Blade Runner (1982) - Ridley Scott



*Escena de Blade Runner

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-Guión-

[Deckard descansa en el sofá. Rachael se sienta al piano y empieza a tocar suavemente]

Deckard: Soñaba con música.
Rachael: No sabía si podría tocar. Recuerdo las lecciones. No sé si soy yo o la sobrina de Tyrell.
Deckard: Tocas muy bien.

[Deckard acaricia a Rachael. Ésta sale corriendo del apartamento. Deckard la detiene bruscamente y la besa varias veces]

Deckard: Ahora, bésame.
Rachael: No puedo fiarme de mi memoria.
Deckard: Dime que te bese.
Rachael: Bésame.
Deckard: Te deseo.
Rachael: Te deseo.
Deckard: Otra vez.
Rachael: Te deseo. Pon tus manos sobre mí.

[Corte. Apartamento de Sebastian. Pris se maquilla mientras observa las cosas de Sebastian]

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Ficha de la película:
Título original: Blade Runner
Año: 1982
País: EE.UU.
Director: Ridley Scott
Guión: David Webb Peoples & Hampton Fancher (Novela: Philip K. Dick)
Música: Vangelis
Fotografía: Jordan Cronenweth
Reparto: Harrison Ford, Sean Young, Daryl Hannah, Rutger Hauer, Edward James Olmos, Joanna Cassidy, Brion James, Joe Turkel
Productora: Warner Bros. Pictures
Género: Ciencia-Ficción/Acción
Sinopsis: A principios del siglo XXI, la poderosa Tyrell Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus, un ser virtualmente idéntico al hombre y conocido como Replicante. Los Replicantes Nexus-6 eran superiores en fuerza y agilidad, y al menos iguales en inteligencia, a los ingenieros de genética que los crearon. En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración y colonización de otros planetas. Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes fueron declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte. Brigadas de policías especiales, con el nombre de Unidades de Blade Runners, tenían órdenes de tirar a matar al ver a cualquier Replicante invasor. A esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba retiro. (FILMAFFINITY)

Mujeres como Dios manda

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Un compañero de piso recién desarmarizado me preguntó hace tiempo que si no se estaba pasando con la pluma, con los oye bonita y con los femeninos constantes que no cesaba de utilizar con una compulsión que a él mismo le parecía excesiva. Por supuesto que identifiqué de inmediato la indefensión y la oscuridad de un pasado que daba miedo y que seguía estando ahí con toda su homofobia y sus días de fútbol, así que me planté y le dije que ni se le ocurriera poner en duda sus dudas de género. Con la que está cayendo, le contesté, toda pluma es poca. Lo entendió de inmediato y se lanzó de cabeza a intercalar los vocativos perra y guapa dos veces por frase y recuerdo que hasta feminizó la negación, que tiene uno la impresión que es como masculinísima, y acabó diciendo na en vez de no. Lo cierto es que mi compañero de piso era un tipo concienciado, radical, feminista por supuesto, pero cuando le llegó esa feminización absoluta acabó hablando mal del servicio, de los sudacas y terminó por entrarle un cierto tono de Serrano que me acabó asustando. Esa no era él, era una niñapija que desde luego no era feminista. Llegué a pensar en que había sido abducido por el Fondo Monetario Internacional, o que estaba poseído, o yo qué sé, algo peor, no podía entender que hubiera pasado tan violentamente de El Viejo Topo al Telva. En un arrebato de desconcierto le cogí por el cuello y empecé a gritar “¡Asqueroso extraterrestre!, ¿qué has hecho con mi compañero de piso?” Hasta que mi di cuenta que los responsables de aquello éramos yo y mi bocaza, que mi recomendación había creado un monstruo.
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Porque el problema, ya lo pensé entonces, no es usar el femenino, sino la mujer que ponemos detrás de ese femenino. Para explicar el cambio de género hemos recurrido mil veces al valor de la performance, a su capacidad de cuestionar la realidad social. Con el femenino interpretamos por supuesto, lo vivimos, somos otros/otras, y la ficción tiene el poder de interrumpir lo cotidiano, de invadirlo. Pero si antes revolucionábamos con el femenino (Mendicutti dixit) lo cierto es que ahora tan sólo revolvemos. No hay que escarbar mucho para darse cuenta de que el imaginario colectivo de los gays ha usado a la mujer para construir una ficción monstruosa. Si yo soy responsable de la ideología de mis novelas, no puedo lavarme las manos ante esa otra ficción con la que convivimos diariamente. Ese personaje de descerebrada, guapabonita, divinísima, pija, loca por los trapos ortodoxamente femeninos, esa esclava feliz que a la primera oportunidad finge sacar el pintalabios, que se muere de gusto ante el poder del macho, ya no me divierte lo más mínimo y su ironía, potente en otro tiempo, creo que hace mucho que se perdió. Alguien comentó una vez que ésa mujer que hemos construido entre todos —porque es que es siempre la misma— sería el ideal de un machista de pro. Sólo habría que observar un poco en una noche de terrazas para comprobarlo. Parece que representamos lo que odiamos. Encarnamos los tópicos que nos han dañado, los que nos han perseguido desde nuestros tiempos de hijos felices. Hay noches del ambiente en las que parece que han convocado un casting para el personaje de Annette Bening en American Beauty. ¿Qué supondría para un actor vivir permanentemente con un personaje alienado hasta ese punto? Por supuesto que esa ficción femenina de contoneos y suspiros y saltitos no es la mujer que nos hace falta, ni es Rosa Luxemburgo, ni Fefa Vila, ni por supuesto Pat Califia o Gerturde Stein (estas dos al parecer tan poco femeninas con comillas en la forma y tan femeninas sin comillas en el fondo). Así que, la verdad, o remozamos nuestro imaginario o abandonamos el femenino. Ayer mismo, hojeando revistas, me encontré con un artículo a ocho columnas sobre el Ku Klux Klan. En colorines, junto a otras de cruces llameantes, había una foto del Gran Brujo Imperial del KKK y de su mujer Muriel. Mechas rubias cardadas, discreto maquillaje, pendientes algo ostentosos de perlitas y rubíes, traje femeninísimo color rojo coca cola haciendo juego con los rubíes. Todo esto en ella, claro, no en él. No tardé en darme cuenta de lo que se parecía esa glamourosa Muriel a la mujer que encarnamos.

Y la verdad es que, llegados a este punto, yo al femenino lo cerraría por obras.

Texto de: Marcelo Soto
  • Fotografía: Benjamin Kanarek

Orfeo I (Margaret Atwood)

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Delante mío caminabas,
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo.
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.
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Margaret Atwood

(Traducción de Amparo Arróspide)

Con faldas y a lo loco (1959) - Billy Wilder



*Deliciosa escena de la comedia "Con faldas y a lo loco"
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Ficha de la película:
Título original: Some Like It Hot
Año: 1959
País: EE.UU.
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder & I.A.L. Diamond (Relato: Robert Thoeren & Michael Logan)
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Lang Jr. (B&W)
Reparto: Marilyn Monroe, Tony Curtis, Jack Lemmon, George Raft, Pat O'Brien, Joe E. Brown, Behemiah Persoff, Joan Shawlee, Billy Gray, Dave Barry, Harry Wilson

Zapatos de tacón de aguja


El escenario no podía ser más adecuado. Un antiguo convento reconvertido en exquisito hotel. Con un poco de imaginación, no era difícil figurarse a las antiguas moradoras arrastrar los rebordes de sus hábitos por el cuidado empedrado del claustro renacentista. Meditabundas y silentes.

Ahí, donde antaño reinaba el recogimiento y la oración, el juramento de castidad autoimpuesto a golpe de disciplina, -precisamente ahí- tuvo lugar uno de los actos más osados que había ideado hasta ese momento. Contaba, claro está, con mi amante y cómplice. Podría caer en la tentación de referirme a él como a mi sumiso, pero en verdad nunca lo ha sido, más allá del tiempo que duran los juegos de alcoba. Y no siempre. Alguna vez se imponía a fuerza de besos apasionados y de músculo. De tanto en tanto, necesitaba demostrarme que sabía cómo arrebatarme las riendas.

Diario de un seductor (Leopoldo María Panero)

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No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
...................................desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.

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Leopoldo María Panero
"El que no ve" 1980

El entierro de la niña sucia


Tarde tediosa de abril. La niña decidió ensayar con la guitarra bajo la atenta mirada de la criada. Lograr acompasar la melodía de un estribillo con una cadencia reconocible, era una ardua tarea. No estaba dotada para la música. Ni siquiera un poquito. En cambio, poseía grandes aptitudes para las Artes plásticas, especialmente la pintura, y para fabular historias. Inventaba personajes y los interpretaba hasta consecuencias insospechadas. Era capaz de hacer que un hombre adulto perdiera la cabeza. Sin duda, un talento innato.

La criada cosía en silencio, con una mueca de desagrado. La niña lo había percibido perfectamente. A pesar de ello, seguía rascando las cuerdas del instrumento con un tesón irreductible. Digno de elogio, si el resultado hubiera sido de un mínimo logro musical. Nada. Era inútil.

De pronto, la criada estalló en una retahíla de reproches. Le recordó el luto. Le echó en cara su irreverente actitud, ahí, tocando alegremente la guitarra, mientras la madre estaba en España enterrando al abuelo. Pero España quedaba demasiado lejos como para impregnar la habitación de la niña con una atmósfera funeraria. Así que siguió en su empeño, impasible como un muro de hormigón, hasta lograr que la criada, con trágico aspaviento, abandonara la estancia y la dejara sola.

Ahora que había cogido un poco el ritmo, no pensaba dejar la guitarra. Prefería el dolor en la yema de sus dedos a la agonía de todas las preguntas golpeando su mente como martillos cayendo del cielo.

¿Quién la susurrará al oído: "mi pequeña princesa"? ¿Quién bajará sus bragas para hurgar en las flores prohibidas? ¿Quién la azotará sobre las rodillas por ser tan sucia?

Posiblemente, esa misma noche decidió enterrar todas las preguntas con el Dueño de las respuestas. El Abuelo. La niña sucia debía ser sepultada con él, para que nunca nadie supiera de ella. Ni siquiera ella misma.

Tenía 12 años cuando inventó un mecanismo más eficaz que la pala de cualquier avezado sepulturero. Un clic en el interruptor de su cerebro y la niña sucia desaparecía, como por arte de magia, en las profundidades del olvido.
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  • Fotografía: Hans Bellmer (Poupée)