20/10/2009

Solo las buenas chicas escriben diarios. Las malas no tienen tiempo. (Tallulah Bankhead)

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  • Fotografía: Irving Penn

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Quiero agradecer vuestra lealtad al regresar una y otra vez a este espacio, a pesar de mis irregulares actualizaciones y mis largas ausencias y, lo que es mucho peor, mi intermitente reciprocidad con vuestros blog’s. No es falta de interés, os lo aseguro. Soy una auténtica adicta a muchas de vuestras páginas, de las que me nutro y enriquezco de una forma que no hubiera podido imaginar antes de adentrarme en este paisaje de espacios personales. Y la lista va en aumento. Es simplemente maravilloso. Suena cursi, pero es así como lo siento. Me pasa que hay asuntos en mi vida que me dispersan y no logro centrarme en la blogosfera (nunca sé muy bien cómo se escribe) con regularidad. No soy amiga de las excusas, y menos en este lugar que considero un espacio de libertad donde la gente debe actuar sin censuras ni compromisos, pero he sentido la necesidad de decíroslo. Hagáis comentarios o no, sois mis compañeros de travesía y me gusta sentiros cerca.

Ahora salgo de viaje, pero en noviembre espero volver a estar en activo. Gracias por vuestra presencia… y paciencia. Un beso.

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07/10/2009

Campanas por la Gripe A - Una monja denuncia la vacunación en masa


El vídeo es un poco largo, pero dada la importancia de la información que se facilita en él, os recomiendo vivamente que lo visionéis y le deis la máxima difusión si así lo creéis oportuno.

TERESA FORCADES, doctora en Salut Pública, hace una reflexión sobre la historia de la GRIPE A, aportando datos científicos, y enumerando las irregularidades relacionadas con el tema.

Explica las consecuencias de la declaracion de PANDEMIA, las implicaciones políticas que de ello se derivan y hace una propuesta para mantener la calma, así como un llamamiento urgente para activar los mecanismos legales y de participación ciudadana en relación a este tema.

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26/07/2009

Dry Martini, mi cóctel favorito

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El Dry Martini es uno de los cócteles más célebres por sus míticos adeptos. Curiosamente, la mayoría, hombres, aunque hay alguna excepción, como Ava Gardner. Sinatra, Churchil, Bogart, famosísimo el Dry Martini de Luis Buñuel -cuya receta se puede hallar por doquier y que luego comentaré-, Hemingway y el british-macho-man por excelencia, Bond, James Bond. Aunque éste se atrevía a pervertir la receta clásica y, en vez de con ginebra, lo pedía con vodka y encima agitado y no mezclado. Licencia de quien es capaz de tirarse en paracaídas sin arrugar el smoking.

Mi pasión por el Dry Martini se remonta a mis ventipocos años, cuando un maduro (que podía ser mi padre) y sofisticado caballero me ofreció, con la más embaucadora de las sonrisas, y tras un minucioso ritual de elaboración, una glamorosa copa cónica con un líquido cristalino, en cuyo interior reposaba una aceituna atravesada por un palillo, conjunción que, hasta entonces, sólo había visto en el cine. El primer trago fue como un cóctel molotov en mi paladar, pero, al tercero, mi boca se arqueaba voluptuosa y para cuando apuré la última gota ya era demasiado tarde. Me había enamorado del combinado y del cabrón que me lo había servido. Oh, sí, el Dry Martini es un bebedizo altamente peligroso. Nunca más he sabido desprenderme de él. De mi iniciador, tampoco; 20 años de matrimonio y, ahora, extraños amigos. En efecto, os lo estoy advirtiendo, peligrosísimo.

Con el tiempo y tras degustar Dry Martinis en diversos lugares, he adoptado una receta como favorita, que os voy a detallar a continuación. La recomiendo sólo para quienes tengan ganas de experimentar con el peligro o bien deseen seducir a algún cándido paladar.

3 partes de Ginebra
1 parte de vermut seco
1 tira de piel de limón
3-4 gotas de Amargo de angostura
1 aceituna verde (manzanilla, la mejor) por copa
Hielo

[Sí deseamos un Dry Martini un poco más suave, reducir la proporción de ginebra: o sea, 2 de ginebra por 1 medida de vermut seco.]

Elaboración: En un vaso mezclador previamente enfriado, también sirve una jarra (mediana) de cristal, echar un puñado de hielos. Se vierte el vermut seco, la ginebra, la angostura y sobre el recipiente se retuerce la piel de limón para que suelte unas salpicaduras de ese aceite esencial que contiene. Yo añado después el trocito de cáscara (sin lo blanco) a la mezcla. Se remueve todo con una cuchara larga si no se dispone de una varita mezcladora. A continuación, se sirve en una copa martini, sin que caiga el hielo, donde con anterioridad hemos puesto una aceituna insertada en un palillo. ¡Y voilá!

La copa martini o copa cóctel es cónica, de boca ancha, con pie largo. Personalmente, me gustan grandes y muy abiertas en la "desembocadura". Servir el Dry Martini en otro tipo de copa sería un pecado mortal.

Mi ginebra favorita para el cóctel: Bombay Sapphir, por que tiene un toque perfumado que me encanta, pero la Bombay Dry Gin o la Beefeater, por ejemplo, también son adecuadas. En cuanto al vermut seco, a mí me gusta el de Martini, que, además, es fácil de encontrar. Por favor, no confundir con el Martini blanco. La botella es verde y pone “Dry” (seco) en la etiqueta. Buñuel, con una receta muy particular suya, recomendaba el vermut “Noilly-Prat”. Sólo adecuado si se sigue fielmente la fórmula del cineasta, impregnando los hielos con el vermut y tirando el sobrante antes de echar la ginebra. Es un vermut excesivo en aromas para las proporciones clásicas. La angostura, es un condimento líquido para dar ese toque amargo tan sutil. La botellita es cara, pero cunde muchísimo, así que al final compensa. También se puede prescindir de la angostura, aunque no sería lo mismo. Para las proporciones, en caso de no disponer de un medidor propio de barman, basta un pequeño vaso, de los que se emplean para servir chupitos. Según el número de invitados, así se multiplica.

¿Cuándo tomar un Dry Martini? Es el combinado ideal para antes de comer. Es seco y no empalaga. Abre el apetito y te deja el cuerpo y la mente en ese estado perfecto para degustar a continuación una magnífica cena (o almuerzo) en la que puedes lucirte como un comensal de inspirada conversación. Si es una cena íntima, el efecto puede ser demoledor. [No recomendado para mojigatos… luego pueden arrepentirse.]

Desde luego, yo ya no concibo a mi lado a un hombre que no sepa prepararme un Dry Martini comme il faut. Es lo primero que le enseño, antes incluso que a besarme como a mí me gusta. Caprichosa que es una. :-)

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24/07/2009

Midas (Antonio Cillóniz)

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Si hay huellas de oro por tu cuerpo
eres esclava.
Pero si tienes el tatuaje
del hierro sobre tu piel
tú serás libre
porque nadie
ya vieja enferma y muerta
va a venderte o a enterrarte.


De "Una noche en el caballo de Troya" (1987)

Antonio Cillóniz

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22/07/2009

En paro...

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Acaban de darme el finiquito (fue ayer). Era inevitable, lo venía esperando desde hace meses. Mi jefe, un joven empresario, emprendedor y dinámico, me estaba largando un discurso soporífero sobre la crisis mundial y sobre nuestra crisis en particular, sin atreverse a afrontar lo que realmente había venido a decirme desde Madrid. Pobre, estaba pasando un mal trago. No sólo por mí, todo su negocio se ha ido a la mierda. Va a ser pasto de los bancos. Los banqueros sí que no perdonan una. Primero aprietan y luego ahogan sin la más mínima piedad. Y el domingo van a misa, para empezar el lunes la voraz depredación sin atisbo de culpa. Así que, sí, mi jefe me daba penilla. Al final le tuve que echar una mano para que se centrara en el meollo de la cuestión, que era mi despido. Los dos nos sentimos aliviados al afrontarlo. Tengo un mes de sueldo pagado sin pegar un palo al agua, más todo lo demás que me corresponde por ley. Ningún contratiempo ni racaneo en ese sentido. Y buenas palabras y agradecimientos por mi labor.

En cierta manera, es más terapéutico tener un jefe cabrón, afrontas el despido como una auténtica víctima de la vorágine capitalista con todos los atributos de la penitencia, teniendo un sujeto explotador inmediato a quién poner a parir y culpar de todos tus males. La putada es la misma –el paro- pero como que te quedas más desahogada dándole la paliza a familiares y allegados con tu inmolación laboral. Éstos, consolándote y formando coro de plañideras. Y luego está el discurso proletario personalizado que podrías desembuchar en las largas colas del INEM con tus colegas de destino, regodeándote con las maldades del hijodeputa de tu jefe, intercambiando escabrosos detalles y competir por el patrón más canalla. Eso te tiene que dejar como nueva. Pues nada, ni eso, ya nada es lo que era. Esta crisis miserable nos ha igualado a asalariados y a empresarios, me refiero sólo a los menos pudientes, claro. Compartimos el mismo nefasto futuro inmediato y la misma angustiosa incertidumbre de no saber cuándo vamos a recuperar nuestra mediocre normalidad.

En los tiempos que corren, ya no nos queda ni el amargo encanto de maldecir a nuestros jefes cuando te presentan el finiquito. A veces, están peor que tú.
  • Imagen: Jeffery Scott

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18/07/2009

No te fíes de las niñas buenas

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Quedáis advertidos.

:-)

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12/07/2009

Star, 9 mm

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La primavera se había anticipado unos días, poniendo así un broche cálido a un largo y gélido invierno, tan inusual aquí en el sur. Brotaban las primeras flores en naranjos y limoneros, perfumando todo el recorrido del solitario bulevar que se extendía detrás de mi casa. Aquella tarde, la brisa marina había traído el dulce aroma de azahar hasta el mismo rellano de mi puerta como si hubiera querido resarcir nuestra pereza. No habíamos salido a pasear por la avenida como solíamos hacer cuando él venía a visitarme. Ludwig gozaba de unos días de permiso. Acababa de regresar de unas maniobras en el extranjero. Llevaba observándole todo el día. Estaba tan cariñoso y cortés como siempre, pero más silencioso de lo que era habitual en él. Achacaba su parquedad a alguna cavilación relacionada con la misión que venía de cumplir. No le pregunté nada, pues de sobra sabía que en asuntos de trabajo era mudo como una pared de hormigón armado. Su uniforme y su rango no le permitían tener el más mínimo desliz. Una veladura sombría en su mirada me tenía sumida en un confuso estado de inquietud. Le había sorprendido, en varios ocasiones, contemplándome de un modo desconocido.

El ocaso trazaba sus últimas pinceladas púrpuras sobre el horizonte. Lo recuerdo bien, pues Ludwig se levantó de pronto de la mesa, interrumpiendo nuestra plácida contemplación crepuscular al calor de una taza de té, cobijados bajo el porche del jardín, y desapareció por la puerta acristalada del salón. Supuse que iría al baño o a hacer alguna llamada en privado. Me sorprendió un poco que no me dijera nada, pero, ensimismada como estaba en ese efímero espectáculo de la caída del sol, obvié la descortesía. Al cabo de unos diez minutos o, tal vez algo más, me sobresaltó una alargada mancha oscura avanzando por el suelo de baldosas. Me giré. Era la sombra de Ludwig anticipándose a su regreso. Recortada a contraluz, con la iluminación del interior de la casa a su espalda, su esbelta figura era un cuerpo compacto, sin rasgos, un personaje venido de alguna antigua tragedia. Se había cambiado de ropa. Lucía camisa de manga larga de corte militar, pantalones ajustados de jinete y esas botas de montar de caña alta que tanto me turbaban. Rigurosamente de negro de los pies a la cabeza.

-Ven- me dijo y alargó su mano para que le siguiera.

De sobra conocía el significado de aquella vestimenta. Una vez más, nuestro perverso juego había comenzado. Y le seguí dócil hasta el dormitorio.

Sobre la cama, unas bragas y calcetines cortos, de algodón blanco. Eran para mí. Quise hacerme la remolona. Semejantes prendas infantiles se me antojaban ridículas a mi edad y, desde luego, esas bragas le sentaban fatal a mis abundantes caderas. Siempre uso lencería negra. Nunca blanca. Pero resistirse era inútil. El semblante, ahora, severo de Ludwig, no dejaba alternativas. De acuerdo, me dije, juguemos a la puñetera niñita y que sea lo que dios quiera. A él le gustaba perturbarme con regresiones al pasado.

No recuerdo haberme desnudado nunca más torpemente. Peor aún cuando me enfundé esas prendas bajo su minucioso escrutinio. Me sentía como una bacteria bajo el microscopio. Plantada en mitad de la habitación, hecha un pasmarote, con las jodidas bragas blancas cubriéndome el sexo y los absurdos calcetinitos adheridos a mis pies, no podía sentirme más idiota. Ansiaba cualquier acción. A él, sin embargo, le divertía dilatar mi fastidio. Diría más, le excitaba. Un tenue ensanchamiento de sus fosas nasales le delataban. Esta vez no fui capaz de sostenerle la mirada. Esa mirada turbia que me había inquietado toda la tarde. La espera empezaba a ser insoportable. No sabía con qué abstraerme: la geometría de un kilim en el suelo, los cuadros en la pared, los cojines sobre la colcha, una mota de polvo debajo de la cómoda... El silencio, afilado e hiriente, acentuaba mi vergüenza por momentos. Me tuvo así hasta llevarme a un paso de la huida. Y entonces, como si hubiese calculado con precisión los confines de mi resistencia, se levantó de la butaca desde donde había estado observándome, y avanzó hasta colocarse frente a mí.

-¡Arrodíllate!- susurró, sin apenas mover la boca.

Y lo hice, aliviada por el cambio de situación. El brillo plateado del metal de la cremallera de su bragueta abultada y la hebilla en su cintura, quebraban el panorama negro que tenía frente a mis ojos. ¿Qué oscuros pensamientos le provocaban tan intensa erección?, me preguntaba mientras especulaba con los míos propios. Deseaba su cinturón con contundencia sobre mis nalgas. Más fuerte que otras veces. Pero no se lo iba a pedir. Nunca le pedía nada. A veces, le esbozaba un tímido reproche durante alguna de nuestras largas conversaciones telefónicas. Siempre desde la distancia, a la cara no me atrevía. Retenía a su monstruo más de la cuenta, creía yo. Ese monstruo que, desde lo más hondo del ser, se alimenta -voraz- con nuestros secretos y deseos inconfesables. Yo quería conocerlo -maldita curiosidad- y él lo tenía bien amarrado. Por misericordia a mi condición femenina, le culpaba yo. Por amor, se justificaba él.

Al adelantar la mano que Ludwig tenía oculta detrás de la espalda, quedaron eclipsadas de sopetón las insignificantes piezas metálicas que venía contemplando frente a mí. El implacable cañón de una pistola me estaba apuntando directamente a la cara. El hijodeputa sostenía el acero con el dedo firme en el gatillo. Quise levantarme despavorida y su otra mano presionó mi hombro para impedírmelo. Tal vez fuera justo en ese momento -no consigo recordar las secuencias en su sucesión precisa- cuando le miré y vi el rictus cruel de su boca y la mirada más turbia que nunca. Inmisericorde, el monstruo también me contemplaba. Ahí estaba el invocado, para mi espanto.

-¡Abre la boca!-. Era el timbre de su voz y yo ni siquiera lo reconocía.

-¡NO!- exclamé desde la perturbación más profunda y con la desesperada incertidumbre de no saber si me hacía oír o gritaba para mis adentros, tal era mi confusión.

Por más que intentaba despertar, aquello no era una pesadilla. Aunque fuera mi primera vez delante de un arma, sabía a ciencia cierta que no era un juguete. La duda que inmediatamente me taladró el cerebro fue si llevaba alojada alguna bala. Su monstruo irradiaba tanta presencia que dificultaba el que pudiera aferrarme a la confianza de mi amoroso Ludwig. ¿Y si se había vuelto loco?, ¿y si ya lo estuviera y yo no me hubiera percatado? Es asombroso como una, en momentos de absoluto pánico, es capaz de emplear tiempo en reflexiones racionales mientras el reloj corre en tu contra. Me vinieron a la memoria algunas aseveraciones acerca de los psicópatas. Textos que, a saber dónde, había leído por ahí. Por lo visto, los psicópatas más criminales podían hacerse pasar por el vecino más ejemplar e inofensivo del mundo ¿Qué sabía yo de él? Sólo lo que me había contado él mismo. No tenía ninguna otra referencia. Ningún familiar, ningún amigo. Un año, por intenso que hubiera sido, no podía ser una fehaciente garantía. ¿Y mi instinto? La historia está plagada de estrepitosas derrotas a consecuencia de decisiones instintivas. A lo mejor, él es quien yo creía que era. A lo mejor, el miedo me llevaba a elucubraciones absurdas y no era ningún psicópata ni quería jugar a la ruleta rusa.

-¡Te he dicho que abras la boca!- insistió enérgico, sin atisbo de humanidad.

¿Era esto una prueba de amor? Jodida sed de aventura, que me llevaba a abrir cajas de Pandora repletas de monstruos. Como si no tuviera bastante con el mío. Sentía náuseas en un punto indefinido de mis entrañas. La saliva como hiel. Me repetía a mí misma: -levántate y huye-. Y yo quería levantarme, acabar con esa mierda de juego y, en lugar de eso, seguía hincada de rodillas, paralítica, amenazada con un arma letal a menos de un palmo de mi cara. Si apretaba el gatillo, adiós para siempre.

Maldita sea. Abrí la boca. Muerta de miedo, a punto de mearme de miedo, abrí la boca. Y sentí el acero frío en los dientes. Y apreté los labios temblorosos para abarcar el cañón. Y el horror en mis ojos no ablandó la mirada de Ludwig. El monstruo estaba traspasado de lujuria y crueldad a partes iguales. Lo leía en su rostro de animal. Y la bala seguía martilleando mi imaginación. -¡Pum!- Las páginas de sucesos están llenas de tragedias con balas perdidas. Niños muertos por jugar con la pistola del papá que olvidó una bala en la recámara. Incluso, aunque no fuera un psicópata, el arma podría estar cargada sin él recordarlo. Tic-Tac. Tic-Tac. Los segundos se congelaron alrededor del acero asesino. Los labios sollozando en infinito abrazo con el gélido cañón. Hielo que hace tiritar los dientes como fúnebres castañuelas. Y el pánico que te da ojos con rayos X de héroe de tebeo. Veía la bala en un hueco olvidado. O en el tambor con aspecto de ruleta loca. La boca amarga y sal y rimel resbalando mejillas abajo. Los relojes paralizados, igual que mis rodillas. La náusea extendiéndose. Y el monstruo impasible con la polla tiesa y el dedo en el gatillo. Un desliz y -¡pum!- un viaje sin retorno al Infierno. Sin beso de despedida. Los labios despedazados en el aire y un enorme agujero en lugar de una cara y los sesos esparcidos en la pared. Un mural de sesos, sangre y cuadros. Ni mi padre, en sus delirios expresionistas, hubiera imaginado una apoteosis roja tan alucinante. Su niña -la cabeza de su niña- desparramada sobre sus lienzos, más allá de sus trazos de pincel, derramándose allende los marcos. ¿Y que esperaba? Al fin y al cabo, soy sangre de su sangre. Tampoco él me ahorró el horror de ver su sangre fluyendo por debajo de la puerta cerrada de su habitación. Su cama embebida en sangre. Y los coágulos negros de su camisa a cuadros. [-No pude dejar tu camisa limpia, papá, ni siquiera destrozándome las manos bajo el chorro de agua. Podías haber elegido cicuta. Como Sócrates. Ya, es más puta la cicuta que la navaja, pero mucho más limpia. Llevo desde los 18 años lavándote la camisa de cuadros en mis pesadillas. Te mereces mis sesos manchándote tus óleos como un supremo acto de amor de una hija a su padre. Tus creaciones en perfecta simbiosis para siempre.-]

De la misma manera que me enfrenté al simulacro de muerte, por sorpresa, recuperé el presente. Sin previo aviso desapareció la pistola de mi boca. Y los relojes reemprendieron el compás propio de los segundos y los minutos. El monstruo guardó el arma en un cofre de madera que, sin yo saberlo, debía formar parte de su equipaje. Sólo entonces, durante la corta fracción de tiempo que se tarda en meter un objeto en una caja y cerrar la tapa, pude apreciar la verdadera dimensión del artefacto de acero negruzco. Y tanto me estremecí que las lágrimas se secaron al instante. Ni un sollozo más salió de entre mis dientes. Doblé el cuello sobre los hombros. A lo mejor me vi capaz de soportar cualquier atrocidad o, todo lo contrario, ni un sobresalto más. Frágil y perdida en sus manos. Una sensación que me daba aún más miedo que mil pistolas apuntándome a la cabeza. Y él lo sabía. Entumecidas las piernas, al levantarme sostenida por sus fuertes brazos, cada movimiento fue doloroso, pero no me quejé. Tampoco tuve un ínfimo gesto de resistencia cuando, con cuidado, me quitó las bragas y los calcetines de niña, devolviéndome la identidad. Se desnudó para estar en sintonía conmigo. Y me condujo a la cama.

Con la pistola, Ludwig escondió también al monstruo. Tal vez estuviera más sobrecogido que yo misma. Nunca lo sabré. Ninguno de los dos dijimos nada. Sólo nos asoló una intensa necesidad de poseernos, de abatirnos en un ritual de besos, caricias y fornicación. Sin rivalidad ni roles. Cobijados en el silencio de la noche, los aullidos de placer fueron nuestro único idioma.

Transcurrieron muchos días, y ya con los habituales 535 kilómetros mediando entre nosotros, hasta que reuní el valor para preguntarle de qué arma se trataba. Una Star, calibre 9 milímetros. Y no quise saber absolutamente nada más. Entre monstruos, sobran las palabras.

  • Imagen: Ichuruduka

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29/06/2009

Shirin Neshat

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Shirin Neshat es una de las artistas contemporáneas iraníes con más proyección internacional. Sus obras se han expuesto en numerosos museos y galerías del mundo. Se dedica fundamentalmente a la fotografía, a las vídeo-instalaciones y al cine.
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Nace en Irán (Qazvin) en 1957, en el seno de una familia de clase media alta, donde tanto sus hermanos como ella reciben una educación occidentalizada. Con 17 años es enviada a estudiar fuera, a EE.UU. Estudiará Arte en diferentes escuelas. Finalmente se diplomará en Arte en la Universidad de California, en Berkeley. Entre tanto, en Irán, se había producido la revolución islámica, lo que le impedirá regresar durante años a su patria. Tras completar sus estudios en California, se traslada a Nueva York, y ahí ejercerá de galerista, profesión que le permite contactar con todo tipo de tendencias artísticas. Por fin, en 1990, regresa a su país. De esa visita y de los frecuentes viajes que realizará en los tres años sucesivos, le quedará una profunda huella. Lo que halla en Irán no se parece en nada a la heterogénea sociedad persa que ella recordaba. La propia Shirirn Neshat nos lo describe así: “El Irán que encontré era por un lado aterrador y por otro muy excitante.” Irán estaba sumido en el momento más severo del régimen de los ayatolás y recuperándose, además, de la guerra con Irak y, al mismo tiempo, existía un dinamismo ideológico muy vivo que se alzaba contra la hegemonía de la sociedad capitalista occidental. De aquel primer impacto, surge su necesidad de expresarse de forma artística y plasmar la honda impresión que le causara la nueva situación de la mujer en esa rígida sociedad teocrática y patriarcal, fruto de la revolución islámica. La mujer iraní había retrocedido varias generaciones y se encontraba marginada en todos los aspectos de la vida pública.
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Tras esos primeros viajes a su país, Shirin Neshat comenzó a hacer fotografías. En ellas reflejó a la mujer en su dimensión más corpórea y épica en el contexto de la sociedad islámica iraní. La preocupación por reinterpretar la posición de la mujer dentro del Islam contemporáneo y en su relación con el mundo masculino conservador y conformista de las sociedades patriarcales, será una constante en toda su obra posterior. Resultado de esos primeros trabajos, son las series fotográficas en blanco y negro “Desvelar” y “Mujeres de Alá”, donde la mujer es el tema central. En estas series, sus protagonistas – entre las que, con frecuencia, se retrata ella misma- aparecen cubiertas con el obligado chador negro, emergiendo de un espacio vacío. A veces, la figura entera, otras, sólo los fragmentos de sus cuerpos que les permiten mostrar a través del velo, como rostro, manos y pies. Son imágenes impactantes, de mujeres adscritas a los códigos islámicos más severos y que, sin embargo, no adoptan actitudes sumisas ni victimistas. Sus miradas son las de mujeres fuertes, dispuestas a resistir. Neshat no cuestiona el Islam en estas fotografías, sino que busca respuestas. Propone un debate a partir de la realidad de estas figuras femeninas silenciadas y soslayadas. Las enfrenta a la mirada occidental, sin aportar soluciones tajantes. En “Mujeres de Alá”, ellas aparecen provistas de armas, apropiándose de los códigos del héroe masculino, como un gesto de subversión social y político que testimonia, al mismo tiempo, la violencia que se ejerce sobre ellas. Como una alegoría a la palabra usurpada por el hombre, las porciones del cuerpo, que la mujer muestra a través del chador, están cubiertas con textos en caligrafía persa que reproducen poemas de amor y de deseo de literatos iraníes y referencias religiosas que aluden a la mujer en la fe islámica. La yuxtaposición de textos en caligrafía persa en las fotografías de Neshat es una de sus características más destacadas y un símbolo de resistencia, pues, aunque a la mujer se la haya privado de voz en muchas culturas islámicas, se obstina en expresarse a través de la palabra escrita.
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Llegado a un punto, a Shirin Neshat se le queda corta la fotografía con sus imágenes estáticas. Desea expresarse de una forma más sutil y poética. Por ello, a partir de 1997 se interesa por el medio cinematográfico. Su primer vídeo será “Turbulent”, en el que usa dos proyecciones simultáneas para narrar una historia. Ese mismo formato, el de dos pantallas enfrentadas, lo aplicará también a sus siguientes trabajos: “Rapture” (1999) y Fervor (2000). Son vídeo instalaciones donde se examinan las relaciones de género en las sociedades islámicas y la carga de violencia que las envuelve. En esta trilogía, la autora usará el blanco y negro, al igual que en sus primeras series fotográficas, no sólo como un elemento estético, sino como un juego de contraposiciones entre un mundo femenino y otro masculino, a modo de un enfrentamiento cromático básico. “Rapture” ha sido calificada por el filósofo y crítico Arthur Danto como ejemplo de “una obra maestra” del arte contemporáneo. A sus primeros filmes le siguen trabajos en vídeo cada vez más sofisticados y profundos, de una extraordinaria belleza lírica, donde trata de recuperar su propia identidad y el de su cultura desde un espíritu nómada que convive con el mestizaje entre Oriente y Occidente. Ella posee la mirada de la exiliada, a través de la que intenta reconciliar ambas culturas o, al menos, buscar respuestas al conflicto de la identidad y la representación. Muestra la complejidad de Oriente de una forma conceptual para abrir una brecha en la comunicación con las sociedades occidentales. Shirin Neshat, muy interesada en la temática feminista, hace hincapié, a través de sus obras, en la capacidad de la mujer musulmana para hallar sus propios canales de resistencia y de expresión, a pesar de las serias restricciones que la sociedad patriarcal islámica le impone. Nos habla de un feminismo oriental distinto a los postulados del feminismo occidental, pero igualmente válido para subvertir el orden masculino represor.
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Después de su primera trilogía de vídeo instalaciones en blanco y negro, sus proyecciones y narraciones fílmicas, siempre muy visuales, son rodadas en color y se vuelven más complejas y atemporales, desubicando poco a poco sus historias de localizaciones culturales concretas. Incluso recurrirá a métodos cinematográficos más convencionales para situar las escenas más cerca del espectador. Podemos destacar: “Passage” (2001), una bellísima alegoría de la muerte y de la resurrección, “The Last Word” (2003) se desarrolla en un ambiente kafkiano, donde una escritora es sometida a un interrogatorio y juicio por sus escritos. “Zarin” (2005) versa sobre el tabú sexual y la religión a través de la figura de una joven prostituta, personaje de una novela de Shahrnoush Parsipour, autora iraní que fue encarcelada por escribir ese libro y que ahora vive en el exilio. “Munis” y “Faezeh”, ambas instalaciones audiovisuales de 2008, están también basadas en la misma novela y forman parte, igual que Zarin, del último trabajo de Neshat, un largometraje que recoge la vida de cinco mujeres y que se titula como el libro de Parsipour: "Mujeres sin hombres".
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Shirin Neshat es, en definitiva, una autora sumamente interesante, con una trayectoria artística de una increíble belleza y de una gran sensibilidad. Muchos de sus vídeos son pura poesía visual. A pesar de haber expuesto en España, sigue siendo, por desgracia, poco conocida entre nosotros. Y en los tiempos que corren, su obra se hace más necesaria que nunca
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27/06/2009

El Artista Desnudo en el Bukowski Club

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(clicar en el cartel para agrandar)

El artista desnudo recitará el próximo jueves algunos de sus poemas en el Bukowski Club de Madrid, un bar bohemio situado en pleno corazón de Malasaña. Detrás de "el artista desnudo" hay un artista experimental y de vanguardia de increíble talento, que, como un genuino espíritu renacentista, trabaja con distintas disciplinas del Arte: fotografía, pintura, escultura, poesía, performance, vídeo instalaciones... Su obra, a menudo multidisciplinar, no deja indiferente a nadie. Transgrede los perfiles del cuerpo humano para hurgar en lo más oculto de nuestras conciencias y sacarlo a la luz.

En su blog podéis degustar uno de sus proyectos artísticos más experimentales, donde lo conceptual y lo expresionista van indisolublemente de la mano. En ese espacio nos encontramos con muchos de sus textos poéticos, algunos de los cuales seleccionará para ofrecérselos al público en vivo y en directo en el Bukowski Club.
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No os lo perdáis.

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