianista [Elfriede Jelinek]

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[Fragmento]

Erika K. corrige el Bach, hace enmiendas en torno a él. Su alumno deja caer la mirada fija sobre sus manos agarrotadas. La profesora mira a través de él, pero al otro lado no encuentra más que un muro en el que cuelga la mascarilla mortuoria de Schumann. Un instante fugaz siente el deseo de coger la cabeza del alumno por el cabello y lanzarlo con fuerza contra el interior del vientre del piano, hasta que las sangrientas entrañas repletas de cuerdas salpiquen con estruendo por encima de la cubierta. El Bösendorfer no dará ni un sólo sonido más. El deseo cruza veloz por la cabeza de la profesora y desaparece sin causar daño

El alumno promete que mejorará aunque le cueste mucho tiempo

Erika espera que así sea y pide el Beethoven. El alumno aspira impúdicamente a conseguir elogios, aun cuando no es tan vanidoso como el señor Klemmer, cuyas bisagras chirrían sin parar de tanto empeño

En los escaparates del cine Metro sigue intacta la carne rosada en todas sus formas, versiones y precios. Se muestra exuberante y se desborda porque Erika K. no puede hacer guardia. El precio de las butacas no es fijo, delante es más barato que atrás, aun cuando delante se está más cerca y quizá se vea mejor el interior del cuerpo

Una de las mujeres se introduce las larguísimas uñas pintadas de un color rojo sangriento, la otra, en cambio, se introduce un objeto agudo, es una fusta. Se hace una marca en la carne y demuestra al espectador quién es el amo y quién no; también el espectador se siente como un amo. Erika siente la penetración. La sitúa enfáticamente en su lugar de espectadora. El rostro de una de las mujeres se llega a desfigurar de placer; el hombre sólo puede ver en su expresión cuánto placer le provoca y cuánto placer se pierde. El rostro de otra mujer en la pantalla se desfigura por el dolor; acaba de ser golpeada, aunque sólo suavemente. La mujer no puede manifestar de forma material el placer que siente, de ahí que el hombre deba atenerse del todo a sus indicaciones específicas. Él registra el placer que se manifiesta en su rostro. La mujer se contrae para no ser un objetivo fácil. Tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sobre la nuca. Cuando no cierra los ojos, por momentos puede volcarlos hacia atrás. Mira al hombre sólo de vez en cuando; de ahí que los esfuerzos masculinos sean tanto más arduos, dado que no puede superar su rendimiento en función de la expresión del rostro y, de este modo, ir acumulando puntos. De tanto placer, la mujer no ve al hombre. Los árboles le impiden ver el bosque. Sólo mira al interior de sí misma. El hombre, este perito mecánico, trabaja en el coche averiado, en la maquinaria femenina. En general, en las películas pornográficas se trabaja mucho más que en las películas sobre el mundo laboral

Erika tiene experiencia en observar a personas que se esfuerzan con tesón en alcanzar algún objetivo. En este sentido, las grandes diferencias entre la música y el placer resultan más bien irrelevantes

La naturaleza no es algo que Erika busque con afán; jamás va de paseo al bosque, donde otros artistas se dedican a renovar casas de campo

Jamás hace excursiones a la montaña. Jamás se zambulle en un lago

Jamás se tiende en la playa. Jamás practica el esquí. El hombre acumula orgasmos con avidez hasta dejarse caer lleno de sudor en el mismo lugar de donde había partido. Por hoy ha elevado considerablemente el estado de su cuenta. Hace ya bastante tiempo que Erika vio esta película, dos veces, en un cine de los suburbios, donde nadie la conoce (salvo la mujer de la taquilla, quien la saluda como a una distinguida señora). No la vería más veces porque prefiere platos más fuertes en lo referente a la pornografía. Estos bellos ejemplares del género humano en el cine del centro de la ciudad actúan sin ningún tipo de dolor y sin la posibilidad de sentir dolor. Todo es plástico. En sí mismo el dolor no es más que una consecuencia del deseo de placer, de destrucción, de aniquilamiento y, en su forma más sublime, una forma de placer. Erika sobrepasaría gustosa el límite de una muerte violenta. En los suburbios follan con torpeza y es más probable que se hagan daño unos a otros, que haya todo un decorado teatral en torno al dolor. Estos lastimosos y maltrechos actores de pornografía de tercera categoría trabajan con mucho más empeño, además, agradecen más la posibilidad de participar en una verdadera película. Han sufrido daños, su piel presenta manchas, espinillas, cicatrices, arrugas, celulitis, rollos de grasa. El cabello mal teñido

Sudor. Pies sucios. En las películas con más pretensiones estéticas, en cines de más categoría, se ve casi únicamente la superficie del hombre y de la mujer. Ambos ejemplares están cubiertos de una piel sintética que garantiza la ausencia de suciedad, es resistente a los ácidos, a los golpes, a la temperatura. Además, en la pornografía barata la codicia con la que el hombre penetra en el cuerpo de la mujer es más evidente

La mujer no habla y, cuando lo hace, ¡más!, ¡más! Con ello se agota el diálogo, pero no el hombre, que se esmera, está ansioso, se concentra y tiene un orgasmo tras otro

Aquí, en la pornografía suave, todo se reduce a lo exterior. Esto no es suficiente para Erika, esta mujer de gustos refinados, porque ella quiere escudriñar hasta en sus raíces a estos individuos que se agarran uno al otro, qué hay detrás de todo esto, qué obnubila de tal forma los sentidos para que todos quieran hacerlo o al menos verlo. Un vistazo al interior del vientre no da más que una explicación insatisfactoria y deja muchas interrogantes. Es imposible abrirles el vientre a estas gentes para extraerles hasta el último detalle de sus entrañas. En las películas de mala muerte se ven más profundidades en lo que se refiere a la mujer. En cuanto al hombre, no es posible penetrar tan adentro. Pero nadie llega a verlo todo hasta en sus últimas consecuencias; incluso si se le abriera el vientre a la mujer, no se verían más que los intestinos y los órganos de su cuerpo. El hombre activo manifiesta incluso físicamente un crecimiento hacia fuera. Al final ofrece el resultado esperado, o no lo ofrece, pero, si lo hace, puede ser examinado públicamente y su autor se siente satisfecho del valioso producto de su cuerpo

El hombre debe tener la sensación de que la mujer le oculta algo decisivo en cuanto al desorden de sus órganos, piensa Erika

Precisamente lo que oculta, estos últimos resquicios, incita a Erika a buscar constantemente lo nuevo, lo más profundo, lo prohibido. Ella anda siempre detrás de una perspectiva nueva e insospechada. Su cuerpo jamás ha delatado sus misterios, ni siquiera en la posición con las piernas abiertas frente al espejo de afeitar, ¡ni a su propietaria! Del mismo modo, los cuerpos en la pantalla lo contienen todo: tanto para el hombre que quiere echar un vistazo a la oferta en el mercado de las mujeres, aquello que él aún no conoce, como también para Erika, la observadora hermética

Hoy el alumno de Erika es humillado y, de este modo, castigado

Erika cruza las piernas con desenfado y hace un comentario cargado de sarcasmo sobre la interpretación a medio guisar de Beethoven. Más no hace falta, el alumno está a punto de llorar

Esta vez ni siquiera le parece oportuno interpretar ella el pasaje a que se refiere. Por hoy no sacará nada más de su profesora de piano. Si no se da cuenta por sí mismo de sus errores, ella no le puede ayudar
.../...

de Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004)

Traducción: Pablo Diener Ojeda
  • Fotografía: Man Ray

Premio UNICEF - Mejor fotografía del año

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La imagen de Ghulam, una niña afgana de 11 años, sentada junto a su marido, de 40, captada por la fotógrafa estadounidense Stephanie Sinclair, fue elegida ayer en Berlín como mejor fotografía del año por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). La instantánea, que fue distinguida entre otras 1.230 imágenes, forma parte de una serie de retratos de matrimonios forzados que Sinclair realizó durante dos años en Afganistán, Etiopía y Nepal, países en los que es habitual que las familias casen a sus hijos adolescentes. El Unicef estima que cerca de 60 millones de mujeres que hoy tienen entre 20 y 24 años fueron obligadas a casarse antes de llegar a la mayoría de edad. En Afganistán, aproximadamente la mitad de las chicas contraen matrimonio antes de cumplir los 18 años. La fotógrafa premiada relató que la familia de Ghulam decidió venderla a su marido para poder alimentar al resto de sus hijos, aunque añadió que "se sentían avergonzados" por ello. Stephanie Sinclair explicó que la idea del reportaje surgió de un trabajo anterior sobre mujeres que se suicidaban prendiéndose fuego, muchas de las cuales eran niñas cuando fueron entregadas a sus maridos.
[…]

Fuente: El Periódico de Catalunya (18 de diciembre de 2007)
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para el The New York Times, de la serie "novias infantiles"

Soneto de la dulce queja (F. García Lorca)

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Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

Federico García Lorca

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Jan Saudek - La carga (1987)

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Fotografía en blanco y negro, coloreada a mano.
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Jan Saudek, fotógrafo checo (Praga 1935), destaca por su increíble fuerza creadora. Para mí es uno de los grandes. Su obra, tanto en blanco y negro como en color, tiene un sello personal inconfundible. Algunas miradas mediocres le han catalogado como “kitsch”, posiblemente por sus abigarradas creaciones. Yo diría que es un oscuro e inquietante transgresor, con una carga erótica muy peculiar. A veces, muy onírico, pero también refleja la cruda realidad con un sarcasmo negro. Detrás de sus imágenes, no falta la ternura. Juega, a menudo, con dualidades e imágenes contrapuestas. Una de sus características técnicas más destacadas es que no trabaja con películas en color, sino que colorea a mano los revelados. De ahí esos tonos irreales.

Dada su prolífica y variada obra, es muy difícil destacar una pieza. Hoy me apetecía mostrar esta de “La carga”. Me resulta especialmente expresiva e, incluso, irónica. Y me encanta cómo la ha tintado. Existe otra réplica en tonos sepia.

Para quien quiera ahondar más en su obra, aquí dejo su página web:

Una respuesta serena

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Fotografía de Guy Lemaire

Madrugada cálida de otoño. En su casa de playa.

Siempre que podía, Omega venía a mi encuentro y me llevaba unos días a su casa junto al mar. La sensación era de un rapto transitorio. Un rapto reparador y oscuro. Una catarsis. Sabía hacer magia. Dosificaba de tal manera el placer que cuando le llegaba el turno al dolor, éste terminaba por diluirse hasta casi desaparecer en las espesas brumas del goce húmedo e indescriptible.

Omega cuidaba todos los detalles. Las luces tenues. Los fondos negros sobre los que destacar la carne y cada una de sus expresiones. Imágenes, sin sonido, de cuerpos embutidos en látex, revolcándose, en el televisor. Rock gótico y tenebroso en estéreo. Era un esteta pulcro y exigente. Un vampiro. De día, un señor maduro y elegante, de traje impecable, corbata de seda y pelo engominado. Al caer el sol, emergía el monstruo. Una criatura que se alimentaba de flujos vaginales, arrancados a golpe de orgasmos, de dolor y de sangre. Su apetito parecía no tener fin. No era su mirada lo que daba miedo, sino tu propio reflejo en sus pupilas. Un espejo capaz de precipitarte en una ciénaga profunda e innombrable. Por eso yo, me dejaba caer en sus brazos con los párpados cerrados. No quería verme en sus ojos. No quería saber de mí.

Aquel día, nos habíamos abandonado sobre la mullida alfombra, recubierta de raso negro, desde el ocaso hasta bien entrada la madrugada. Como era habitual, una sesión de sexo y pasiones prohibidas, larga y extenuante. Omega, siempre tan atento, había preparado un té con ese familiar aroma de vainilla que me retrotraía a la primera vez. Desde entonces, habían pasado algunos años, en el transcurso de los cuales se había solidificado una buena amistad.

Y ahí estábamos, recuperándonos de nuestro intenso viaje al mundo de los sentidos, degustando el humeante té y conversando. Cada uno en un sofá, distantes y tan próximos a la vez. Él fumando parsimonioso su pipa y yo aspirando el humo de un ansiado cigarrillo. Hablábamos sobre sus amantes-perras, sus nuevas conquistas, mis amantes-perros, mis logros en la dominación. Amordazábamos los celos como dos seres civilizados. Esbozábamos proyectos comunes en los que no terminábamos de ponernos de acuerdo. Hablábamos de arte: pintura, nuevas exposiciones, nuestros fotógrafos preferidos, me recomendaba películas, compartíamos nuestra voracidad voyeur… Entre medias, le pregunté por mis progresos en el dolor. Y entonces él me miró con esa media sonrisa de maestro extremadamente paciente y me repitió una vez más que no acababa de abandonarme, que sí, que en todo este tiempo había mejorado, y que sería más feliz si me decidiera de una vez por todas. Siempre exquisito, no mencionó mi cobardía, no hizo odiosas comparaciones. No era necesario. En parte, conocía las proezas de sus amantes-perras y, en parte, las intuía. Mis migajas no eran comparables con las ofrendas de las más perras de entre sus amantes. Bien que lo sabía. A mi favor, una constatación irrefutable: nuestra tremenda química sexual, capaz de ensombrecer algunas de las entregas más abyectas. Pero, esa madrugada, insatisfecha con sus respuestas, quise hurgar más allá de la frontera e insistí con una pregunta:

-A ver, dime algo que me humillaría. Que me humillaría de verdad.-

Se giró hacia mí y con una perversa serenidad me respondió:

-Cagarte en la boca.-

Portero de Noche (1973) - Liliana Cavani



* Escena de Portero de Noche
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Ficha de la película:
Título original: Il portiere di notte
Año: 1973
País: Italia
Director: Liliana Cavani
Guión: Liliana Cavani & Italo Moscati
Música: Danièle Paris
Fotografía: Alfio Contini
Reparto: Charlotte Rampling, Dirk Bogarde, Philippe Leroy, Gabriele Ferzetti, Piero Vidal, Nora Ricci, Isa Miranda, Giuseppe Addobbati
Género: Drama

Sinopsis: Una mujer judía que, durante la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas una adolescente, estuvo en un campo de concentración, se reencuentra trece años después con el oficial nazi que solía abusar sexualmente de ella cuando estaba cautiva. Ambos coinciden en un lujoso hotel de Viena, donde él trabaja como portero. La dolorosa experiencia pasada desencadenará una relación sadomasoquista entre ellos. (FILMAFFINITY)

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Me encanta esta película, su estética, su trama, la complejidad del alma humana… el oscuro mundo del deseo. El amor no es siempre de color rosa. A veces, es más negro que una noche sin luna. Portero de noche es de esas películas que hay que volver a ver de tanto en tanto.
El poster es de colección. Fantástico.

Pablo Picasso - Minotauro acariciando a una mujer dormida

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(Museo Nacional Reina Sofía - Madrid)
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Ficha técnica:
Título: Minotauro acariciando a una mujer dormida (de la serie Suite Vollard)
Fecha creación: 1933
Dimensiones: 34 x 44,5 cm
Técnica y materiales: Aguafuerte/punta seca sobre papel verjurado de Montval

Picasso se autorretrata como el Minotauro, inclinado sobre su amante (en esa época, Marie-Therèse Walter). Un grabado que expresa con brutal fuerza erótica la humanidad del monstruo y la animalidad del hombre. Picasso aseguró que el monstruo: "La está estudiando, intentando leer sus pensamientos, tratando de averiguar si ella le ama porque es un monstruo… Es difícil afirmar si quiere despertarla o matarla".

El artista recurre frecuentemente al Minotauro –su alter ego- para representar sus turbulencias interiores y sus contradicciones. Su deseo feroz de hombre y de animal. A Picasso le gustaba explorar los límites de la sexualidad. No sólo quería satisfacer sus deseos sexuales, sino elevarse entregándose a aquello que la cultura prohibía. Bataille estaba fascinado por la unión de sexualidad, transgresión y trascendencia que experimentaba Picasso. Según Bataille, "Picasso descubría el sentimiento de violencia elemental que inflamaba cada manifestación erótica. Por esencia, el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación...".

Es uno de los grabados de Picasso que más me gustan. Contiene una tensión sexual inquietante, oscura, a punto de desbordarse más allá del papel.

He querido inaugurar esta sección con Picasso, porque para mí es el genio por antonomasia –no es el único, sin duda-. Su obra jamás me deja indiferente. Desde lo más clásico a lo más expresionista y experimental, me apasiona.
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*En el Museo Picasso de Málaga se expone un grabado de la misma serie y el mismo motivo: "Minotauro acariciando con el hocico la mano de una mujer dormida".

Elogio al infierno de una dama (Bukowski)

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Algunos perros que duermen a la noche
deben soñar con huesos
y yo recuerdo tus huesos
en la carne
o mejor
en ese vestido verde oscuro
y esos zapatos de taco alto
negros y brillantes,
siempre puteabas cuando
estabas borracha,
tu pelo se resbalaba de tu oreja
querías explotar
de lo que te atrapaba:
recuerdos podridos de un
pasado
podrido, y
al final
escapaste
muriendo,
dejándome con el
presente
podrido.
hace 28 años
que estás muerta
y sin embargo te recuerdo
mejor que a cualquiera
de las otras
fuiste la única
que comprendió
la futilidad del
arreglo con la vida.
las demás sólo estaban
incómodas con
segmentos triviales,
criticaban
absurdamente
lo pequeñito:
Jane, te
asesinaron por saber
demasiado.
vaya un trago
por tus huesos
con los que
este viejo perro
sueña
todavía.


Charles Bukowski
(Traducción: Federico Ludueña)

De la tentación a la seducción...


Día soleado en el exilio. Los elementos confabulados para darte un paseo a orillas del mar. Me rebelo a la invitación. Me rebelo al paisaje de playa. A lo mejor es porque lo tengo demasiado cerca. O, a lo mejor, es porque he de compartirlo con transeúntes en zapatillas de deporte, ejercitando cuerpos en aras de la longevidad, que te interrumpen el horizonte azul intenso cuando te estás perdiendo en él.

Me quedo aquí. Contemplo otros horizontes. Los blog’s
configuran un paisaje que no parece tener fin, abigarrado y caótico. Fascinante. Hurgas en otras vidas. En fragmentos de vidas. Vidas, no como son, sino como queremos que parezcan. Tal vez, más nuestras que las nuestras propias. Gritos insonoros como cantos de sirena.

Me resistía. La idea de un blog me daba urticaria. Era tan cómoda la lectura anónima, sin compromiso, sin reciprocidad. Pasa el tiempo y te das cuenta que un blog no es necesariamente como un diario. No tienes que estar contando tus cosas como si confesaras disciplinadamente. Dices lo que quieres o, mejor dicho, dices lo que quieres que oigan. Al final, caigo en la tentación como cualquiera. Decía Oscar Wilde: “la mejor forma de vencer una tentación es caer en ella.” Y me temo que voy a caer en más tentaciones de las previsibles. Incluso en algunas de las que renegaba.

Me propuse un canto solitario y lúbrico. Como quien se tumba en una chaise longe y suelta por esa boquita cuanto de inconfesable se le ocurre. A tu lado, en la sombra, tienes a un desconocido que traga con todo, haciéndose el indolente. La asepsia del oyente anónimo me atraía. Luego te das cuenta que te engañas. Estás seduciendo a ese tipo.
... X
  • Fotografía: Helmut Newton

Masauda [Abdelhak Serhane]

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[Fragmento]

En el principio eran las tinieblas. Y en el principio mis dedos habían trazado la silueta de una mujer desposeída: Mesauda. Dos líneas paralelas mal trazadas, una línea transparente y un círculo negro mal cerrado con unas manchas indefinidas.

Mesauda una mujer. Mesauda un hombre. Mesauda un animal. Era todo eso a la vez; hermafrodita solitaria con el sexo tatuado por los murciélagos. El silencio fluía entre sus piernas y el sueño tomaba forma. La abuela decía de ella que era la herida del tiempo y la bacía de los adultos, que se divertían penetrándola con sus dedos y haciéndole cosquillas en sus senos extenuados. Era uno de esos seres lamentables que sufren y aceptan su destrucción. El sueño febril, acechado por los adultos desquiciados, en el desorden de nuestra mirada confiscada a nuestro vértigo, a nuestra juventud claudicante; ellos manifestaban en ella la embriaguez de su deplorable delirio: hombres incapaces de controlar el estallido de su euforia.

Los demás dormíamos en el sueño de sus sombras; testigos de secuencias disonantes de una vida deshilachada, suspendida de las agujas de un silencioso reloj de péndulo.

A veces gritaba y daba alaridos, pero terminaba siempre dejando escapar de su boca desdentada una desabrida risa y enseñando el trasero a la gente, mientras que algunos adultos la toqueteaban por debajo de sus harapos. Teníamos alucinaciones y nuestros dedos se estrechaban más aún alrededor de nuestro sexo. Era más fuerte que nosotros.

A veces, los adultos se divertían desnudándola o arrancándole los pelos del bajo vientre para ponerla fuera de sí, y lograban hacerla gritar. Entonces se escapaba llorando, perseguida por los dedos peludos y la risa cómplice de nuestros mayores. No se había detenido aún, cuando ya otras manos la habían atrapado y la penetraban otros dedos. Un líquido sucio chorreaba siempre entre sus piernas y los dedos seguían extraviándose en sus dédalos.

Nosotros, los niños, mirábamos acariciándonos el sexo, buscando un rostro o una grieta.

Así fue como aprendimos lo que era la vida, con todo lo que tiene de alegre y violento a la vez. Esa vida, que habíamos conocido muy pronto, y del lado malo, iba a dejar su huella en nuestra memoria. Todos habíamos conocido la misma llamada y el mismo grito. Más tarde, esas dos voces iban a estallar con fuerza y dispersarse en nosotros, alrededor nuestro, para dejar sitio a nuevas mentiras y contradicciones.

Mesauda entraba en todas las casas pero ninguna le pertenecía. Las mujeres esperaban su paso. En cuanto dejaban los cubos de agua llenos en Titahcen, le pedían que contara sus dolores. Formaban un corro alrededor de ella:

- ¡Cuenta! ¿Qué te han hecho hoy?

Entonces se sumía en una difícil explicación. Su lengua, cual bola de fuego, recorría la boca en busca de algunas palabras abandonadas. Sus brazos se agitaban en el vacío con gestos vagos y desordenados. Las mujeres reían. Las jóvenes escuchaban. Sus fantasmas se reunían con los nuestros en una simulada complicidad. Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna, y también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.
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Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

El sol reinaba sobre la cumbre del Akechmir y nuestro ojos estallaban como pompas de jabón al acercarse a las tinieblas y a la carne. Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia. Los dedos se pegaban y aspirábamos con orgullo el olor de nuestra obra. Nuestra manos se parecían entonces, poco más o menos, a las de las personas mayores, regadas en las ciénagas de Mesauda, y nos sentíamos orgullosos.

[...]

De vuelta a casa, me encerraba en el retrete, sacaba mi sexo miserable y me empecinaba en devolverlo a la vida; tenía prisa por hacerme hombre. Además, nos habían enseñado que el valor de un hombre se mide por el peso de sus testículos. Cuando lo soltaba, se volvía jadeante; un verdadero pingajo. Todas las miserias del mundo se reunían en mí. Buscaba entonces una regla. Ningún progreso. Era igual a mi desesperación de hombre inacabado.

"Dios nos ha creado a todos iguales", afirmaba mi padre. Yo sabía que eso era mentira, porque no todo el mundo tenía acceso a Mesauda: usufructo de los adultos, que nos obsequiaban con una lección de moral en una herida nueva.

Mesauda, la andrógina negra, era la sofocante conciencia de la desigualdad social, la injuria hecha a la palabra de Dios y nosotros éramos la ironía de una vida sin alegría, determinada por la fatalidad.


de Abdelhak Serhane
(Traducción: Inmaculada Jiménez Morell)

  • Fotografía: Korey Birand