El escenario no podía ser más adecuado. Un antiguo convento reconvertido en exquisito hotel. Con un poco de imaginación, no era difícil figurarse a las antiguas moradoras arrastrar los rebordes de sus hábitos por el cuidado empedrado del claustro renacentista. Meditabundas y silentes.Ahí, donde antaño reinaba el recogimiento y la oración, el juramento de castidad autoimpuesto a golpe de disciplina, -precisamente ahí- tuvo lugar uno de los actos más osados que había ideado hasta ese momento. Contaba, claro está, con mi amante y cómplice. Podría caer en la tentación de referirme a él como a mi sumiso, pero en verdad nunca lo ha sido, más allá del tiempo que duran los juegos de alcoba. Y no siempre. Alguna vez se imponía a fuerza de besos apasionados y de músculo. De tanto en tanto, necesitaba demostrarme que sabía cómo arrebatarme las riendas.

