Un Ocaso en escala de grises (Parte II)

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Tras el cristal, la lluvia incesante enturbiaba el atardecer con su gris plomizo. Gris como sus ojos secos. Los tiempos de las plañideras se habían perdido entre los plateados troncos de los álamos.

Los quejidos ahogados de su perro empezaban a enervarla. Miró el reloj sobre la mesa, junto a la ventana, y pensó que, tal vez, había pasado el tiempo suficiente.

-Bien, - murmuró- veamos qué le pasa ahora a mi sucio animal.-

María se dirigió al dormitorio, al otro extremo de la casa, haciendo resonar en el trayecto sus altísimos tacones muy a propósito. Espléndida, como una decadente diva en su último acto, meneo el trasero por el pasillo, embutido en un indecente vestido de vinilo negro. Al llegar al cuarto, la visión era encantadora. Su magnífico ejemplar de esclavo lloriqueaba a través de la mordaza de bola como un niño pequeño y desamparado. Atado en el suelo, bocabajo, encogidos los miembros sobre la espalda como un hatillo, la postura y la soledad habían empezado a hacer estragos en su resistencia. La presencia de su diosa pareció tranquilizarle un poco. María no estaba dispuesta a liberarle aún. Encendió un cigarrillo mientras tranquilamente se paseaba a su alrededor, apoyando el zapato, de vez en cuando, sobre sus magulladas nalgas y meneándole para atormentarle más en su inmovilización.

Mientras consumía el pitillo, entre bocanadas lentas y pausadas, oyendo complacida los gimoteos de su perro, pensaba en lo entretenido que había sido adiestrar a su mascota. Las tardes de domingo habían cobrado casi color de vida. Beber el dolor de los labios de su muchacho le había proporcionado un placer especial, casi tan intenso como los orgasmos que le hacía arrancar de sus entrañas, lamiéndola a ritmo de fusta. Pensó por un instante en su maestro, aquel enterrador concienzudo, y en lo mucho que había aprendido de él. Sólo que sus enseñanzas las había aplicado arbitrariamente, extrayendo de su esclavo el dolor y el placer en su esencia, sin teatrales liturgias y sin la disciplina de entrega por capítulos. ¿Qué hubiera hecho ella con un absurdo diario de perro? Aburrirse, sin lugar a dudas.

Apagado el cigarrillo, Maria liberó a su atormentado siervo. Sabía cuan doloroso era ese trance. Desatado y sollozando, le dejó recuperarse en el suelo. Esta vez no quiso aliviarle con masajes. Quería verle retorcerse mientras la sangre recuperaba su flujo. Era tan hermosa esa entrega de dolor. A punto estuvo de conmoverse. Cuando estimó que estaba lo suficientemente repuesto, le ordenó levantarse, que apoyara las manos sobre la cama, separara sus piernas y le ofreciera las nalgas. Él muchacho, sin rechistar, así lo hizo. Su Ama no le había quitado la mordaza, eso significaba que los azotes iban a ser despiadados. A ella le encantaba renovar cada domingo las marcas moradas de sus posaderas.

Nada de lo que esperaba el joven muchacho sucedió. Percibió a su Dueña agacharse entre sus piernas. No podía creer lo que sentía. Encorvó la espalda para asomarse y comprobar con sus propios ojos que sus percepciones eran veraces. Y pudo contemplar, pasmado, como la diosa de sus fervores hundía el rostro entre sus glúteos para devorarle como la más devota de las perras. La lengua mojada y experta de su domadora pronto le hizo desistir de semejante contemplación y comenzó a apreciarlo como un extraordinario regalo. Ni en sus más febriles sueños había imaginado placeres parecidos. Su asaltado ano se transformó en un sumidero de espasmos gozosos que, como crecientes olas, le embestían hasta casi hacerle tambalear. Cuando creyó no poder sostenerse más sobre sus piernas, su adorada devoratriz se desplazó hacia delante, hundiéndose en sus genitales cual demoníaca máquina succionadora. Incrédulo, la contempló de nuevo. Vio su miembro desaparecer una y otra vez en el más lascivo de los paraísos. Y sintió a su impúdica reina más reina que nunca... Arrastrada sobre su polla como la más puta, en cambio, resplandecía en su trono como la más poderosa de las emperatrices. La explosión no se hizo esperar y un interminable torrente blanco anegó el Edén ofrecido por su Señora.

El desconcertado esclavo esperó sin osar cambiar la posición. Ahora le caería encima el peor de los castigos -pensó-. Estaba seguro. María recuperó digna la posición y se acercó al oído de su tembloroso muchacho. Le susurró con voz queda:

- No te muevas de aquí hasta que yo te llame. Y no te quites la mordaza, la vas a necesitar.-

El joven asintió servil. No se movería por nada del mundo. Lo sabía... Sabía que ese Olimpo ofrecido no había sido más que la antesala de un temible infierno. Mientras oía el retumbar de sus tacones alejarse por el pasillo, intentó imaginar cuál podría ser el tormento que le depararía su perversa Señora. Sintió una repentina necesidad de orinar. El miedo se estaba calando en sus huesos. Hasta podía olerlo... Los poros de su piel comenzaban a desprender un efluvio acre. Y, sin embargo, el muy perro estaba teniendo una erección brutal, cercana al dolor.

Después de un eterno silencio, durante el cual, el obediente muchacho, se había atormentado con mil preguntas, un estruendo ensordecedor le sobresaltó y, cómo si tuviera un resorte en el trasero, se irguió de golpe. -¿Qué había sido eso?- Al cabo de unos segundos de titubeo, se arrancó la mordaza y corrió hacia el origen de aquel estrepitoso ruido. Abrió la puerta de la última habitación. Ante sus ojos, el averno recobró cuerpo y nombre. De su garganta brotó el más hondo alarido que suplicio alguno le hubiera podido arrancar...


Llevaba una jornada que hasta al mismísimo Satanás se le hubieran hinchado las pelotas. Navajazos en el barrio de las putas. Dos interrogatorios infructuosos. Un asalto a una joyería, con un muerto y tres heridos. Cuatro menores detenidos por agredir a una vieja. Y la puñetera lluvia que no había cesado en todo el día. A Paco no le gustaban nada los días de lluvia, le ponían de mala leche. Mascullaba su pésimo humor mientras subía las esclareas con sus hombres hasta el cuarto piso del viejo edificio. Pensó que debían derribar estos destartalados inmuebles sin ascensor. Ya no tenía edad para andar subiendo interminables peldaños.

Los municipales en la puerta. Lo que faltaba. A saber dónde habían metido las manazas, que luego las pruebas las tenían que recomponer ellos.

-Agente-, saludó escueto, con cara de pocos amigos.

-Buenas noches, comisario. Pase. Tenemos a un testigo. Pero ha sido incapaz de articular palabra.- le recibió el agente de uniforme azul, abriéndole paso hasta la habitación del fondo. -Me temo que el panorama es dantesco-, trató de advertirle.

Paco se detuvo en el umbral de la habitación. Gustaba hacerse una imagen global del escenario antes de adentrarse en su trabajo. Tenía razón el agente. La escena era escabrosa: el cadáver de una mujer desnuda, sentada rígida sobre una butaca de escritorio, de espaldas a la ventana, la cabeza ligeramente reclinada hacia atrás. Un espeso hilo de sangre recorría su carne desde la comisura de la boca hasta la ingle. El ancho collar de cuero en su cuello, adornado con una gran argolla, no había sido capaz de desviar la trayectoria de la sangre. La lluvia golpeaba infatigable los cristales desde fuera, como si quisiera lavar las salpicaduras de materia sanguinolenta, que había quedado adherida en su cara interior. Las parpadeantes luces de neón, del edificio de enfrente, le daban un matiz violáceo e intermitente a los sesos esparcidos sobre la ventana. El brazo laxo, la mano extendida en la línea de una pistola tirada en el suelo, parecían hablar por si mismos. Pero Paco nunca se fiaba de las apariencias. Después de unos instantes de observación, dio la señal a sus hombres para que se pusieran manos a la obra.

-¿Qué hacemos con el testigo, comisario?- le preguntó uno de los agentes de azul.

-Nosotros nos encargamos. Buenas noches-, espetó Paco con parquedad. Era la señal para que la policía municipal se retirase.

El comisario contempló de nuevo al hombre que, en un rincón, envuelto con una manta, no parecía ni respirar. Estaba más lívido que el cadáver. Debía rondar los veinte y pocos años. Otro guaperas con collar. Pues este se ha llevado un susto de muerte -pensó-. Paco sabía muy bien a qué habían estado jugando. Los collares de perro, junto a otros objetos, eran señales inconfundibles. Aunque la mujer yaciente, por alguna enigmática razón, le tenía desconcertado, no podía dejar de mirarla. Su carne inerte, pincelada en escala de grises, parecía absorberle hacia una extraña comunión.

Mandó avisar a otra patrulla para que se hicieran cargo del testigo. En ese lugar no estaba en condiciones de declarar nada. Empezó a moverse por el escenario. No le había pasado desapercibido un cuaderno abierto sobre el escritorio. Se acercó a él. Leyó la última línea:

-“Termina tu trabajo, mi Señor.”-

Le parecieron curiosas esas palabras para sellar el manuscrito antes de volarse los sesos.

Pilar, una de sus sabuesos más eficientes, no le dio tiempo a releer la frase. Con sus guantes de látex, la pelirroja de “nalgas prietas” –así la apodaban en el grupo de homicidios- estaba recogiendo meticulosamente las posibles pruebas para mandarlas al laboratorio.

Una y otra vez, mientras inspeccionaba el lugar de la escena, aquel cuerpo sin vida le reclamaba como un poderoso imán. Furtivamente posaba sus ojos sobre él, hipnotizado por su sensualidad hierática. El collar ensangrentado transgredía la armonía de líneas de una Venus esculpida en mármol gris. El surco rojo oscuro y viscoso quebraba en dos su silueta rígida, como testimonio mudo de una dualidad que encubría un enigma que turbaba al comisario.

Después de casi cuatro horas de faena, estaban a punto de acabar y Paco preguntó si habían avisado al Juzgado para el levantamiento del cadáver.

-Sí, jefe... No creo que el juez tarde mucho en llegar. Hoy estaba de guardia el veintisiete- le contestó uno de sus hombres.

-No jodas. ¿Le ha tocado al nuevo? ¿Al chulito de provincias? Pues verás tú como nos pone alguna pega -, advirtió Pilar. –Ese cabrón... –

-Cierra ese piquito, Nalgas- la interrumpió el comisario, reprendiéndola con esa lacerante mirada de cínico, tan característica suya. –No quiero problemas con los jueces. Así que si os pone pegas, vosotros a cumplir. ¿Ha quedado claro?.-

-Está bien, jefe- le respondió la pelirroja a regañadientes.

Él tampoco soportaba al nuevo juez que, desde hacía aproximadamente un año, se encargaba del juzgado de instrucción número veintisiete. Ahí ya no tenía nada que hacer, así que se despidió y que se encargaran sus hombres de los trámites. Echó un último vistazo al cadáver. Bella y narcótica mujer –pensó-... Subyugante hasta con el cráneo reventado. El disparo en la boca había recorrido una trayectoria limpia, llevándose por delante, en su salida, parte de la masa encefálica, abriendo un buen boquete en la zona occipital, visible sólo desde atrás.


Eran las tres de la madrugada y no conseguía dormir. La lluvia golpeaba la ventana como aquella noche en que la vio por primera vez. Mientras apuraba las últimas caladas de un cigarrillo, tumbado en la cama, volvió a contemplar su fotografía. La había sustraído de una de las cajas de los enseres que nadie reclamó. Y, sin embargo, sus hermosos ojos grises no le cautivaban tanto como aquellos párpados cerrados y sus pálidos labios manchados de sangre que aún recordaba como si la hubiera visto ayer.

Hacía ocho meses ya que el juzgado número veintisiete había cerrado el caso. El forense refrendó el suicidio en un par de días, apremiado por un juez que tenía demasiada prisa por archivar su muerte. El relato de su sabueso preferido, la pelirroja de nalgas prietas, de cómo un arrogante juez, venido de provincias, manchó su impecable traje con el vómito que no pudo contener al ver el cadáver, le proporcionó la primera pista. Unas iniciales marcadas a hierro candente en unos sublimes glúteos, repletos de finas cicatrices, reposando sobre la mesa de disecciones, y la lectura minuciosa de los manuscritos después, delataron definitivamente al verdugo. Comprendió entonces la última frase de aquel diario: -Termina tu trabajo, mi Señor.- María, así se llamaba su muerta, se las había ingeniado para obligar a su Dueño a rubricar el certificando de su defunción y completar el ciclo que él mismo había iniciado el día que la enterró en vida. Sin duda, una mujer audaz.

Paco carraspeó con la última bocanada de humo. El insomnio le hacía fumar más de la cuenta. Se esforzaría por conciliar el sueño. Mañana le esperaba un día duro, como siempre. Antes de apagar la luz, giró la cabeza hacia la ventana. Le inquietaba esa lluvia inagotable que aporreaba los cristales. Parecía como si quisiera romperlos y anegar los once cuadernos cuidadosamente apilados sobre el escritorio cercano. Finalmente se convenció que el legado de su diosa pálida y gris estaba a salvo. Acomodó un poco el ancho cuero, con las viejas manchas de sangre y la gran argolla, que ceñía su cuello cada noche desde que desapareciera misteriosamente de las dependencias del Instituto Anatómico Forense, antes de apretar el interruptor y hundir la cara en la almohada...
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FIN
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  • Fotografía: Alek Thorm

12 comentarios:

Mery dijo...

Grandioso. Qué excelente narración. La foto me pone malitaaa, eso si. Mery

Milagros Sánchez dijo...

Pues también tú, amiga Madame has sabido cerrar el "ciclo" de esa entrega eterna a través de tu imaginación y esta estupenda historia. ¡Me encantó leerte!
Besos multicolores y buen inicio de semana!!

hermes dijo...

Verdaderamente alucinante tu relato, en todo en general, sabes como nadie contar y describir situaciones y sentimientos.

Fantástico

Un abrazo.

pe-jota dijo...

Una historia para pensar, pasamos demasiadas cosas por alto, a duras penas nos detenemos en reflexionar que historia puede esconderse tras las personas que vamos conociendo, y sin embargo demasiadas veces nos atrevemos a juzgarlas.

cure of love dijo...

Ay qué siniestra, qué bien pensado lo tenía todo

Besos

Kostas Kamaki dijo...

Cómeme poquito a poco, poquito a poco, poquito a poco.

besos de a muchitos

MeRCHe dijo...

Me ha gustado mucho más la primera parte del relato, pero eso no quita que sea un muy buen relato.

Saludos

variopaint dijo...

Estupendo Madame...complimenti!

M.

Max dijo...

Fantástico relato, excitante narración Madame X-
Fantástico

Besosssssss

enkil dijo...

Buff, decir tremendo es poco, y no por la temática (que también) sino por la lírica. Impresionado por el torrente y la calidad de una prosa fluida que te absorbe de principio a fin. Me ha sorprendido que me enganche un texto escrito en pixeles. No soy muy dado a la literatura via PC aunque si, y mucho, a la literatura en papel. Pero esta vez ha sido de tirón (la lectura), y curiosamente, aunque sabía que era la segunda parte y que la primera no estaba lejos, he empezado por aquí, de atrás hacia adelante, sin que por ello me haya salido al revés ni la lectura ni la compresión. Tal vez inflingía alguna norma lectora, pero las normas las hacemos nosotros mismos al final.
El relato atrapa, se deja uno contagiar por el verbo, el adjetivo, los puntos suspensivos... La historia es magnífica, atrevida, atractiva, un lujo para la voz que va susurrando en tu cerebro cada frase, con voz femenina, la trama, el contenido. Tienes un enorme potencial, supongo que decirte esto no es más que confirmar algo que ya has de saber. Quiero más!!

Anónimo dijo...

ivansergi
Enhorabuena por tu relato, fantástico de verdad.
Con que maestría y como cambias también de escenario para volver al mismo punto de partida.
Estupendo de verdad.
Un montón de gracias por hacernos disfrutar con lo que escribes.
Fantástico.
Un abrazo y por favor: escribe mucho.

Akuar dijo...

Impresiona y estimula su alto sentido erótico y sensual. Me recuerda a Matador, de Almodovar, en cierta medida. Refinada manera de vivir la intensidad. Una delicia de sensación para vivir en una misma ...