Recuerda, cuerpo... (K. Kavafis)

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Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.


Kostantinos Kavafis
(Traducción: César Conti)

Dedicado a Paco Vidarte. Pensador y luchador infatigable. Descansa en paz.

Botas


Ayer por la mañana, por la carretera comarcal de cada día, tuve una magnífica visión. En una gran rotonda, ahora proliferan como hongos –me refiero a las rotondas- el tráfico se ralentizó hasta pararse. Un control de la Guardia Civil. Dos agentes andaban parando algunas furgonetas blancas. Eran agentes de Tráfico, de los que llevan moto. Lucían esas maravillosas botas de caña alta, por fuera del pantalón. El uniforme de los patrulleros de carretera de la Guardia Civil no es especialmente atractivo. Las cazadoras, reforzadas con ese tejido reflectante verde chillón, por necesario que resulte, no son lo que se dice muy chic. Sin embargo, esas botas negras de cuero, cubriendo las pantorrillas, ajustándose a ellas, hasta la rodilla, son de quitar el sentido. Compensan todo lo demás.

Sí, lo confieso, las botas de caña alta masculinas son mi debilidad. Me turban. Y me gustan
negras, nada de medias tintas. De ello fui consciente hace no demasiados años, cuando un amigo se presentó a una cita para tomar café vestido de jinete, con pantalón de montar y botas altas. Estábamos en una terraza, era verano, y el sol de la tarde dejaba caer sus últimos rayos sobre el lustroso cuero negro de sus botas altísimas. No podía dejar de mirarlas. Brillaban con luz propia. Tan negras y tan deslumbrantes. Distraían constantemente mi atención. Me afanaba en mantener una charla afectuosa pero distante. Él había acudido armado con todo su bagaje de experimentado lobo seductor y yo pretendía mantenerle a raya. Pero esas botas habían sido un golpe bajo. Mi compostura de chica dura flaqueaba cada vez que movía las piernas y el resplandeciente betún se incrustaba en mis pupilas y de ahí directamente en el cerebro, haciendo que aflorasen deseos inconcebibles hasta entonces.

Aquella tarde, volví a casa tal como había salido: intacta en la carne, pero con las bragas mojadas y la cabeza llena de perturbadoras imágenes. Resistí el asalto estoicamente. Aunque jamás unas botas masculinas de caña alta volverían a dejarme indiferente. Como un resorte secreto, la visión de semejante calzado tan al alcance de mi lengua, abrió la caja de Pandora que se aloja en ese profundo rincón de los deseos prohibidos.

Analicé mi infantil fascinación por el uniforme de Húsar. Me di cuenta que, más que los alamares que adornaban la vestimenta o la pelliza que llevaban arrogantes sobre el hombro, la verdadera prenda de mi devoción eran sus botas altas, algo fruncidas en el tobillo por el uso. Muy parecidas a las de los jinetes cosacos, que también me seducían desde niña y que, sin embargo, lucían ropajes mucho más sobrios.

La asociación de ideas es obvia. Las botas de jinete son el símbolo del intrépido domador. Del doblegador de voluntades. No por nada los domadores clásicos de fieras llevaban el mismo tipo de bota. Botas y látigo. Botas y fusta. Objetos correlativos coligados a la idea de sometimiento, de domesticación de lo salvaje.
Me gustan las botas de equitación tradicionales, las de motorista, incluso algunas más modernas con argollas, al estilo Harley Davidson. Detesto los botines de caballero de punta afilada con cremallera y las botas de Cowboy.

Cuando, además, sientes placer por tirar de las riendas, cuando te niegas a rendir pleitesía, cuando te gusta hacer silbar la fusta en carne ajena, cuando muestras amenazante las fauces de animal salvaje ante cualquier posible amenaza de incursión en tu territorio… y, a la vez, hay una zona oscura, soterrada, en tu cerebro, que desea justo lo contrario, entonces unas botas negras masculinas, de caña alta, pueden ser el objeto más perturbador del mundo. Y el más fascinante, si lo que te atrae es el peligro y el desafío.

Los motoristas son, en realidad, los antiguos jinetes. Por eso los uniformes de las unidades motorizadas de la Policía y el Ejército conservan la estética de las botas de montar… y son tan… tan… ¿sugerentes?

Me he enterado que están renovando el uniforme de las unidades de Tráfico de la Guardia Civil y he visto por alguna web las nuevas prendas para los motoristas y se me ha congelado la sangre. ¡Un horror! Pantalón por fuera de unas botonas mazacotas, de media caña, muy feas. Los controles en carreteras ya no serán lo mismo. Carecerán del más mínimo morbo. Una verdadera pena.



Joel-Peter Witkin - Mujer que fue pájaro (1990)

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Ficha técnica:
Título: Woman Once a Bird, Los Angeles (Mujer que fue pájaro)
Fecha creación: 1990
Técnica: impresión tradicional sobre gelatina de plata

Esta fotografía, realizada con un hermoso cadáver, está inspirada en la conocida obra de Man Ray “El violín de Ingres” (1924).

Hay pocos fotógrafos que impacten tanto como Joel-Peter Witkin y, sin embargo, es sublime en su visión del Otro. Nos transporta a una realidad que está ahí, que nos rodea y que no queremos ver, apartamos la mirada porque nos perturba. Witkin, como nadie, es capaz de inducirnos con los “deshechos” humanos (trabaja a menudo con cadáveres o con trozos de cadáveres), con aquello que marginamos, con lo extraño, con lo deforme, a una profunda espiritualidad a través de las interrogaciones que nos provoca su obra. Basta sostener la mirada en la dirección apropiada.

No es un fotógrafo cazador de momentos, sus obras son muy elaboradas, pensadas y diseñadas para el propósito que desea. Todas sus obras son realizadas con técnicas artesanales, no usa el ordenador, y elabora él mismo todo el proceso fotográfico. Trabaja básicamente con blanco y negro, salvo algunas obras que son pigmentadas a posteriori.

A menudo es acusado de oscuro y siniestro, y él contesta: “No soy una persona oscura, sólo trato de ser realista.” Curiosamente, ha titulado una de sus exposiciones como “Amor y Redención”.

Galería de Witkin en ZonaZero

El tren de Burdeos [Marguerite Duras]

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Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía tener treinta años. Debía ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.
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Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En Paris, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.


Marguerite Duras

La strada (1954) - Federico Fellini

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Ficha de la película:
Título original: La strada
Año: 1954
País: Italia
Director: Federico Fellini
Guión: Tullio Pinelli & Federico Fellini
Música: Nino Rota
Fotografía: Otello Martelli (B&W)
Reparto: Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovere
Género: Drama
Sinopsis: Cuando muere el padre de Gelsomina, su propia madre la vende a un artista ambulante, Zampanó. Pese al carácter violento y agresivo de éste, la muchacha se siente atraída por ese estilo de vida en la Strada (la calle, en italiano), sobre todo cuando su dueño la incluye como parte de su espectáculo. Pese a que varios de los pintorescos personajes que se encuentra por el camino le ofrecen que se una a ellos, Gelsomina demostrará su fidelidad a Zampanó hasta los límites de su voluntad. (FILMAFFINITY)

1 Oscar mejor película extranjera
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Película de corte neorrealista, que muestra la miseria y la desesperanza de la Italia de posguerra. Narra la historia de dominación y entrega entre dos personajes que no serán capaces de sobreponerse a su destino de perdedores. Ella, con una interpretación gloriosa por parte de Giuletta Masina mímica y entrañable, dispuesta a seguir a su poseedor hasta el infierno, anhelante de su amor. Él, interpretado por un magistral Anthony Quinn, un hombre embrutecido, que en aras de la supervivencia no sabrá hacer concesiones a los sentimientos… hasta el final, cuando el dolor le golpea con toda su crudeza.
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La strada es una de esas películas que dejan una impronta profunda. Sin lugar a dudas, una obra maestra de Federico Fellini.

Pies bonitos


Odelle de la Marmott: -¿No te gustan mis zapatos? ¿Por qué los miras así?-

frédéric: -Son muy excitantes. Pero no son mis zapatos.-

O: -¿Tus zapatos? Esos que llamas “tus zapatos” están desgastados de tanto ponérmelos para ti, y te recuerdo que ni siquiera los encontrabas especialmente distinguidos. Éstos son como los de las fotografías que no te has cansado de mandarme. Son como los que has soñado siempre para postrarte ante ellos…-

f: -No. Yo soñaba con postrarme ante los que llevo meses adorando en la distancia. He imaginado mil veces su aroma, tu delicada impronta en el cuero. No hay recoveco que no haya lamido en mis noches húmedas y solitarias.-

O: -Pues tendrás que olvidarte de ellos, no los he traído. Éstos son mucho más apropiados y elegantes.-

f: -Por favor, dime que sólo es una forma de hacerme sufrir. Una más. Dime que mientes.-

O: -Te he dicho que no los he traído. ¿Te ha quedado claro?-

f: -Sí, mi Dueña.-

O: -¿No quieres ver mis pies?-

f: -Oh, sí.-

O: -Entonces, ¡suplícamelo! Suplícamelo como a mí me gusta.-

f: -Te suplico humildemente, mi Señora, que permitas que este miserable perro y esclavo de mierda pueda contemplar tus divinos pies.-

O: -¡Míralos!-

f: -Dios mío, son preciosos… ¿Pero por qué me has hecho creer que no lo eran?-

O: -Quería que los desearas por ser míos y no por ser bonitos.-

f: -Porque los creía tuyos me moría de deseo al evocarlos día tras día. Y me he vuelto loco reconstruyéndolos con la devoción de mis labios vacíos. Adoraba tu pudor. Creer que no eran bonitos me hacía más tuyo.-

O: -Nunca te dije que fueran feos.-

f: -No me lo dijiste, no, pero cuando te interrogaba sobre ellos te mostrabas esquiva. Nunca me los describías. No contestabas a mis preguntas. Parecías ruborizarte. No hacía falta que lo dijeras. Era la única respuesta lógica a la que podía llegar.-

O: -¿Y quién te dijo que las respuestas debían ser lógicas? ¡Contémplalos bien! Vas a arrastrar tus besos por donde piso.-

f: -No, Señora. No me gustan. No son los pies que yo amo.-

... X

Eso era amor (Ángel González)

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Le comenté:
-Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rimel?
-Grandes,
respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.
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Ángel González

Simone de Beauvoir - su centenario

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Simone de Beauvoir deja atrás la sombra de Sartre en su centenario
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Simone de Beauvoir, el icono del feminismo, la filósofa que ha marcado el siglo XX tanto por sus obras como por su libertad personal y política, se despega de la sombra de Jean-Paul Sartre, su eterno amante y cómplice en mil y una batallas contra el sistema. Francia celebra hoy el centenario de su nacimiento consagrando a su figura un coloquio internacional en el que participarán los principales especialistas mundiales, el estreno de varios documentales y nuevas biografías y reediciones de la autora de El segundo sexo.
Con esta serie de acontecimientos, Francia rinde homenaje a Beauvoir e intenta recuperar a uno de sus exponentes intelectuales: la filósofa hoy es más estudiada en el mundo anglosajón y en el norte de Europa que en su país de orígen. Entre los expertos y biógrafos que participarán en el coloquio que analizará la vida y el pensamiento de Beauvoir durante tres días en la Universidad París-Diderot, figuran Danièlle Sallenave, Deirdre Bari, Hazel Rowely y el cineasta Claude Lanzmann, el único hombre con el que convivió la filósofa durante ocho años.

De espaldas a la resistencia
Tanto su testimonio, recogido en un amplio reportaje del semanario Le Nouvel Observateur como los documentales que se emitirán en France 5 (Simone de Beauvoir, no se nace mujer...), Arte (Simone de Beauvoir, una mujer actual) y France Culture (Una vida una obra: Simone de Beauvoir 1908-1986), rompen con el cliché ultrafeminista y gélido de la filósofa. "Esa leyenda que dice que Sartre preservó su libertad sexual que la pobre Simone tuvo que acatar es completamente desmentida por sus textos, sus cartas y por los hechos", revela el filósofo François Noudelmann en una de las entrevistas del documental de Arte.
A lo largo de los extractos de archivos audiovisuales recogidos para la emisión, Beauvoir habla con una claridad y audacia poco comunes y aparece como una mujer divertida y cálida, que expresa sus convicciones con verbo intrépido. Nada que ver con la imagen de mujer distante e irascible siempre en segundo plano al lado de Sartre que la acompañó hasta el fin de sus días, el 14 de abril de 1986. Enterrada en el cementerio de Montparnasse en la misma tumba que el filósofo existencialista, la vida sentimental de Beauvoir fue tan agitada e incluso más escandalosa --en 1943 fue expulsada de la Educación Nacional tras ser denunciada por la madre de una de las numerosas alumnas a las que sedujo desde su cátedra-- que la de su amante.
Le Nouvel Observateur también desmitifica algunos aspectos de su vida, poniendo de manifiesto su nulo compromiso con la resistencia francesa frente a la ocupación del nazismo, así como su indiferencia ante la guerra civil española. El activismo vino después, con causas como la liberación de Argelia e Indochina del colonialismo francés.

Feminismo vigenteLa vigencia de su obra y de su feminismo son abordados en el libro Simone de Beauvoir, escribir para testificar, escrito por Jacques Deguy y Sylvie Le Bon de Beauvoir, la joven a la que la unía una íntima amistad y que la filósofa convirtió en su hija adoptiva en el último tramo de su vida. Documentales y libros demuestran que, cien años después de ver la luz, la autora de Los Mandarines --premio Goncourt en 1954-- aún tiene facetas ocultas que Sartre ya no puede eclipsar.

ELIANNE ROS

Fuente: El Periódico de Catalunya (9 de enero de 2007)
  • Fotografía: Art Shay - Simone de Beauvoir en Chicago - 1952

MEDEA [Eurípides]

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[Fragmento]
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CORO:Escucho sus gemidos y lamentos, sus agudos clamores lastimeros, contra el esposo que su lecho infama; invoca, sintiéndose ofendida, a Temis guardiana de los votos que la hizo, hasta la Hélade opuesta, surcar de noche la onda salada, la llave del gran mar.
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Medea sale a escena y se dirige al coro.
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MEDEA:¡Oh, mujeres corintias! Salgo de casa por que reproches no me hagáis; pues, mientras sé que muchos hombres, tanto en privado como en el trato externo, orgullosos realmente se vuelven, a otros hace pasar por indolentes su tranquilo vivir. Que no son siempre justos los ojos de la gente y hay quien, no conociendo bien la entraña del prójimo, le contempla con odio sin que haya habido ofensa. Y, si debe el de fuera cumplir con la ciudad, no alabo al ciudadano que amargo y altanero con los demás se muestra por su falla de tacto. Pero a mí este suceso que inesperado vino me ha destrozado el ánimo; perdida estoy, no tengo ya a la vida afición; quiero morir, amigas. Porque mi esposo, el que era todo para mí, como sabe él muy bien, resulta ser el peor de los hombres.
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De todas las criaturas que tienen mente y alma no hay especie más mísera que la de las mujeres. Primero han de acopiar dinero con que compren un marido que en amo se torne de sus cuerpos, lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay. Y en ello es capital el hecho de que sea buena o mala la compra, porque honroso el divorcio no es para las mujeres ni el rehuir al cónyuge. Llega una, pues, a nuevas leyes y usos y debe trocarse en adivina, pues nada de soltera aprendió sobre cómo con su esposo portarse. Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no protesta contra el yugo, vida envidiable es ésta; pero, si tal no ocurre, morirse vale más. El varón, si se aburre de estar con la familia, en la calle al hastío de su humor pone fin; nosotras nadie más a quien mirar tenemos. Y dicen que vivimos en casa una existencia segura mientras ellos con la lanza combaten, mas sin razón: tres veces formar con el escudo preferiría yo antes que parir una sola. Pero el mismo lenguaje no me cuadra que a ti: tienes esta ciudad, la casa de tus padres, los goces de la vida, trato con los amigos, y en cambio yo el ultraje padezco de mi esposo, que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada, sin patria, madre, hermanos, parientes en los cuales pudiera echar el ancla frente a tal infortunio. Mas, en fin, yo quisiera de ti obtener sólo esto, que, si un medio o manera yo encuentro de vengar el mal que mi marido me ha hecho, callada sepas estar. Pues la mujer es medrosa y no puede aprestarse a la lucha ni contemplar las armas, pero, cuando la ofenden en lo que toca al lecho, nada hay en todo el mundo más sanguinario que ella.
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Eurípides
  • Pintura: Eugene Delacroix ( Museo del Louvre. París.)

Gilles Berquet - Taburete con ruedas

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Gilles Berquet, fotógrafo y artista francés. Uno de los máximos representantes de la escena fetish francesa junto a su musa y compañera Mïrka Lugosi. Figura en la lista de mis autores preferidos, en su cabecera.

No he conseguido la ficha técnica de la fotografía expuesta, realizada con gelatina de bromuro de plata, sobre finales de los 90’. Aún así, merecía la pena compartirla. Refleja a la perfección la esencia de la obra de Berquet. Claroscuros marcados. Cierta pátina gótica. Plasma explícitamente una actitud erótica desafiante y transgresora. Una mirada moderna sobre un fetichismo con aire vintage y pinceladas surrealistas en el tratamiento de la escena, aunque, en otras obras, esto es más evidente. El título me lo he inventado. Tampoco he logrado ese dato. Muchas de las fotografías de Berquet no tienen nombre.

Ella: sometida y exhibida, con toda la fuerza de animal salvaje en los ojos. Sin duda, una loba.

Lodo


Hay días en los que la tristeza te aplasta. Y entonces te pones a escuchar un bolero. No me gustan especialmente los boleros. A lo sumo, un par de ellos ó tres. Dosificados: 1 x día, multiplicado por la letanía de las horas. Sonando una y otra vez.

Desearía deambular por la lejana ciudad como si fuera un martes o un jueves. Exhalando vaho. Cortando el frío con la cara. Envuelta en un abrigo largo y una bufanda de angora. Mis guantes de cuero. Los zapatos negros repicando sobre el asfalto. Esos de tacón fino. Los de la pequeña hebilla en la puntera afilada. No demasiado altos. Callejear y, tal vez, entrar en una librería. Hojear algunos ejemplares a sabiendas de que hoy no compraré ninguno. Detenerme unos instantes en ese escaparate que tanto me gusta. Lo deseo todo. Como una niña caprichosa que se deja seducir por los colores. Rotuladores, estilográficas, lápices… acuarelas. Papeles de textura rugosa en una irresistible gama cromática.

Transitar por las aceras sudando los zapatos para él.

Su cuerpo imaginado junto a la chimenea. Aguardándome arrodillado. Su mirada más caliente que la lumbre. No existe un solo beso con sabor a boca. Aún así, puedo vislumbrar cada tormento… maquinar la agonía de la continencia.

Regreso y le hundo en la miseria del placer inventado. Su respiración ahogada en mi zapato derecho. La perfidia corriendo por mis venas y el maldito bolero arrastrando lodo a ritmo de ausencias.
  • Fotografía: Karl Blossfeldt

Fui (K. Kavafis)

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Nada me retuvo. Me liberé y fui.
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.

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Kostantinos Kavafis
(Traducción: José María Álvarez)

M. Butterfly (1993) - David Cronenberg


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Ficha de la película:
Título original: M. Butterfly
Año: 1993
País: EE.UU.
Director: David Cronenberg
Guión: David Henry Hwang (Teatro: David Henry Hwang)
Música: Howard Shore
Fotografía: Peter Suschitzky

Reparto: Jeremy Irons, John Lone, Barbara Sukowa, Ian Richardson, Annabel Leventon, Shizuko Hoshi, Richard McMillan, Vernon Dobtcheff
Género: Drama
Sinopsis: Basada en hechos reales, narra la historia de amor entre Rene Gallimard, un diplomático francés destinado en China en los años 60, y una fascinante y misteriosa diva de la ópera, Song Liling, que consigue ocultarle durante muchos años un importante secreto. (FILMAFFINITY)
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Un film dirigido por Cronenberg en una faceta distinta a la que nos tiene habituados. Ya sólo por eso, la película es doblemente interesante. Y luego está la actuación del irresistible Jeremy Irons. John Lone hace también un papel magnífico. El final es un poco melodramático, pero muy propio para rematar esta peculiar historia de amor.

Parole...

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Noche despejada y limpia. Fría.

Esta mañana he contemplado el último amanecer del año desde mi blanca atalaya de cemento y cal. Su inicio. Justo para ver aparecer la franja púrpura en la línea del horizonte. El aire gélido de la noche, aún perezosa en su abandono, me quebró la voluntad para asistir al ciclo completo.

Ya al calor de la estufa, entre mis papeles y este cacharro mágico de teclas y cristal, estaba pensando que, si tuviese unas pocas ínfulas de Pitonisa y algo más de cara dura, podría redactar una de esas predicciones tan propias para este día. Todo inspirado en el espectáculo atisbado desde la azotea. La cenefa roja al este, Venus y su impetuosa luz hacia el sur, como corresponde al lucero del alba, y la Luna menguante sobre la cabeza. Aquí y allá, estrellas amenazadas por la incipiente alborada. Un combinado perfecto para un oráculo de 31 de diciembre. O de 1 de enero.

Nuestra especie tiene un voraz deseo de controlar lo incontrolable. Hace del universo y sus conjunciones cíclicas una urdimbre donde entretejer mitologías, fábulas y agüeros y elevarlos a la categoría de certezas. El miedo a la insignificancia trae estas cosas. Alivia bastante creerse centro de la creación y destinatarios últimos de sus parabienes. Porque convertirse en polvo a secas jode.

Ay, una lástima no estar dotada para la profecía, con lo bien que me habría quedado en el blog. Hasta hubiera recibido la crédula aprobación de algún alma cándida. [Estoy por asegurarlo.] Mejor me centro en algo más propio del atrezzo “noir”.

Leyendo ayer la última entrada del blog de Terrorista del Amor, donde comentaba los particulares ritos de apareamiento que se producen durante los festejos de Noche Vieja y nos invitaba a comentar nuestras experiencias al respecto, inevitablemente tuve que hacer un repaso, en busca de algún episodio erótico de ese calibre, en el fondo de memoria. Lamentablemente no encontré nada en la línea que apuntaba él. O sea, eso de llegar, ligar y follar… a lo Julio César, pero sin sangre. Ni en Noche Vieja ni en ninguna otra fiesta. Rien de rien. Y no es que sea por que las copas me hubiesen anulado toda capacidad de interacción o esté emparentada con el Jorobado de Notre Dame (pobrecito). No, no es eso. La razón fundamental es que a las Fiestas de Noche Vieja siempre he acudido con acompañante. Circunstancia poco propicia para esos casos. Aunque, a veces, suceden cosas...

Después del obligado ceremonial de las uvas, acudimos a la fiesta que daba en su casa una pareja amiga nuestra. Bueno, a decir verdad, eran amigos de mi acompañante. Tenía yo entonces veinte y poquísimos años. Él, casi me doblaba la edad, como la mayoría de los asistentes. Pisábamos su territorio y yo era la forastera. Llegamos de los últimos y el alcohol nublaba las mentes de la mayor parte de la concurrencia. Las miradas de algunas damas me hicieron sentir como si mi juventud fuera una exuberancia pecaminosa. La de algunos caballeros, como si mi vestido fuera transparente. Y no lo era, os lo aseguro. La única licencia: los hombros desnudos. Bailamos un poco, pero enseguida mi acompañante fue requerido por sus amigas de toda la vida, que como arpías le interrogaban a cerca de mi procedencia y pedigree. A lo que se unieron algunos amigotes con sus bravuconadas soeces, cegados de champagne, whisky o lo que fuese que se hubieran trincado. Absortos en sus liturgias festeras de Año Nuevo, no se percataron de mi alejamiento. O eso creía yo. Aburrida como una ostra, me entretuve observando el decorado del espacioso salón. De un estilo Remordimiento, como lo hubiera definido un buen amigo mío, resultaba muy difícil de catalogar. Abundaban en las paredes óleos de naturalezas muertas, encastrados en pesados marcos barrocos de pan de oro, con esos foquitos alargados dirigidos a iluminar el centro del cuadro como si con ello se elevara la categoría del horrendo lienzo.

En un momento dado, tuve ganas de un refresco. No quería excederme más con el alcohol, llevaba en sangre una porción al límite de mi tolerancia. Faltaba hielo y, para no interrumpir a nadie, me puse a buscar la cocina. La encontré con bastante facilidad. La mayoría de las casas siguen un esquema lógico de distribución de estancias. Fantástico, había uno de esos frigoríficos con expendedor de hielo en la puerta. Venga a empujar el vaso contra la palanca, pero ahí no salía nada. Y en ese momento aparece el anfitrión preguntando si necesitaba ayuda. Me sobresalté un poco por lo inesperado de su presencia. Le expliqué que sólo quería hielo y que no atinaba con el artilugio ese. “Está estropeado”, me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja. Me arrebató el vaso, abrió la puerta del congelador y lo llenó de hielos. Creí que me lo devolvería, pero no. Lo posó en la encimera contigua. Y entonces me acorraló contra el frigorífico, apoyando sus manos en el panel de la puerta. Atrapada en medio. Sus ojos turbios de lascivia y alcohol. Los labios húmedos. Recuerdo bien sus labios. Se movían despacio con la cadencia de proposiciones sucias. Estaban tan cerca de mí. Amenazantes. Prontos para asaltar mi boca. Al acecho de mi escote. No dejaban de pronunciar esas palabras. Palabras que me aturdían. Palabras que no estaba segura de entender. No. Palabras que no osaba entender. Sus dientes entrecortados contra el perfil cambiante de esa carne labial, rosada, mórbida, sajaban el aire que me precedía. Labios moldeados por verbos obscenos. Adjetivos perturbadores. Unas fauces oscilantes, a punto de devorarme. Hambrientas. Angustiosamente hambrientas. Interpretó mi parálisis equívocamente. Se abalanzó. Todas sus palabras restregadas sobre mis súplicas. Sus babas en mi boca. En mi cuello. El aliento pesado, a licor, empañando mi clavícula. Sus garras aferradas a mis hombros… Todas sus palabras enmudecidas contra mi agitación. Forcejeo y me libero. Le dejo incrustado en el frigorífico y huyo. Me salvo en el decadente ritmo de la fiesta. Nadie se percata de mi pelo revuelto. Nunca le conté a mi marido la historia de su querido amigo y el frigorífico.

En noches solitarias de lecho vacío, aquella boca vuelve a mi memoria con todas sus palabras.

¡Feliz Año!