Una respuesta serena

,
Fotografía de Guy Lemaire

Madrugada cálida de otoño. En su casa de playa.

Siempre que podía, Omega venía a mi encuentro y me llevaba unos días a su casa junto al mar. La sensación era de un rapto transitorio. Un rapto reparador y oscuro. Una catarsis. Sabía hacer magia. Dosificaba de tal manera el placer que cuando le llegaba el turno al dolor, éste terminaba por diluirse hasta casi desaparecer en las espesas brumas del goce húmedo e indescriptible.

Omega cuidaba todos los detalles. Las luces tenues. Los fondos negros sobre los que destacar la carne y cada una de sus expresiones. Imágenes, sin sonido, de cuerpos embutidos en látex, revolcándose, en el televisor. Rock gótico y tenebroso en estéreo. Era un esteta pulcro y exigente. Un vampiro. De día, un señor maduro y elegante, de traje impecable, corbata de seda y pelo engominado. Al caer el sol, emergía el monstruo. Una criatura que se alimentaba de flujos vaginales, arrancados a golpe de orgasmos, de dolor y de sangre. Su apetito parecía no tener fin. No era su mirada lo que daba miedo, sino tu propio reflejo en sus pupilas. Un espejo capaz de precipitarte en una ciénaga profunda e innombrable. Por eso yo, me dejaba caer en sus brazos con los párpados cerrados. No quería verme en sus ojos. No quería saber de mí.

Aquel día, nos habíamos abandonado sobre la mullida alfombra, recubierta de raso negro, desde el ocaso hasta bien entrada la madrugada. Como era habitual, una sesión de sexo y pasiones prohibidas, larga y extenuante. Omega, siempre tan atento, había preparado un té con ese familiar aroma de vainilla que me retrotraía a la primera vez. Desde entonces, habían pasado algunos años, en el transcurso de los cuales se había solidificado una buena amistad.

Y ahí estábamos, recuperándonos de nuestro intenso viaje al mundo de los sentidos, degustando el humeante té y conversando. Cada uno en un sofá, distantes y tan próximos a la vez. Él fumando parsimonioso su pipa y yo aspirando el humo de un ansiado cigarrillo. Hablábamos sobre sus amantes-perras, sus nuevas conquistas, mis amantes-perros, mis logros en la dominación. Amordazábamos los celos como dos seres civilizados. Esbozábamos proyectos comunes en los que no terminábamos de ponernos de acuerdo. Hablábamos de arte: pintura, nuevas exposiciones, nuestros fotógrafos preferidos, me recomendaba películas, compartíamos nuestra voracidad voyeur… Entre medias, le pregunté por mis progresos en el dolor. Y entonces él me miró con esa media sonrisa de maestro extremadamente paciente y me repitió una vez más que no acababa de abandonarme, que sí, que en todo este tiempo había mejorado, y que sería más feliz si me decidiera de una vez por todas. Siempre exquisito, no mencionó mi cobardía, no hizo odiosas comparaciones. No era necesario. En parte, conocía las proezas de sus amantes-perras y, en parte, las intuía. Mis migajas no eran comparables con las ofrendas de las más perras de entre sus amantes. Bien que lo sabía. A mi favor, una constatación irrefutable: nuestra tremenda química sexual, capaz de ensombrecer algunas de las entregas más abyectas. Pero, esa madrugada, insatisfecha con sus respuestas, quise hurgar más allá de la frontera e insistí con una pregunta:

-A ver, dime algo que me humillaría. Que me humillaría de verdad.-

Se giró hacia mí y con una perversa serenidad me respondió:

-Cagarte en la boca.-

Portero de Noche (1973) - Liliana Cavani



* Escena de Portero de Noche
.
Ficha de la película:
Título original: Il portiere di notte
Año: 1973
País: Italia
Director: Liliana Cavani
Guión: Liliana Cavani & Italo Moscati
Música: Danièle Paris
Fotografía: Alfio Contini
Reparto: Charlotte Rampling, Dirk Bogarde, Philippe Leroy, Gabriele Ferzetti, Piero Vidal, Nora Ricci, Isa Miranda, Giuseppe Addobbati
Género: Drama

Sinopsis: Una mujer judía que, durante la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas una adolescente, estuvo en un campo de concentración, se reencuentra trece años después con el oficial nazi que solía abusar sexualmente de ella cuando estaba cautiva. Ambos coinciden en un lujoso hotel de Viena, donde él trabaja como portero. La dolorosa experiencia pasada desencadenará una relación sadomasoquista entre ellos. (FILMAFFINITY)

◊ ◊ ◊

Me encanta esta película, su estética, su trama, la complejidad del alma humana… el oscuro mundo del deseo. El amor no es siempre de color rosa. A veces, es más negro que una noche sin luna. Portero de noche es de esas películas que hay que volver a ver de tanto en tanto.
El poster es de colección. Fantástico.

Pablo Picasso - Minotauro acariciando a una mujer dormida

.
(Museo Nacional Reina Sofía - Madrid)
.

Ficha técnica:
Título: Minotauro acariciando a una mujer dormida (de la serie Suite Vollard)
Fecha creación: 1933
Dimensiones: 34 x 44,5 cm
Técnica y materiales: Aguafuerte/punta seca sobre papel verjurado de Montval

Picasso se autorretrata como el Minotauro, inclinado sobre su amante (en esa época, Marie-Therèse Walter). Un grabado que expresa con brutal fuerza erótica la humanidad del monstruo y la animalidad del hombre. Picasso aseguró que el monstruo: "La está estudiando, intentando leer sus pensamientos, tratando de averiguar si ella le ama porque es un monstruo… Es difícil afirmar si quiere despertarla o matarla".

El artista recurre frecuentemente al Minotauro –su alter ego- para representar sus turbulencias interiores y sus contradicciones. Su deseo feroz de hombre y de animal. A Picasso le gustaba explorar los límites de la sexualidad. No sólo quería satisfacer sus deseos sexuales, sino elevarse entregándose a aquello que la cultura prohibía. Bataille estaba fascinado por la unión de sexualidad, transgresión y trascendencia que experimentaba Picasso. Según Bataille, "Picasso descubría el sentimiento de violencia elemental que inflamaba cada manifestación erótica. Por esencia, el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación...".

Es uno de los grabados de Picasso que más me gustan. Contiene una tensión sexual inquietante, oscura, a punto de desbordarse más allá del papel.

He querido inaugurar esta sección con Picasso, porque para mí es el genio por antonomasia –no es el único, sin duda-. Su obra jamás me deja indiferente. Desde lo más clásico a lo más expresionista y experimental, me apasiona.
.
*En el Museo Picasso de Málaga se expone un grabado de la misma serie y el mismo motivo: "Minotauro acariciando con el hocico la mano de una mujer dormida".

Elogio al infierno de una dama (Bukowski)

.
Algunos perros que duermen a la noche
deben soñar con huesos
y yo recuerdo tus huesos
en la carne
o mejor
en ese vestido verde oscuro
y esos zapatos de taco alto
negros y brillantes,
siempre puteabas cuando
estabas borracha,
tu pelo se resbalaba de tu oreja
querías explotar
de lo que te atrapaba:
recuerdos podridos de un
pasado
podrido, y
al final
escapaste
muriendo,
dejándome con el
presente
podrido.
hace 28 años
que estás muerta
y sin embargo te recuerdo
mejor que a cualquiera
de las otras
fuiste la única
que comprendió
la futilidad del
arreglo con la vida.
las demás sólo estaban
incómodas con
segmentos triviales,
criticaban
absurdamente
lo pequeñito:
Jane, te
asesinaron por saber
demasiado.
vaya un trago
por tus huesos
con los que
este viejo perro
sueña
todavía.


Charles Bukowski
(Traducción: Federico Ludueña)

De la tentación a la seducción...


Día soleado en el exilio. Los elementos confabulados para darte un paseo a orillas del mar. Me rebelo a la invitación. Me rebelo al paisaje de playa. A lo mejor es porque lo tengo demasiado cerca. O, a lo mejor, es porque he de compartirlo con transeúntes en zapatillas de deporte, ejercitando cuerpos en aras de la longevidad, que te interrumpen el horizonte azul intenso cuando te estás perdiendo en él.

Me quedo aquí. Contemplo otros horizontes. Los blog’s
configuran un paisaje que no parece tener fin, abigarrado y caótico. Fascinante. Hurgas en otras vidas. En fragmentos de vidas. Vidas, no como son, sino como queremos que parezcan. Tal vez, más nuestras que las nuestras propias. Gritos insonoros como cantos de sirena.

Me resistía. La idea de un blog me daba urticaria. Era tan cómoda la lectura anónima, sin compromiso, sin reciprocidad. Pasa el tiempo y te das cuenta que un blog no es necesariamente como un diario. No tienes que estar contando tus cosas como si confesaras disciplinadamente. Dices lo que quieres o, mejor dicho, dices lo que quieres que oigan. Al final, caigo en la tentación como cualquiera. Decía Oscar Wilde: “la mejor forma de vencer una tentación es caer en ella.” Y me temo que voy a caer en más tentaciones de las previsibles. Incluso en algunas de las que renegaba.

Me propuse un canto solitario y lúbrico. Como quien se tumba en una chaise longe y suelta por esa boquita cuanto de inconfesable se le ocurre. A tu lado, en la sombra, tienes a un desconocido que traga con todo, haciéndose el indolente. La asepsia del oyente anónimo me atraía. Luego te das cuenta que te engañas. Estás seduciendo a ese tipo.
... X
  • Fotografía: Helmut Newton

Masauda [Abdelhak Serhane]

.
[Fragmento]

En el principio eran las tinieblas. Y en el principio mis dedos habían trazado la silueta de una mujer desposeída: Mesauda. Dos líneas paralelas mal trazadas, una línea transparente y un círculo negro mal cerrado con unas manchas indefinidas.

Mesauda una mujer. Mesauda un hombre. Mesauda un animal. Era todo eso a la vez; hermafrodita solitaria con el sexo tatuado por los murciélagos. El silencio fluía entre sus piernas y el sueño tomaba forma. La abuela decía de ella que era la herida del tiempo y la bacía de los adultos, que se divertían penetrándola con sus dedos y haciéndole cosquillas en sus senos extenuados. Era uno de esos seres lamentables que sufren y aceptan su destrucción. El sueño febril, acechado por los adultos desquiciados, en el desorden de nuestra mirada confiscada a nuestro vértigo, a nuestra juventud claudicante; ellos manifestaban en ella la embriaguez de su deplorable delirio: hombres incapaces de controlar el estallido de su euforia.

Los demás dormíamos en el sueño de sus sombras; testigos de secuencias disonantes de una vida deshilachada, suspendida de las agujas de un silencioso reloj de péndulo.

A veces gritaba y daba alaridos, pero terminaba siempre dejando escapar de su boca desdentada una desabrida risa y enseñando el trasero a la gente, mientras que algunos adultos la toqueteaban por debajo de sus harapos. Teníamos alucinaciones y nuestros dedos se estrechaban más aún alrededor de nuestro sexo. Era más fuerte que nosotros.

A veces, los adultos se divertían desnudándola o arrancándole los pelos del bajo vientre para ponerla fuera de sí, y lograban hacerla gritar. Entonces se escapaba llorando, perseguida por los dedos peludos y la risa cómplice de nuestros mayores. No se había detenido aún, cuando ya otras manos la habían atrapado y la penetraban otros dedos. Un líquido sucio chorreaba siempre entre sus piernas y los dedos seguían extraviándose en sus dédalos.

Nosotros, los niños, mirábamos acariciándonos el sexo, buscando un rostro o una grieta.

Así fue como aprendimos lo que era la vida, con todo lo que tiene de alegre y violento a la vez. Esa vida, que habíamos conocido muy pronto, y del lado malo, iba a dejar su huella en nuestra memoria. Todos habíamos conocido la misma llamada y el mismo grito. Más tarde, esas dos voces iban a estallar con fuerza y dispersarse en nosotros, alrededor nuestro, para dejar sitio a nuevas mentiras y contradicciones.

Mesauda entraba en todas las casas pero ninguna le pertenecía. Las mujeres esperaban su paso. En cuanto dejaban los cubos de agua llenos en Titahcen, le pedían que contara sus dolores. Formaban un corro alrededor de ella:

- ¡Cuenta! ¿Qué te han hecho hoy?

Entonces se sumía en una difícil explicación. Su lengua, cual bola de fuego, recorría la boca en busca de algunas palabras abandonadas. Sus brazos se agitaban en el vacío con gestos vagos y desordenados. Las mujeres reían. Las jóvenes escuchaban. Sus fantasmas se reunían con los nuestros en una simulada complicidad. Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna, y también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.
.
Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

El sol reinaba sobre la cumbre del Akechmir y nuestro ojos estallaban como pompas de jabón al acercarse a las tinieblas y a la carne. Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia. Los dedos se pegaban y aspirábamos con orgullo el olor de nuestra obra. Nuestra manos se parecían entonces, poco más o menos, a las de las personas mayores, regadas en las ciénagas de Mesauda, y nos sentíamos orgullosos.

[...]

De vuelta a casa, me encerraba en el retrete, sacaba mi sexo miserable y me empecinaba en devolverlo a la vida; tenía prisa por hacerme hombre. Además, nos habían enseñado que el valor de un hombre se mide por el peso de sus testículos. Cuando lo soltaba, se volvía jadeante; un verdadero pingajo. Todas las miserias del mundo se reunían en mí. Buscaba entonces una regla. Ningún progreso. Era igual a mi desesperación de hombre inacabado.

"Dios nos ha creado a todos iguales", afirmaba mi padre. Yo sabía que eso era mentira, porque no todo el mundo tenía acceso a Mesauda: usufructo de los adultos, que nos obsequiaban con una lección de moral en una herida nueva.

Mesauda, la andrógina negra, era la sofocante conciencia de la desigualdad social, la injuria hecha a la palabra de Dios y nosotros éramos la ironía de una vida sin alegría, determinada por la fatalidad.


de Abdelhak Serhane
(Traducción: Inmaculada Jiménez Morell)

  • Fotografía: Korey Birand

Blade Runner (1982) - Ridley Scott



*Escena de Blade Runner

.
-Guión-

[Deckard descansa en el sofá. Rachael se sienta al piano y empieza a tocar suavemente]

Deckard: Soñaba con música.
Rachael: No sabía si podría tocar. Recuerdo las lecciones. No sé si soy yo o la sobrina de Tyrell.
Deckard: Tocas muy bien.

[Deckard acaricia a Rachael. Ésta sale corriendo del apartamento. Deckard la detiene bruscamente y la besa varias veces]

Deckard: Ahora, bésame.
Rachael: No puedo fiarme de mi memoria.
Deckard: Dime que te bese.
Rachael: Bésame.
Deckard: Te deseo.
Rachael: Te deseo.
Deckard: Otra vez.
Rachael: Te deseo. Pon tus manos sobre mí.

[Corte. Apartamento de Sebastian. Pris se maquilla mientras observa las cosas de Sebastian]

◊ ◊ ◊
Ficha de la película:
Título original: Blade Runner
Año: 1982
País: EE.UU.
Director: Ridley Scott
Guión: David Webb Peoples & Hampton Fancher (Novela: Philip K. Dick)
Música: Vangelis
Fotografía: Jordan Cronenweth
Reparto: Harrison Ford, Sean Young, Daryl Hannah, Rutger Hauer, Edward James Olmos, Joanna Cassidy, Brion James, Joe Turkel
Productora: Warner Bros. Pictures
Género: Ciencia-Ficción/Acción
Sinopsis: A principios del siglo XXI, la poderosa Tyrell Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus, un ser virtualmente idéntico al hombre y conocido como Replicante. Los Replicantes Nexus-6 eran superiores en fuerza y agilidad, y al menos iguales en inteligencia, a los ingenieros de genética que los crearon. En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración y colonización de otros planetas. Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes fueron declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte. Brigadas de policías especiales, con el nombre de Unidades de Blade Runners, tenían órdenes de tirar a matar al ver a cualquier Replicante invasor. A esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba retiro. (FILMAFFINITY)

Mujeres como Dios manda

.
Un compañero de piso recién desarmarizado me preguntó hace tiempo que si no se estaba pasando con la pluma, con los oye bonita y con los femeninos constantes que no cesaba de utilizar con una compulsión que a él mismo le parecía excesiva. Por supuesto que identifiqué de inmediato la indefensión y la oscuridad de un pasado que daba miedo y que seguía estando ahí con toda su homofobia y sus días de fútbol, así que me planté y le dije que ni se le ocurriera poner en duda sus dudas de género. Con la que está cayendo, le contesté, toda pluma es poca. Lo entendió de inmediato y se lanzó de cabeza a intercalar los vocativos perra y guapa dos veces por frase y recuerdo que hasta feminizó la negación, que tiene uno la impresión que es como masculinísima, y acabó diciendo na en vez de no. Lo cierto es que mi compañero de piso era un tipo concienciado, radical, feminista por supuesto, pero cuando le llegó esa feminización absoluta acabó hablando mal del servicio, de los sudacas y terminó por entrarle un cierto tono de Serrano que me acabó asustando. Esa no era él, era una niñapija que desde luego no era feminista. Llegué a pensar en que había sido abducido por el Fondo Monetario Internacional, o que estaba poseído, o yo qué sé, algo peor, no podía entender que hubiera pasado tan violentamente de El Viejo Topo al Telva. En un arrebato de desconcierto le cogí por el cuello y empecé a gritar “¡Asqueroso extraterrestre!, ¿qué has hecho con mi compañero de piso?” Hasta que mi di cuenta que los responsables de aquello éramos yo y mi bocaza, que mi recomendación había creado un monstruo.
.
Porque el problema, ya lo pensé entonces, no es usar el femenino, sino la mujer que ponemos detrás de ese femenino. Para explicar el cambio de género hemos recurrido mil veces al valor de la performance, a su capacidad de cuestionar la realidad social. Con el femenino interpretamos por supuesto, lo vivimos, somos otros/otras, y la ficción tiene el poder de interrumpir lo cotidiano, de invadirlo. Pero si antes revolucionábamos con el femenino (Mendicutti dixit) lo cierto es que ahora tan sólo revolvemos. No hay que escarbar mucho para darse cuenta de que el imaginario colectivo de los gays ha usado a la mujer para construir una ficción monstruosa. Si yo soy responsable de la ideología de mis novelas, no puedo lavarme las manos ante esa otra ficción con la que convivimos diariamente. Ese personaje de descerebrada, guapabonita, divinísima, pija, loca por los trapos ortodoxamente femeninos, esa esclava feliz que a la primera oportunidad finge sacar el pintalabios, que se muere de gusto ante el poder del macho, ya no me divierte lo más mínimo y su ironía, potente en otro tiempo, creo que hace mucho que se perdió. Alguien comentó una vez que ésa mujer que hemos construido entre todos —porque es que es siempre la misma— sería el ideal de un machista de pro. Sólo habría que observar un poco en una noche de terrazas para comprobarlo. Parece que representamos lo que odiamos. Encarnamos los tópicos que nos han dañado, los que nos han perseguido desde nuestros tiempos de hijos felices. Hay noches del ambiente en las que parece que han convocado un casting para el personaje de Annette Bening en American Beauty. ¿Qué supondría para un actor vivir permanentemente con un personaje alienado hasta ese punto? Por supuesto que esa ficción femenina de contoneos y suspiros y saltitos no es la mujer que nos hace falta, ni es Rosa Luxemburgo, ni Fefa Vila, ni por supuesto Pat Califia o Gerturde Stein (estas dos al parecer tan poco femeninas con comillas en la forma y tan femeninas sin comillas en el fondo). Así que, la verdad, o remozamos nuestro imaginario o abandonamos el femenino. Ayer mismo, hojeando revistas, me encontré con un artículo a ocho columnas sobre el Ku Klux Klan. En colorines, junto a otras de cruces llameantes, había una foto del Gran Brujo Imperial del KKK y de su mujer Muriel. Mechas rubias cardadas, discreto maquillaje, pendientes algo ostentosos de perlitas y rubíes, traje femeninísimo color rojo coca cola haciendo juego con los rubíes. Todo esto en ella, claro, no en él. No tardé en darme cuenta de lo que se parecía esa glamourosa Muriel a la mujer que encarnamos.

Y la verdad es que, llegados a este punto, yo al femenino lo cerraría por obras.

Texto de: Marcelo Soto
  • Fotografía: Benjamin Kanarek

Orfeo I (Margaret Atwood)

.
Delante mío caminabas,
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo.
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.
.
Margaret Atwood

(Traducción de Amparo Arróspide)

Con faldas y a lo loco (1959) - Billy Wilder



*Deliciosa escena de la comedia "Con faldas y a lo loco"
.
Ficha de la película:
Título original: Some Like It Hot
Año: 1959
País: EE.UU.
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder & I.A.L. Diamond (Relato: Robert Thoeren & Michael Logan)
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Lang Jr. (B&W)
Reparto: Marilyn Monroe, Tony Curtis, Jack Lemmon, George Raft, Pat O'Brien, Joe E. Brown, Behemiah Persoff, Joan Shawlee, Billy Gray, Dave Barry, Harry Wilson