La adúltera [Manuel Vicent]

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En el centro de una plaza pública había un saco lleno de piedras de buen tamaño. Eran piezas sagradas. A la sombra de los pórticos, que tamizaban una luz de cal viva, un centenar de hombres justicieros esperaba. Muy pronto llegaron unos esbirros arrastrando a la mujer adúltera, que fue recibida en silencio por todas las miradas mientras era depositada en tierra con los pies atados. A continuación un juez honorable leyó la sentencia y su voz se unió al balido de unas cabras que desde lejos participaban en la ceremonia. La muerte por lapidación para la mujer adúltera venía ordenada por el Libro Sagrado, el cual no daba resquicio al perdón, ni siquiera a la lástima. Una vez leídos los cargos, los hombres justicieros deberían acercarse a la víctima y armar su mano con una o varias piedras que había en el saco. Todos lo hicieron de forma decidida y después crearon un círculo alrededor de la mujer adúltera, que ya estaba arrodillada. No sucedió en una ciudad de Oriente ni de Occidente, sino en una plaza desolada bajo un cielo de diamante donde los relámpagos secos, a pleno sol, eran la única geometría con la que hablaba Dios. La mujer adúltera dobló su tronco hasta dar con su rostro en el polvo. Protegida la cabeza con las manos, sólo esperaba de sus verdugos la gracia de ser mortalmente herida con la primera pedrada. A una señal del juez que presidía la liturgia, los hombres justicieros levantaron el brazo, pero en ese momento, sin saber de dónde provenía, se oyó la enorme voz de un profeta que dijo: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Esa orden, que vino acompañada de un relámpago, paralizó a los verdugos. Con la piedra en la mano todos comenzaron a explorar su conciencia. Mientras la mujer adúltera mojaba la tierra con sus lágrimas, los hombres justicieros iban descubriendo dentro de la propia alma los deseos libidinosos que habían tenido, los hechos inconfesables que habían cometido y que aún permanecían impunes. Todos dejaron la piedra en el suelo y se alejaron, todos excepto uno. Era un hombre puro, libre de pecado, exento de toda culpa, el único legitimado para cumplir la sentencia, según el profeta. Cuando la mujer adúltera levantó el rostro, los pecadores habían desaparecido. En medio de la plaza sólo quedaba aquel hombre casto con el brazo armado. Mientras las cabras con sus balidos le pedían clemencia, el hombre lapidó a la adúltera, llevado por la crueldad que nace de la estricta pureza. Así se convirtió en asesino.
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  • Fotografía: Craig Morey

Evangelio de Lucas - Jesús en el hogar de Simón el fariseo

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7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.

7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;

7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.

7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.

7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.

7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;

7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?

7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.

7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.

7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
  • Fotografía: Eric Kroll

Elogio de lo irreparable (Félix Grande)

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Sé involuntaria. Sé febril. Olvida
sobre la cama hasta tu propio idioma.
No pidas. No preguntes. Arrebata y exige.
Sé una perra. Sé una alimaña.

Resuella busca abrasa brama gime.
Atérrate, mete la mano en el abismo.
Remueve tu deseo como una herida fresca.
Piensa o musita o grita «¡Venganza!»

Sé una perdida, mi amor, una perdida.
En el amor no existe
lo verdadero sin lo irreparable.

Félix Grande

HR Giger - Amo y Margarita (1976)

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Ficha técnica:Título: Meister und Margeritha (Amo y Margarita)
Fecha creación: 1976
Dimensiones: 100 x 70 cm.
Técnica y materiales: pintura acrílica sobre papel y soporte de madera

HR GIGER (Hans Ruedi Giger) es un polifacético creador suizo con una peculiar personalidad, que refleja en su inquietante obra surrealista. Ilustrador, pintor, escultor, diseñador, etc., empezó como artista “underground”, convirtiéndose posteriormente en un personaje de proyección internacional tras la creación de Alien y su metálica y delirante arquitectura para la película de Ridley Scout, Alien, el octavo pasajero (1979), por lo que le concederían el Oscar a los mejores efectos especiales en 1980. Colaboró también en otras producciones cinematográficas como Poltergeist II, Alien 3 y Species.

Su obra plástica plasma, a menudo, un desbordante erotismo, repleto de referencias fetichistas, que flota en un universo imaginario terriblemente oscuro y narcótico, de evocación satánica o alienígena. Con frecuencia, la máquina se confunde lascivamente con la carne en una turbia atmósfera onírica. Llama la atención los minuciosos y elaborados detalles de su obra, como si se tratara de mundos dentro de otros mundos, para conformar, finalmente, un paisaje global de complicado tramado. Cualquiera de sus representaciones puede causar un efecto alucinógeno. Quedáis advertidos.

Recientemente, La Universidad Politécnica de Valencia ha ofrecido la primera exposición de HR Giger en España. Espero que algún afortunado/a de entre vosotros la haya disfrutado mucho.

Dejo un par de enlaces para quien desee sumergirse más en la fascinante obra de este original creador:

HR Giger (su página oficial)


Memoria selectiva

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Mañana nublada y gris. Como tantas otras veces, me he despertado antes del alba. Hacía semanas que no veía amanecer sobre el mar. Armada con un tupido chal de punto y una taza de café recién hecho, he subido a la azotea para contemplar la salida del sol. No contaba con la espesura de las nubes. El horizonte estaba velado de un oscuro impenetrable, como si hoy no quisiera concederme ese capricho. Así que renuncié pronto, apenas unos minutos y unos sorbos de café con la brisa en la cara. De vuelta a mi escritorio, he ordenado algunos papeles. El graznido de la bandada de estorninos, sobrevolando los tejados, me ha anunciado el momento exacto de la aurora. Entonces, he recordado cuántos instantes felices he arrancado a aquel triste tiempo de tinieblas, a golpe de amaneceres sobre el mar. Apoyada sobre el murete de la azotea, encogida de frío la mayor parte de las veces, esperaba ansiosa la luz venida de Oriente. Con ella me dejaba transportar a un leve Paraíso teñido de púrpura y perfumado de jazmines. Porque es al alba cuando los jazmines despliegan con mayor fuerza su aroma.

La dicha es así, fugaz y transparente como los colores de la madrugada.

Sonrío al descubrir algunas anotaciones entre mis papeles. Viene a mi memoria una cita de aquella época de lúbricos encuentros en la distancia. Un compañero de chat, con el que nunca tuve demasiadas confianzas, dice que mi lugar de residencia le pilla de camino en su ruta de viaje de negocios. Algo inusual, pues yo vivo alejada de toda ruta mercantil. Acepto su invitación para tomar el aperitivo y conocernos.

No nos habíamos visto ni en foto, pero superamos el impacto visual muy bien. Finales de primavera, y la terraza del restaurante era muy acogedora. Durante el aperitivo me pidió que comiera con él. Volví a aceptar. La verdad es que no tenía nada mejor que hacer y nos acompañaba el tiempo, el paisaje y la conversación no me aburría. Salvo por algunas puntualizaciones mías, era él quién más hablaba. Le observaba tratando de sacar conclusiones. No estaba mal. Señor maduro, agradable y aceptablemente cultivado. Me atraen los hombres maduros. Incluso aquellos que podrían ser mi padre. Para mi gusto era algo ostentoso. El coche, su ropa, el reloj. Un vino excesivo. Esa elección no me causó buena impresión. Pretendió impresionarme más con el precio que con el paladar y le salió el tiro por la culata. A partir de ese momento, agudicé el análisis de cada uno de sus gestos y sus palabras. A esas alturas del encuentro, ya estaba claro que me deseaba. No era necesario que me lo dijera. Cualquier mujer, con un mínimo de olfato, huele las intenciones sexuales de un hombre. Quedaba averiguar de qué forma me deseaba.

Empezaba a cansarme su falta de modestia. Había llegado el momento de dejar atrás la complaciente compostura femenina. Así que fue un pequeño y pérfido placer sorprenderle con el nombre exacto de la capital de Bhután cuando trató de dejarme con la boca abierta con el relato de otro de sus viajes por países exóticos, como si las mujeres no tuviéramos nociones de geografía. O mejor dicho, aquellas mujeres que, bajo sus parámetros, éramos deseables. Ahora era yo quién dirigía la conversación. Salió el tema de nuestro lugar común: el chat de Sado. Hablamos de nuestras preferencias eróticas. Él era dominante, claro está. Hasta ponía cara de Amo, no fuera yo a dudarlo. Por fin empezaba a aclararse el panorama de sus expectativas. Prácticamente, había decidido que no tenía nada que hacer conmigo, pero quedaba darle la puntilla y dictar sentencia definitiva. Tengo apego a la justicia.

Era aficionado a la cría de caballos de pura raza española. Aún recuerdo cómo se le llenó la boca de babas cuando pronunció PURA raza. Eso me produjo un repelús terrible. Con ese detalle ya tenía suficiente para mandarle al cadalso de la indiferencia, pero quise ser lo más objetiva posible. Esa afición suya la había extrapolado a sus juegos libidinosos, por lo que gustaba adiestrar a sus amantes como devotas yeguas. Me pareció de cierta originalidad.

Llegó la hora de la interrogación clave. Le pregunté por su mujer y si con ella no compartía esas pasiones de alcoba. Me respondió que no, ¡por dios!, cómo iba a practicar con ella semejantes inclinaciones. Que, vamos, ni se lo quería imaginar. Con la madre de sus hijos ni por asomo se le pasaba por la cabeza. La sola idea de que su sagrada esposa le pudiera corresponder le daba aversión. No, no, no hubiera podido casarse con alguien así. Gélida como un liquen, le dejé explayarse. Dejé que se ahorcara él solito.

Ya no quise postre. Mi único deseo era volver a mi casa. Alejarme de ese jodido cerdo. Se sorprendió por mis prisas. El señor de los viajes exóticos y la cría de caballos de PURA raza, no tenía ni puñetera idea de porqué me moría por irme. Eso fue lo más triste. Así que no me quedó más remedio que aclararle que no acostumbraba a frecuentar hombres de tan baja estofa… Y me largué.

Me quedé con ganas de escupirle en la cara. Mi madre me enseñó que eso está muy feo. ¡Maldita educación!

  • Fotografía: Helmut Newton

El cartero (y Pablo Neruda) - 1995 - Michael Radford


* Escena de El cartero (y Pablo Neruda)
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Ficha de la película:
Título original: Il postino
Año: 1995
País: Italia
Director: Michael Radford
Guión: Michael Radford, Massimo Troisi, Anna Pavignano, Furio Scarpelli, Giacomo Scarpelli (Novela: Antonio Skármeta)
Música: Luis Enríquez Bacalov (AKA Luis Enrique Bacalov)
Fotografía: Franco di Giacomo
Reparto: Philippe Noiret, Massimo Troisi, María Grazia Cucinotta, Linda Moretti, Renato Scarpa, Anna Bonaiuto, Mariano Rigillox
Género: Comedia dramática

Sinopsis: Mario es un hombre sencillo que acepta un empleo de cartero. Su trabajo consiste en llevar el correo a un único destinatario, el poeta chileno Pablo Neruda que vive exiliado en aquel lugar. Mario se siente fascinado por la figura de Neruda y entre los dos hombres irá creciendo una gran amistad.

Sincera y tierna película que consigue conectar dos mundos, aparentemente distantes, representados por una figura del mundo de la literatura y por un modesto cartero del sur de Italia. Neruda enseña al cartero a usar la metáfora como herramienta de seducción y recibe de éste un oportuno aliento vital en su resignado exilio. (Rufo Pajares: FILMAFFINITY)

1 Oscar: mejor banda sonora drama. 5 nominaciones (película, actor, director, guión adaptado, banda sonora)
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Hubiera colgado otro fragmento de la película, pero estaba subtitulado en una lengua que no he identificado. Os dejo el enlace por si alguien quiere echarle un vistazo. Está en V.O. (en italiano) y, aunque hablan con algo de dialecto del sur, se entiende bastante bien. La síntesis de ese pasaje es que Mario, el cartero, seduce a Beatriz (la chica de la taberna) con versos de Neruda y éste se entera.


Después (esta parte ya no se ve), Neruda le recrimina por haber usado sus poemas. Y Mario le contesta:

- La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita.-

¿No es genial?

Es una película repleta de belleza que, sin grandes despliegues escénicos, conmueve. Una película para ver en esos días en los que uno no tiene ganas de complicaciones ni de excesos.

La Pianista [Elfriede Jelinek]

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[Fragmento]

Erika K. corrige el Bach, hace enmiendas en torno a él. Su alumno deja caer la mirada fija sobre sus manos agarrotadas. La profesora mira a través de él, pero al otro lado no encuentra más que un muro en el que cuelga la mascarilla mortuoria de Schumann. Un instante fugaz siente el deseo de coger la cabeza del alumno por el cabello y lanzarlo con fuerza contra el interior del vientre del piano, hasta que las sangrientas entrañas repletas de cuerdas salpiquen con estruendo por encima de la cubierta. El Bösendorfer no dará ni un sólo sonido más. El deseo cruza veloz por la cabeza de la profesora y desaparece sin causar daño

El alumno promete que mejorará aunque le cueste mucho tiempo

Erika espera que así sea y pide el Beethoven. El alumno aspira impúdicamente a conseguir elogios, aun cuando no es tan vanidoso como el señor Klemmer, cuyas bisagras chirrían sin parar de tanto empeño

En los escaparates del cine Metro sigue intacta la carne rosada en todas sus formas, versiones y precios. Se muestra exuberante y se desborda porque Erika K. no puede hacer guardia. El precio de las butacas no es fijo, delante es más barato que atrás, aun cuando delante se está más cerca y quizá se vea mejor el interior del cuerpo

Una de las mujeres se introduce las larguísimas uñas pintadas de un color rojo sangriento, la otra, en cambio, se introduce un objeto agudo, es una fusta. Se hace una marca en la carne y demuestra al espectador quién es el amo y quién no; también el espectador se siente como un amo. Erika siente la penetración. La sitúa enfáticamente en su lugar de espectadora. El rostro de una de las mujeres se llega a desfigurar de placer; el hombre sólo puede ver en su expresión cuánto placer le provoca y cuánto placer se pierde. El rostro de otra mujer en la pantalla se desfigura por el dolor; acaba de ser golpeada, aunque sólo suavemente. La mujer no puede manifestar de forma material el placer que siente, de ahí que el hombre deba atenerse del todo a sus indicaciones específicas. Él registra el placer que se manifiesta en su rostro. La mujer se contrae para no ser un objetivo fácil. Tiene los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sobre la nuca. Cuando no cierra los ojos, por momentos puede volcarlos hacia atrás. Mira al hombre sólo de vez en cuando; de ahí que los esfuerzos masculinos sean tanto más arduos, dado que no puede superar su rendimiento en función de la expresión del rostro y, de este modo, ir acumulando puntos. De tanto placer, la mujer no ve al hombre. Los árboles le impiden ver el bosque. Sólo mira al interior de sí misma. El hombre, este perito mecánico, trabaja en el coche averiado, en la maquinaria femenina. En general, en las películas pornográficas se trabaja mucho más que en las películas sobre el mundo laboral

Erika tiene experiencia en observar a personas que se esfuerzan con tesón en alcanzar algún objetivo. En este sentido, las grandes diferencias entre la música y el placer resultan más bien irrelevantes

La naturaleza no es algo que Erika busque con afán; jamás va de paseo al bosque, donde otros artistas se dedican a renovar casas de campo

Jamás hace excursiones a la montaña. Jamás se zambulle en un lago

Jamás se tiende en la playa. Jamás practica el esquí. El hombre acumula orgasmos con avidez hasta dejarse caer lleno de sudor en el mismo lugar de donde había partido. Por hoy ha elevado considerablemente el estado de su cuenta. Hace ya bastante tiempo que Erika vio esta película, dos veces, en un cine de los suburbios, donde nadie la conoce (salvo la mujer de la taquilla, quien la saluda como a una distinguida señora). No la vería más veces porque prefiere platos más fuertes en lo referente a la pornografía. Estos bellos ejemplares del género humano en el cine del centro de la ciudad actúan sin ningún tipo de dolor y sin la posibilidad de sentir dolor. Todo es plástico. En sí mismo el dolor no es más que una consecuencia del deseo de placer, de destrucción, de aniquilamiento y, en su forma más sublime, una forma de placer. Erika sobrepasaría gustosa el límite de una muerte violenta. En los suburbios follan con torpeza y es más probable que se hagan daño unos a otros, que haya todo un decorado teatral en torno al dolor. Estos lastimosos y maltrechos actores de pornografía de tercera categoría trabajan con mucho más empeño, además, agradecen más la posibilidad de participar en una verdadera película. Han sufrido daños, su piel presenta manchas, espinillas, cicatrices, arrugas, celulitis, rollos de grasa. El cabello mal teñido

Sudor. Pies sucios. En las películas con más pretensiones estéticas, en cines de más categoría, se ve casi únicamente la superficie del hombre y de la mujer. Ambos ejemplares están cubiertos de una piel sintética que garantiza la ausencia de suciedad, es resistente a los ácidos, a los golpes, a la temperatura. Además, en la pornografía barata la codicia con la que el hombre penetra en el cuerpo de la mujer es más evidente

La mujer no habla y, cuando lo hace, ¡más!, ¡más! Con ello se agota el diálogo, pero no el hombre, que se esmera, está ansioso, se concentra y tiene un orgasmo tras otro

Aquí, en la pornografía suave, todo se reduce a lo exterior. Esto no es suficiente para Erika, esta mujer de gustos refinados, porque ella quiere escudriñar hasta en sus raíces a estos individuos que se agarran uno al otro, qué hay detrás de todo esto, qué obnubila de tal forma los sentidos para que todos quieran hacerlo o al menos verlo. Un vistazo al interior del vientre no da más que una explicación insatisfactoria y deja muchas interrogantes. Es imposible abrirles el vientre a estas gentes para extraerles hasta el último detalle de sus entrañas. En las películas de mala muerte se ven más profundidades en lo que se refiere a la mujer. En cuanto al hombre, no es posible penetrar tan adentro. Pero nadie llega a verlo todo hasta en sus últimas consecuencias; incluso si se le abriera el vientre a la mujer, no se verían más que los intestinos y los órganos de su cuerpo. El hombre activo manifiesta incluso físicamente un crecimiento hacia fuera. Al final ofrece el resultado esperado, o no lo ofrece, pero, si lo hace, puede ser examinado públicamente y su autor se siente satisfecho del valioso producto de su cuerpo

El hombre debe tener la sensación de que la mujer le oculta algo decisivo en cuanto al desorden de sus órganos, piensa Erika

Precisamente lo que oculta, estos últimos resquicios, incita a Erika a buscar constantemente lo nuevo, lo más profundo, lo prohibido. Ella anda siempre detrás de una perspectiva nueva e insospechada. Su cuerpo jamás ha delatado sus misterios, ni siquiera en la posición con las piernas abiertas frente al espejo de afeitar, ¡ni a su propietaria! Del mismo modo, los cuerpos en la pantalla lo contienen todo: tanto para el hombre que quiere echar un vistazo a la oferta en el mercado de las mujeres, aquello que él aún no conoce, como también para Erika, la observadora hermética

Hoy el alumno de Erika es humillado y, de este modo, castigado

Erika cruza las piernas con desenfado y hace un comentario cargado de sarcasmo sobre la interpretación a medio guisar de Beethoven. Más no hace falta, el alumno está a punto de llorar

Esta vez ni siquiera le parece oportuno interpretar ella el pasaje a que se refiere. Por hoy no sacará nada más de su profesora de piano. Si no se da cuenta por sí mismo de sus errores, ella no le puede ayudar
.../...

de Elfriede Jelinek (Premio Nobel de Literatura 2004)

Traducción: Pablo Diener Ojeda
  • Fotografía: Man Ray

Premio UNICEF - Mejor fotografía del año

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La imagen de Ghulam, una niña afgana de 11 años, sentada junto a su marido, de 40, captada por la fotógrafa estadounidense Stephanie Sinclair, fue elegida ayer en Berlín como mejor fotografía del año por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). La instantánea, que fue distinguida entre otras 1.230 imágenes, forma parte de una serie de retratos de matrimonios forzados que Sinclair realizó durante dos años en Afganistán, Etiopía y Nepal, países en los que es habitual que las familias casen a sus hijos adolescentes. El Unicef estima que cerca de 60 millones de mujeres que hoy tienen entre 20 y 24 años fueron obligadas a casarse antes de llegar a la mayoría de edad. En Afganistán, aproximadamente la mitad de las chicas contraen matrimonio antes de cumplir los 18 años. La fotógrafa premiada relató que la familia de Ghulam decidió venderla a su marido para poder alimentar al resto de sus hijos, aunque añadió que "se sentían avergonzados" por ello. Stephanie Sinclair explicó que la idea del reportaje surgió de un trabajo anterior sobre mujeres que se suicidaban prendiéndose fuego, muchas de las cuales eran niñas cuando fueron entregadas a sus maridos.
[…]

Fuente: El Periódico de Catalunya (18 de diciembre de 2007)
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para el The New York Times, de la serie "novias infantiles"

Soneto de la dulce queja (F. García Lorca)

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Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

Federico García Lorca

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Jan Saudek - La carga (1987)

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Fotografía en blanco y negro, coloreada a mano.
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Jan Saudek, fotógrafo checo (Praga 1935), destaca por su increíble fuerza creadora. Para mí es uno de los grandes. Su obra, tanto en blanco y negro como en color, tiene un sello personal inconfundible. Algunas miradas mediocres le han catalogado como “kitsch”, posiblemente por sus abigarradas creaciones. Yo diría que es un oscuro e inquietante transgresor, con una carga erótica muy peculiar. A veces, muy onírico, pero también refleja la cruda realidad con un sarcasmo negro. Detrás de sus imágenes, no falta la ternura. Juega, a menudo, con dualidades e imágenes contrapuestas. Una de sus características técnicas más destacadas es que no trabaja con películas en color, sino que colorea a mano los revelados. De ahí esos tonos irreales.

Dada su prolífica y variada obra, es muy difícil destacar una pieza. Hoy me apetecía mostrar esta de “La carga”. Me resulta especialmente expresiva e, incluso, irónica. Y me encanta cómo la ha tintado. Existe otra réplica en tonos sepia.

Para quien quiera ahondar más en su obra, aquí dejo su página web:

Una respuesta serena

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Fotografía de Guy Lemaire

Madrugada cálida de otoño. En su casa de playa.

Siempre que podía, Omega venía a mi encuentro y me llevaba unos días a su casa junto al mar. La sensación era de un rapto transitorio. Un rapto reparador y oscuro. Una catarsis. Sabía hacer magia. Dosificaba de tal manera el placer que cuando le llegaba el turno al dolor, éste terminaba por diluirse hasta casi desaparecer en las espesas brumas del goce húmedo e indescriptible.

Omega cuidaba todos los detalles. Las luces tenues. Los fondos negros sobre los que destacar la carne y cada una de sus expresiones. Imágenes, sin sonido, de cuerpos embutidos en látex, revolcándose, en el televisor. Rock gótico y tenebroso en estéreo. Era un esteta pulcro y exigente. Un vampiro. De día, un señor maduro y elegante, de traje impecable, corbata de seda y pelo engominado. Al caer el sol, emergía el monstruo. Una criatura que se alimentaba de flujos vaginales, arrancados a golpe de orgasmos, de dolor y de sangre. Su apetito parecía no tener fin. No era su mirada lo que daba miedo, sino tu propio reflejo en sus pupilas. Un espejo capaz de precipitarte en una ciénaga profunda e innombrable. Por eso yo, me dejaba caer en sus brazos con los párpados cerrados. No quería verme en sus ojos. No quería saber de mí.

Aquel día, nos habíamos abandonado sobre la mullida alfombra, recubierta de raso negro, desde el ocaso hasta bien entrada la madrugada. Como era habitual, una sesión de sexo y pasiones prohibidas, larga y extenuante. Omega, siempre tan atento, había preparado un té con ese familiar aroma de vainilla que me retrotraía a la primera vez. Desde entonces, habían pasado algunos años, en el transcurso de los cuales se había solidificado una buena amistad.

Y ahí estábamos, recuperándonos de nuestro intenso viaje al mundo de los sentidos, degustando el humeante té y conversando. Cada uno en un sofá, distantes y tan próximos a la vez. Él fumando parsimonioso su pipa y yo aspirando el humo de un ansiado cigarrillo. Hablábamos sobre sus amantes-perras, sus nuevas conquistas, mis amantes-perros, mis logros en la dominación. Amordazábamos los celos como dos seres civilizados. Esbozábamos proyectos comunes en los que no terminábamos de ponernos de acuerdo. Hablábamos de arte: pintura, nuevas exposiciones, nuestros fotógrafos preferidos, me recomendaba películas, compartíamos nuestra voracidad voyeur… Entre medias, le pregunté por mis progresos en el dolor. Y entonces él me miró con esa media sonrisa de maestro extremadamente paciente y me repitió una vez más que no acababa de abandonarme, que sí, que en todo este tiempo había mejorado, y que sería más feliz si me decidiera de una vez por todas. Siempre exquisito, no mencionó mi cobardía, no hizo odiosas comparaciones. No era necesario. En parte, conocía las proezas de sus amantes-perras y, en parte, las intuía. Mis migajas no eran comparables con las ofrendas de las más perras de entre sus amantes. Bien que lo sabía. A mi favor, una constatación irrefutable: nuestra tremenda química sexual, capaz de ensombrecer algunas de las entregas más abyectas. Pero, esa madrugada, insatisfecha con sus respuestas, quise hurgar más allá de la frontera e insistí con una pregunta:

-A ver, dime algo que me humillaría. Que me humillaría de verdad.-

Se giró hacia mí y con una perversa serenidad me respondió:

-Cagarte en la boca.-

Portero de Noche (1973) - Liliana Cavani



* Escena de Portero de Noche
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Ficha de la película:
Título original: Il portiere di notte
Año: 1973
País: Italia
Director: Liliana Cavani
Guión: Liliana Cavani & Italo Moscati
Música: Danièle Paris
Fotografía: Alfio Contini
Reparto: Charlotte Rampling, Dirk Bogarde, Philippe Leroy, Gabriele Ferzetti, Piero Vidal, Nora Ricci, Isa Miranda, Giuseppe Addobbati
Género: Drama

Sinopsis: Una mujer judía que, durante la Segunda Guerra Mundial, siendo apenas una adolescente, estuvo en un campo de concentración, se reencuentra trece años después con el oficial nazi que solía abusar sexualmente de ella cuando estaba cautiva. Ambos coinciden en un lujoso hotel de Viena, donde él trabaja como portero. La dolorosa experiencia pasada desencadenará una relación sadomasoquista entre ellos. (FILMAFFINITY)

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Me encanta esta película, su estética, su trama, la complejidad del alma humana… el oscuro mundo del deseo. El amor no es siempre de color rosa. A veces, es más negro que una noche sin luna. Portero de noche es de esas películas que hay que volver a ver de tanto en tanto.
El poster es de colección. Fantástico.

Pablo Picasso - Minotauro acariciando a una mujer dormida

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(Museo Nacional Reina Sofía - Madrid)
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Ficha técnica:
Título: Minotauro acariciando a una mujer dormida (de la serie Suite Vollard)
Fecha creación: 1933
Dimensiones: 34 x 44,5 cm
Técnica y materiales: Aguafuerte/punta seca sobre papel verjurado de Montval

Picasso se autorretrata como el Minotauro, inclinado sobre su amante (en esa época, Marie-Therèse Walter). Un grabado que expresa con brutal fuerza erótica la humanidad del monstruo y la animalidad del hombre. Picasso aseguró que el monstruo: "La está estudiando, intentando leer sus pensamientos, tratando de averiguar si ella le ama porque es un monstruo… Es difícil afirmar si quiere despertarla o matarla".

El artista recurre frecuentemente al Minotauro –su alter ego- para representar sus turbulencias interiores y sus contradicciones. Su deseo feroz de hombre y de animal. A Picasso le gustaba explorar los límites de la sexualidad. No sólo quería satisfacer sus deseos sexuales, sino elevarse entregándose a aquello que la cultura prohibía. Bataille estaba fascinado por la unión de sexualidad, transgresión y trascendencia que experimentaba Picasso. Según Bataille, "Picasso descubría el sentimiento de violencia elemental que inflamaba cada manifestación erótica. Por esencia, el terreno del erotismo es el terreno de la violencia, de la violación...".

Es uno de los grabados de Picasso que más me gustan. Contiene una tensión sexual inquietante, oscura, a punto de desbordarse más allá del papel.

He querido inaugurar esta sección con Picasso, porque para mí es el genio por antonomasia –no es el único, sin duda-. Su obra jamás me deja indiferente. Desde lo más clásico a lo más expresionista y experimental, me apasiona.
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*En el Museo Picasso de Málaga se expone un grabado de la misma serie y el mismo motivo: "Minotauro acariciando con el hocico la mano de una mujer dormida".

Elogio al infierno de una dama (Bukowski)

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Algunos perros que duermen a la noche
deben soñar con huesos
y yo recuerdo tus huesos
en la carne
o mejor
en ese vestido verde oscuro
y esos zapatos de taco alto
negros y brillantes,
siempre puteabas cuando
estabas borracha,
tu pelo se resbalaba de tu oreja
querías explotar
de lo que te atrapaba:
recuerdos podridos de un
pasado
podrido, y
al final
escapaste
muriendo,
dejándome con el
presente
podrido.
hace 28 años
que estás muerta
y sin embargo te recuerdo
mejor que a cualquiera
de las otras
fuiste la única
que comprendió
la futilidad del
arreglo con la vida.
las demás sólo estaban
incómodas con
segmentos triviales,
criticaban
absurdamente
lo pequeñito:
Jane, te
asesinaron por saber
demasiado.
vaya un trago
por tus huesos
con los que
este viejo perro
sueña
todavía.


Charles Bukowski
(Traducción: Federico Ludueña)

De la tentación a la seducción...


Día soleado en el exilio. Los elementos confabulados para darte un paseo a orillas del mar. Me rebelo a la invitación. Me rebelo al paisaje de playa. A lo mejor es porque lo tengo demasiado cerca. O, a lo mejor, es porque he de compartirlo con transeúntes en zapatillas de deporte, ejercitando cuerpos en aras de la longevidad, que te interrumpen el horizonte azul intenso cuando te estás perdiendo en él.

Me quedo aquí. Contemplo otros horizontes. Los blog’s
configuran un paisaje que no parece tener fin, abigarrado y caótico. Fascinante. Hurgas en otras vidas. En fragmentos de vidas. Vidas, no como son, sino como queremos que parezcan. Tal vez, más nuestras que las nuestras propias. Gritos insonoros como cantos de sirena.

Me resistía. La idea de un blog me daba urticaria. Era tan cómoda la lectura anónima, sin compromiso, sin reciprocidad. Pasa el tiempo y te das cuenta que un blog no es necesariamente como un diario. No tienes que estar contando tus cosas como si confesaras disciplinadamente. Dices lo que quieres o, mejor dicho, dices lo que quieres que oigan. Al final, caigo en la tentación como cualquiera. Decía Oscar Wilde: “la mejor forma de vencer una tentación es caer en ella.” Y me temo que voy a caer en más tentaciones de las previsibles. Incluso en algunas de las que renegaba.

Me propuse un canto solitario y lúbrico. Como quien se tumba en una chaise longe y suelta por esa boquita cuanto de inconfesable se le ocurre. A tu lado, en la sombra, tienes a un desconocido que traga con todo, haciéndose el indolente. La asepsia del oyente anónimo me atraía. Luego te das cuenta que te engañas. Estás seduciendo a ese tipo.
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  • Fotografía: Helmut Newton

Masauda [Abdelhak Serhane]

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[Fragmento]

En el principio eran las tinieblas. Y en el principio mis dedos habían trazado la silueta de una mujer desposeída: Mesauda. Dos líneas paralelas mal trazadas, una línea transparente y un círculo negro mal cerrado con unas manchas indefinidas.

Mesauda una mujer. Mesauda un hombre. Mesauda un animal. Era todo eso a la vez; hermafrodita solitaria con el sexo tatuado por los murciélagos. El silencio fluía entre sus piernas y el sueño tomaba forma. La abuela decía de ella que era la herida del tiempo y la bacía de los adultos, que se divertían penetrándola con sus dedos y haciéndole cosquillas en sus senos extenuados. Era uno de esos seres lamentables que sufren y aceptan su destrucción. El sueño febril, acechado por los adultos desquiciados, en el desorden de nuestra mirada confiscada a nuestro vértigo, a nuestra juventud claudicante; ellos manifestaban en ella la embriaguez de su deplorable delirio: hombres incapaces de controlar el estallido de su euforia.

Los demás dormíamos en el sueño de sus sombras; testigos de secuencias disonantes de una vida deshilachada, suspendida de las agujas de un silencioso reloj de péndulo.

A veces gritaba y daba alaridos, pero terminaba siempre dejando escapar de su boca desdentada una desabrida risa y enseñando el trasero a la gente, mientras que algunos adultos la toqueteaban por debajo de sus harapos. Teníamos alucinaciones y nuestros dedos se estrechaban más aún alrededor de nuestro sexo. Era más fuerte que nosotros.

A veces, los adultos se divertían desnudándola o arrancándole los pelos del bajo vientre para ponerla fuera de sí, y lograban hacerla gritar. Entonces se escapaba llorando, perseguida por los dedos peludos y la risa cómplice de nuestros mayores. No se había detenido aún, cuando ya otras manos la habían atrapado y la penetraban otros dedos. Un líquido sucio chorreaba siempre entre sus piernas y los dedos seguían extraviándose en sus dédalos.

Nosotros, los niños, mirábamos acariciándonos el sexo, buscando un rostro o una grieta.

Así fue como aprendimos lo que era la vida, con todo lo que tiene de alegre y violento a la vez. Esa vida, que habíamos conocido muy pronto, y del lado malo, iba a dejar su huella en nuestra memoria. Todos habíamos conocido la misma llamada y el mismo grito. Más tarde, esas dos voces iban a estallar con fuerza y dispersarse en nosotros, alrededor nuestro, para dejar sitio a nuevas mentiras y contradicciones.

Mesauda entraba en todas las casas pero ninguna le pertenecía. Las mujeres esperaban su paso. En cuanto dejaban los cubos de agua llenos en Titahcen, le pedían que contara sus dolores. Formaban un corro alrededor de ella:

- ¡Cuenta! ¿Qué te han hecho hoy?

Entonces se sumía en una difícil explicación. Su lengua, cual bola de fuego, recorría la boca en busca de algunas palabras abandonadas. Sus brazos se agitaban en el vacío con gestos vagos y desordenados. Las mujeres reían. Las jóvenes escuchaban. Sus fantasmas se reunían con los nuestros en una simulada complicidad. Cuando Mesauda se iba, las jóvenes se reunían junto a la fuente, se tocaban discretamente los senos por debajo del haik, se enseñaban el pecho y se acariciaban mutuamente el sexo.

Mi padre, como los demás, disfrutaba restregando la imagen envejecida que Mesauda guardaba entre sus piernas.

Para nosotros, era la mujer transparente, la virgen eterna, y también, la carne tumefacta y saqueada. Era la nebulosa con piernas arqueadas, siempre abiertas a los dedos peludos y a las ávidas miradas.
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Mesauda, la ofrenda. La llaga del deseo colectivo, el maná celestial del que se alimentaban nuestros mayores. Pasatiempo de donde emergía su delirio y nacía nuestro placer censurado.

El sol reinaba sobre la cumbre del Akechmir y nuestro ojos estallaban como pompas de jabón al acercarse a las tinieblas y a la carne. Nos consumíamos esperando que pasara Mesauda. Nos excitábamos con la idea de que nunca llevaba nada debajo de la ropa.

Bastaba con que se sentara y abriese un poco las piernas para que la penetráramos con la mirada. Salivazo en las manos y sexos arrogantes. El movimiento de las manos se aceleraba con un ritmo amargo. Un pálido goce nos cegaba y nos liberábamos durante un instante de nuestra angustia. Los dedos se pegaban y aspirábamos con orgullo el olor de nuestra obra. Nuestra manos se parecían entonces, poco más o menos, a las de las personas mayores, regadas en las ciénagas de Mesauda, y nos sentíamos orgullosos.

[...]

De vuelta a casa, me encerraba en el retrete, sacaba mi sexo miserable y me empecinaba en devolverlo a la vida; tenía prisa por hacerme hombre. Además, nos habían enseñado que el valor de un hombre se mide por el peso de sus testículos. Cuando lo soltaba, se volvía jadeante; un verdadero pingajo. Todas las miserias del mundo se reunían en mí. Buscaba entonces una regla. Ningún progreso. Era igual a mi desesperación de hombre inacabado.

"Dios nos ha creado a todos iguales", afirmaba mi padre. Yo sabía que eso era mentira, porque no todo el mundo tenía acceso a Mesauda: usufructo de los adultos, que nos obsequiaban con una lección de moral en una herida nueva.

Mesauda, la andrógina negra, era la sofocante conciencia de la desigualdad social, la injuria hecha a la palabra de Dios y nosotros éramos la ironía de una vida sin alegría, determinada por la fatalidad.


de Abdelhak Serhane
(Traducción: Inmaculada Jiménez Morell)

  • Fotografía: Korey Birand

Blade Runner (1982) - Ridley Scott



*Escena de Blade Runner

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-Guión-

[Deckard descansa en el sofá. Rachael se sienta al piano y empieza a tocar suavemente]

Deckard: Soñaba con música.
Rachael: No sabía si podría tocar. Recuerdo las lecciones. No sé si soy yo o la sobrina de Tyrell.
Deckard: Tocas muy bien.

[Deckard acaricia a Rachael. Ésta sale corriendo del apartamento. Deckard la detiene bruscamente y la besa varias veces]

Deckard: Ahora, bésame.
Rachael: No puedo fiarme de mi memoria.
Deckard: Dime que te bese.
Rachael: Bésame.
Deckard: Te deseo.
Rachael: Te deseo.
Deckard: Otra vez.
Rachael: Te deseo. Pon tus manos sobre mí.

[Corte. Apartamento de Sebastian. Pris se maquilla mientras observa las cosas de Sebastian]

◊ ◊ ◊
Ficha de la película:
Título original: Blade Runner
Año: 1982
País: EE.UU.
Director: Ridley Scott
Guión: David Webb Peoples & Hampton Fancher (Novela: Philip K. Dick)
Música: Vangelis
Fotografía: Jordan Cronenweth
Reparto: Harrison Ford, Sean Young, Daryl Hannah, Rutger Hauer, Edward James Olmos, Joanna Cassidy, Brion James, Joe Turkel
Productora: Warner Bros. Pictures
Género: Ciencia-Ficción/Acción
Sinopsis: A principios del siglo XXI, la poderosa Tyrell Corporation desarrolló un nuevo tipo de robot llamado Nexus, un ser virtualmente idéntico al hombre y conocido como Replicante. Los Replicantes Nexus-6 eran superiores en fuerza y agilidad, y al menos iguales en inteligencia, a los ingenieros de genética que los crearon. En el espacio exterior, los Replicantes fueron usados como trabajadores esclavos en la arriesgada exploración y colonización de otros planetas. Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate de Nexus-6 en una colonia sideral, los Replicantes fueron declarados proscritos en la Tierra bajo pena de muerte. Brigadas de policías especiales, con el nombre de Unidades de Blade Runners, tenían órdenes de tirar a matar al ver a cualquier Replicante invasor. A esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba retiro. (FILMAFFINITY)

Mujeres como Dios manda

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Un compañero de piso recién desarmarizado me preguntó hace tiempo que si no se estaba pasando con la pluma, con los oye bonita y con los femeninos constantes que no cesaba de utilizar con una compulsión que a él mismo le parecía excesiva. Por supuesto que identifiqué de inmediato la indefensión y la oscuridad de un pasado que daba miedo y que seguía estando ahí con toda su homofobia y sus días de fútbol, así que me planté y le dije que ni se le ocurriera poner en duda sus dudas de género. Con la que está cayendo, le contesté, toda pluma es poca. Lo entendió de inmediato y se lanzó de cabeza a intercalar los vocativos perra y guapa dos veces por frase y recuerdo que hasta feminizó la negación, que tiene uno la impresión que es como masculinísima, y acabó diciendo na en vez de no. Lo cierto es que mi compañero de piso era un tipo concienciado, radical, feminista por supuesto, pero cuando le llegó esa feminización absoluta acabó hablando mal del servicio, de los sudacas y terminó por entrarle un cierto tono de Serrano que me acabó asustando. Esa no era él, era una niñapija que desde luego no era feminista. Llegué a pensar en que había sido abducido por el Fondo Monetario Internacional, o que estaba poseído, o yo qué sé, algo peor, no podía entender que hubiera pasado tan violentamente de El Viejo Topo al Telva. En un arrebato de desconcierto le cogí por el cuello y empecé a gritar “¡Asqueroso extraterrestre!, ¿qué has hecho con mi compañero de piso?” Hasta que mi di cuenta que los responsables de aquello éramos yo y mi bocaza, que mi recomendación había creado un monstruo.
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Porque el problema, ya lo pensé entonces, no es usar el femenino, sino la mujer que ponemos detrás de ese femenino. Para explicar el cambio de género hemos recurrido mil veces al valor de la performance, a su capacidad de cuestionar la realidad social. Con el femenino interpretamos por supuesto, lo vivimos, somos otros/otras, y la ficción tiene el poder de interrumpir lo cotidiano, de invadirlo. Pero si antes revolucionábamos con el femenino (Mendicutti dixit) lo cierto es que ahora tan sólo revolvemos. No hay que escarbar mucho para darse cuenta de que el imaginario colectivo de los gays ha usado a la mujer para construir una ficción monstruosa. Si yo soy responsable de la ideología de mis novelas, no puedo lavarme las manos ante esa otra ficción con la que convivimos diariamente. Ese personaje de descerebrada, guapabonita, divinísima, pija, loca por los trapos ortodoxamente femeninos, esa esclava feliz que a la primera oportunidad finge sacar el pintalabios, que se muere de gusto ante el poder del macho, ya no me divierte lo más mínimo y su ironía, potente en otro tiempo, creo que hace mucho que se perdió. Alguien comentó una vez que ésa mujer que hemos construido entre todos —porque es que es siempre la misma— sería el ideal de un machista de pro. Sólo habría que observar un poco en una noche de terrazas para comprobarlo. Parece que representamos lo que odiamos. Encarnamos los tópicos que nos han dañado, los que nos han perseguido desde nuestros tiempos de hijos felices. Hay noches del ambiente en las que parece que han convocado un casting para el personaje de Annette Bening en American Beauty. ¿Qué supondría para un actor vivir permanentemente con un personaje alienado hasta ese punto? Por supuesto que esa ficción femenina de contoneos y suspiros y saltitos no es la mujer que nos hace falta, ni es Rosa Luxemburgo, ni Fefa Vila, ni por supuesto Pat Califia o Gerturde Stein (estas dos al parecer tan poco femeninas con comillas en la forma y tan femeninas sin comillas en el fondo). Así que, la verdad, o remozamos nuestro imaginario o abandonamos el femenino. Ayer mismo, hojeando revistas, me encontré con un artículo a ocho columnas sobre el Ku Klux Klan. En colorines, junto a otras de cruces llameantes, había una foto del Gran Brujo Imperial del KKK y de su mujer Muriel. Mechas rubias cardadas, discreto maquillaje, pendientes algo ostentosos de perlitas y rubíes, traje femeninísimo color rojo coca cola haciendo juego con los rubíes. Todo esto en ella, claro, no en él. No tardé en darme cuenta de lo que se parecía esa glamourosa Muriel a la mujer que encarnamos.

Y la verdad es que, llegados a este punto, yo al femenino lo cerraría por obras.

Texto de: Marcelo Soto
  • Fotografía: Benjamin Kanarek

Orfeo I (Margaret Atwood)

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Delante mío caminabas,
atrayéndome
hacia la verde luz que alguna vez
me asesinó con sus colmillos.
Insensible te seguí,
como un brazo dormido y obediente
pero no fui yo quien quiso
volver al tiempo.
Había llegado a amar el silencio,
pero mi antiguo nombre era una cuerda
o un susurro tendido
entre nosotros.
Y estaba tu amor,
las viejas riendas de tu amor,
tu voz corpórea...
Ante tus ojos mantenías
la imagen de tu deseo, que era yo,
viva otra vez.
Y por esta esperanza tuya continué,
y así fui
tu alucinación, floral
y oyente
tú me creabas
al cantarme y una piel nueva me crecía
en mi otro cuerpo, envuelto en niebla,
y tenía ya sed, y manos sucias,
y veía ya,
perfilados contra la boca de la gruta,
el perfil de tu cabeza y de tus hombros
cuando te diste vuelta para llamarme
y me perdiste...
Así que no llegué a ver tu rostro,
sólo un ovalo oscuro,
y a pesar de sentir todo el dolor
de tu derrota, debí rendirme,
como se rinden las mariposas de la noche.
Tú creíste
que sólo fui el eco
de tu canto.
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Margaret Atwood

(Traducción de Amparo Arróspide)

Con faldas y a lo loco (1959) - Billy Wilder



*Deliciosa escena de la comedia "Con faldas y a lo loco"
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Ficha de la película:
Título original: Some Like It Hot
Año: 1959
País: EE.UU.
Director: Billy Wilder
Guión: Billy Wilder & I.A.L. Diamond (Relato: Robert Thoeren & Michael Logan)
Música: Adolph Deutsch
Fotografía: Charles Lang Jr. (B&W)
Reparto: Marilyn Monroe, Tony Curtis, Jack Lemmon, George Raft, Pat O'Brien, Joe E. Brown, Behemiah Persoff, Joan Shawlee, Billy Gray, Dave Barry, Harry Wilson

Zapatos de tacón de aguja


El escenario no podía ser más adecuado. Un antiguo convento reconvertido en exquisito hotel. Con un poco de imaginación, no era difícil figurarse a las antiguas moradoras arrastrar los rebordes de sus hábitos por el cuidado empedrado del claustro renacentista. Meditabundas y silentes.

Ahí, donde antaño reinaba el recogimiento y la oración, el juramento de castidad autoimpuesto a golpe de disciplina, -precisamente ahí- tuvo lugar uno de los actos más osados que había ideado hasta ese momento. Contaba, claro está, con mi amante y cómplice. Podría caer en la tentación de referirme a él como a mi sumiso, pero en verdad nunca lo ha sido, más allá del tiempo que duran los juegos de alcoba. Y no siempre. Alguna vez se imponía a fuerza de besos apasionados y de músculo. De tanto en tanto, necesitaba demostrarme que sabía cómo arrebatarme las riendas.